Los positivos del año no cubren todo lo que falta

Hernán de Goñi

Los balances siempre tienen un componente irreal. La mirada retrospectiva se genera a partir de hechos y factores que se suman y miden para alcanzar un resultado. Cuando el saldo es positivo, la mayoría de las veces la evaluación se da por concluida sin mucho ánimo de buscar puntos oscuros. Eso significa que el principal desafío del autoexamen queda incompleto, porque el ejercicio de establecer si lo que pasó respondió o no a una planificación se transforma en un hecho abstracto.

Está claro que 2010 termina con una mejora del PBI de entre 7 y 9%, según quien lo mida. Que la cosecha fue uno de los principales factores de expansión y que al desenfrenado 11% anual al que se creció en el segundo trimestre, le siguió un período de desaceleración. La demanda interna no pudo ser acompañada por más producción, por lo que se dispararon las importaciones y la inflación.

Está claro que hay hechos que no podían entrar en ninguna previsión, como la muerte de Néstor Kirchner. Pero cerrar un año con crecimiento, superávit financiero (gracias a las ganancias que cedió el BCRA) y superávit externo (por el alza del precio de los commodities) no debe ser asumido como motivo suficiente para el festejo. Por el contrario, un contexto positivo crea mejores condiciones para avanzar en las asignaturas pendientes que si tuviéramos recesión o una crisis financiera.

La carrera entre los precios y los salarios está causando una preocupación creciente en sectores de la clase media y baja que enfrentarán una elección presidencial dentro de 10 meses. Como ése, son varios los rubros en los que el Estado adeuda soluciones de fondo. Incluirlos en el balance sería un gran paso. Ponerlos entre los objetivos de 2011 sería óptimo.

Comentá la nota