Hay pocas ideas en danza, por ahora. El PJ apuesta todo a las fotos con Cristina, la UCR a borrar a Alfonsín y el PD se debate al filo de la extinción.
Reina en los partidos un clima de pura confusión, como si sus integrantes debatieran adentro de una habitación llena de humo.
No pueden verse a la cara para reconocerse entre ellos. No se les cae una idea como la gente, un bosquejo fundacional. No ofrecen, por ahora, una propuesta más elevada que pelearse por los cargos.
En el peronismo sucede algo insólito. Los integrantes de la dupla propuesta para la gobernación, Paco Pérez-Carlos Ciurca, debieron salir a aclarar que piensan parecido en situaciones delicadas y de política de Estado, como la minería, un tema, entre muchos otros, en donde debería primar una estrategia de fondo, de liderazgo, en vez del oportunismo y la picardía.
Los radicales, en la cúpula, no terminan de quererse entre ellos. Y nunca lo van a lograr. Lo cual se nota.
Los demócratas, directamente actúan como personajes de la película 2012. Sus peleas, demenciales se dirimen sobre un abismo que da al fin del mundo. Se ha abierto la tierra bajo sus pies. No paran de caer hacia la sombra.
Y las fuerzas “progresistas” deambulan desperdigadas, sin fuerza de conjunto. Algunos de sus últimos mohicanos, como Néstor Piedrafita y Alejandra Naman, se borocotizaron, buscando manotearle una limosnita al kirchnerismo. Se desperdiciará, así, la chance que pueda ofrecer, en el orden nacional, el santafesino Hermes Binner.
Alguien se va a hacer con el Gobierno en octubre, claro. Pero, por lo visto hasta acá, será por default, por descarte, más que por un efecto positivo.
Una idea fija: la foto de Cristina
Mendoza, desde el punto de vista del debate político, se parece, entonces, a Villa La Angostura. Está cubierta por la ceniza.
Y por entre esa capa espesa y grisácea, logra atisbarse la táctica de cada uno para llegar con las mejores posibilidades a octubre.
En este punto las cosas sí están claras como el agua. Es notable cómo quedaron tres caminos diferenciados.
El peronismo apostará todas sus fichas a la nacionalización. Cristina Fernández es el as de espadas absoluto. Nadie que busque un cargo mediante el voto dejará de ponerse en los afiches y en los spots de propaganda junto a la foto de la Presidenta que persigue la reelección.
Hay una fotitis aguda (perdón por el grosero neologismo). Como si los candidatos a cualquier cosa (gobernador, intendente, legislador, concejal, puntero, aguatero, lo que sea) no valieran por sí mismos, sino en cuanto pollos de Cristina. Y como la propuesta, la plataforma electoral, tienen un interés meramente subsidiario, sólo importa la imagen.
La imagen es posar rígido, sonriente, como apéndice artificial del rostro dorado.
O sea, de aquí a octubre habrá fotitis con Cristina ad nauseam. Hasta la saciedad.
Una idea fija: velar a Alfonsín
El radicalismo apuntará en la dirección contraria. Su campaña lleva a provincializar por completo el debate electoral.
El fundamento se cae de maduro. Cristina Fernández tiene una alta imagen positiva en la provincia : 72,8%, según una encuesta de Ricardo Rouvier preparada especialmente para la Presidencia. Ricardo Alfonsín alcanza sólo el 23,8%. En intención de voto pasa lo mismo: 53,1% para Cristina (Santiago Alé le da un guarismo similar: 48,95%) , mientras Alfonsín sólo araña un 8,8% (9,75%, según Alé).
Y el vicepresidente Julio Cobos, el político opositor con mejor imagen positiva (52,4%), no participa en ningún casillero de la boleta electoral. Cosas de radicales.
A esto se agrega que Roberto Iglesias, el candidato de la UCR a la gobernación, es quien marcha mejor en los sondeos medido en forma individual.
Por ende: la consigna será borrar, en la medida de lo posible, a Cristina y Alfonsín del escenario, concentrando todos los cañones en la administración de Celso Jaque, cuya imagen negativa es del 50% (ver página 3).
Será una batalla épica. Porque, para que la provincialización funcione realmente en el cuarto oscuro, deberá contabilizarse un altísimo porcentaje de corte de boleta, habida cuenta de que los candidatos presidenciales encabezan la lista sábana.
Con todo, Mendoza vuelve a ser el eslabón perdido para los radicales de todo el país, quizá la única probabilidad de una victoria digna, un territorio en las fronteras del planeta.
Una idea fija: municipalizar
Los demócratas, finalmente, también tienen su derrotero propio. Ni nacionalizar, como los peronistas; ni provincializar, como los radicales.
Son una especie en vías de extinción. Por lo cual se refugiarán, desesperadamente, en los últimos bosquecillos que les quedan: las intendencias de Luján y San Carlos.
Ni siquiera tienen, por ahora, postulante a la gobernación. Es un cargo que les quema. Nadie, con cierta vocación de poder, quiere probarse por nada, jugar por deporte. Irá finalmente allí algún patriota.
Querer asirse, sobre el filo del cierre de alianzas, al radicalismo, fue un manotazo de ahogado. No funcionó. Les pedían un precio muy caro: apoyar a Alfonsín como presidenciable. Era la piedra al cuello para terminar de irse al fondo del lago helado.
Sonó lógica, entonces, la opción en ese casillero del puntano Alberto Rodríguez Sáa. Mide mejor que Alfonsín en intención de voto (12,1%, según Rouvier; 11,01%, según Alé). Y puede tomarse, además, como una apuesta localista, de cuño cuyano, de idiosincrasia provincial, acorde con el ideario demócrata.
Los Rodríguez Sáa, a fin de cuentas, en un país que pasa por uno de los períodos más alevosamente centralistas de su historia, con gobernadores arrodillados ante el poder central, han sabido mantener la dignidad y la independencia de su provincia.
No es mucho. Apenas un techo de paja bajo los fuegos del apocalipsis.
Pero algo es algo.
Radicales y demócratas van por la resistencia agónica. Por ponerle el pecho a la gran marea que se abalanza.
Este sábado, alguien colgó en la red un maravilloso pensamiento de Saramago, el conmemorarse un año de su muerte. Dice: “Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”.






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