Pese a que a EE.UU. se le reprocha falta de protagonismo en los problemas mundiales, los candidatos sostienen su idea de apostar al fortalecimiento interno
La idea de "la nación indispensable" de la que habló John F. Kennedy sigue presente hoy en la concepción y en el discurso del demócrata Barack Obama y del republicano Mitt Romney. Pero lo que no está tan claro es la forma en que ejercerá ese liderazgo. El presidente hizo explícito ese proceso de reflexión y búsqueda cuando, meses atrás, habló de "liderar desde atrás".
La expresión causó perplejidad filas adentro en su partido y le generó un abanico de críticas republicanas. Algo llamativo, si se tiene en cuenta que hoy su candidato a la Casa Blanca suscribe el fondo de la idea, tal como demostró en el último debate televisivo sobre política exterior.
"Estoy de acuerdo", fue, tal vez, la frase más repetida de Romney en aquella noche de moderación. Aún en los esfuerzos por diferenciarse, ambos coincidieron en el fondo: Estados Unidos debe liderar, debe encontrar la forma de hacerlo, y la militar no es la respuesta.
La posición parece generar un grado de incomodidad en otras capitales donde, desde la llegada de Obama a la Casa Blanca, la política exterior del país se ve vacilante. Los republicanos pivotean sobre la idea con la letanía que reprocha "una imagen de debilidad". Pero, en el fondo, las diferencias entre uno y otro no parecen ser muchas. "Gane quien gane, la política exterior no variará mucho", advirtió Eduardo Gamarra, profesor de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad de Florida.
La realidad es que la política exterior del país no es patrimonio exclusivo del presidente sino de una serie de poderes institucionales, con fuerte grado de participación del Congreso. "Salvo que haya una circunstancia extraordinaria, es muy difícil que eso varíe", dice Gamarra.
El ejemplo más claro de los últimos años fueron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, circunstancia en la que claramente la Casa Blanca tomó la iniciativa y el Congreso -y otras instituciones- o acompañaron o bien quedaron atrás.
No es ese el caso ahora en que en los últimos cuatro años a Washington se le ha reprochado falta de liderazgo, de compromiso o de claridad frente a las principales cuestiones de la agenda internacional.
"Qué hará Estados Unidos" es la duda que sigue a un rosario de tensiones internacionales en las que Washington no parece jugar carta activa. En los últimos meses se le ha reprochado falta de liderazgo en las principales cuestiones de la agenda global. Pareció tomada por sorpresa por la dimensión con que estalló la "primavera árabe" en Egipto, aunque luego se acomodó a las circunstancias, con aquello de "la gente tiene razón" y que "Hosni Mubarak debe irse", tras apoyarlo durante 30 años.
Se le endilga falta de definición en el baño de sangre que es Siria, drama en el que tanto Obama como Romney consideraron riesgoso entrar en terreno. No parece meter baza en las críticas condiciones de seguridad que se viven en Irak y en Afganistán ni tampoco en Libia, donde late un germen de malestar y de escándalo con las dudas de gestión que rodean la muerte de cuatro norteamericanos en el consulado en Benghazi.
Hay dudas sobre hasta dónde llegará su decisión si escala el conflicto entre Israel e Irán o si este último desarrolla armas nucleares. "Todas las opciones están sobre la mesa", suele ser la fórmula de Obama cuando se lo presiona con ello. En este caso, el despliegue militar en el Golfo Pérsico parece acompañar el mensaje.
Pero el listado habitual sigue. ¿Hasta dónde está dispuesto Washington a apoyar la supervivencia del euro? ¿Qué hará si la moneda única se derrumba, aportando un terremoto financiero mundial?
O, si se mira más en dirección hacia Oriente, ¿Cómo piensa contrarrestar el dominio chino en el comercio mundial y en las finanzas, terreno en el que es su principal prestamista? ¿Qué hará con el bloqueo de Pekín y de Moscú hacia sus iniciativas en Corea del Norte?
Para la "nación indispensable" de la que habla Obama citando a Kennedy, el aprendizaje más obvio es que, cualquiera que sea la posición, la militar no es la respuesta. Ésa es la lección de diez años de desgaste bélico en Irak y en Afganistán.
"Estados Unidos tiene la responsabilidad y el privilegio de ayudar en la defensa de la libertad. Hay muchos sitios de conflicto en el mundo. Nos gustaría, en el extremo de lo humanamente posible, ver que esas situaciones se superan", dijo Romney. Esa defensa, coinciden, se hace desde casa.
El país no está en condiciones morales ni económicas de lanzarse a aventuras lejanas. Se llamen como se llamen. "Nuestro liderazgo se construye fronteras adentro", fue el mensaje. La mira está en la necesidad de apuntalar la economía y reconstruir el poderío científico, financiero y comercial del país, donde ha perdido unas cuantas batallas.
Obama lo explicó durante cuatro años de gestión y, en el debate de política exterior, Romney le dio la razón y abrazó la idea. Uno puede albergar dudas, pero la afirmación está: la respuesta militar no es la adecuada. En lo profundo, eso es una definición de fondo sobre la forma de liderazgo. El país busca afirmar su poder de otro modo y, mientras no esté en riesgo su seguridad, su política exterior correrá con la corriente.
Eso parece tan claro como que no vacilará en reaccionar si aparece alguna "circunstancia extraordinaria" que no le suene lejana, como Siria, para su seguridad o para sus intereses..


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