Perla negra

Otra ruina local de catálogo: el Club Hípico Mar del Plata. Hay quejas por inseguridad, suciedad acumulada y anarquía general. No hay respuestas de nadie, más que los agravios de rigor. La municipalidad, con su silencio acostumbrado y la mugre arrojada bajo la alfombra. Cuidado, caballos sueltos.
En los últimos diez años, el Club Hípico Mar del Plata de Parque Camet, que había sido un símbolo de la actividad deportiva más prestigiosa de la ciudad, comenzó un claro proceso de deterioro. Cuando se recuerdan las épocas en que su funcionamiento fue un ejemplo para las instituciones similares de toda Latinoamérica, sus asociados no pueden menos que lamentar la tremenda pérdida. Alguna vez se había dado cita ahí la más selecta actividad ecuestre de la zona, con familias que mantenían el complejo funcionamiento de una actividad que incluye más de una instancia de cuidados y tareas: caballos, boxes, personal idóneo para su entrenamiento, pista de saltos con vallas.

El club funciona desde la década del sesenta, en una tierra donada por la misma familia Camet, que – según los requerimientos de esa entrega - debe ser utilizada específicamente para esta actividad deportiva. En los buenos tiempos supo albergar más de cien caballos de los casi 300 socios, y a esta altura la denuncia indica que no tiene más de diez personas y 12 equinos. Es decir, tres familias. ¿Es lógico que se sostenga semejante estructura desaprovechada solamente para tres familias?

Es al menos impropio haber violentado el objeto puntual de una institución semejante, como es propender al desarrollo de las actividades ecuestres, en un acercamiento permanente con la sociedad.

Según las denuncias, durante catorce años -en el período que va desde el ‘96 a 2008- el club no presentó un solo balance, ni el informe anual a la Dirección Provincial de Personas Jurídicas. Hace dos años, el club presentó todos los documentos juntos, pero con un ingreso tal que no requería remitir ningún balance al Colegio de Profesionales de Ciencias Económicas. Según los cálculos de los denunciantes, no es posible que esa cifra sea veraz, si se tienen en cuenta los ingresos por las cuotas sociales -cuyo costo inicial es de más de $2.000 por persona-, la pensión de caballos, los torneos –ordinarios y extraordinarios- y el alquiler de la confitería. Es imposible que las ganancias sean insignificantes.

Por supuesto que de alguna manera se cubre la irregularidad: se dice que el club entregaba, en la mayoría de los casos, recibos irregulares, cuyo registro seguramente resultaría inexistente.

La sede social no está habilitada, ya que fue clausurada por la municipalidad local. Por lo tanto, no hay baños ni vestuarios en funcionamiento, lo cual implicaría desde lo legal, la tácita imposibilidad de recibir a deportistas ni visitantes, pero todo sigue como si nada.

A esto se suma que el agua está contaminada, ya que proviene de una serie de siete taques de fibrocemento ubicados en altura y al aire libre, que no tienen tapas. En su interior hay animales muertos y otros residuos. No obstante, nadie ha avisado de ningún impedimento, y sigue siendo consumida.

Hay una pileta de natación que está abandonada y llena de desechos, que no está cercada ni protegida del acceso de niños ni otros visitantes eventuales. La municipalidad envió su correspondiente intimación, que hubiera obligado a los concesionarios a actuar sobre el tema en materia de prevención, pero jamás se cumplió lo que indicaba. Los resultados que se esperan son un accidente o una epidemia.

Existe un sistema eléctrico que conecta las bombas elevadoras de agua con los tanques, pero no posee los disyuntores ni sistemas de protección necesarios. Cuando exceden su funcionamiento, el agua simplemente se derrama por horas, se inunda la habitación de los controles, con el permanente riesgo de electrocución. El resto del sistema eléctrico es igual de precario, y la falta de luminarias es tan evidente que hace imposible el acceso en horas de la noche ni al atardecer.

Sólo como una muestra, un accidente más: el año pasado murió un caballo electrocutado porque se enganchó una pata en un cable de alta tensión que estaba tirado en el piso. La niña de nueve años que lo montaba se salvó de milagro. El incidente sólo generó un mes de clausura, tras lo cual se realizaron unas pocas reparaciones.

Escatología

Como si todo esto fuera poco, aún falta la bosta: un basural al aire libre de más de 2.500 metros cuadrados se despliega frente a los boxes donde funciona la escuelita de equitación para menores. Las montañas de guano tienen tres metros de alto y son permanentemente escaladas por ratas y perros. Cada vez que se limpia, cuando tal cosa sucede, hacen falta diez camiones para desagotarlas. ¿Hará falta una clausura definitiva por cuestiones de salubridad?

En la actualidad, el club ni siquiera cuenta con un seguro de responsabilidad civil que cubra los eventuales accidentes que pudieran sufrir socios o invitados. Encima de todo, un grupo de personas sin autorización alguna ha ocupado construcciones precarias cercanas: diariamente esos habitantes circulan a pie o en moto por el club, entre los caballos y los jinetes.

Según se indica en la denuncia, los empleados del club no están registrados ante la ANSES, por eso la institución tiene sobre sí un embargo de la AFIP. Los petiseros sólo sobreviven de cobrarles por su trabajo a los mismos socios, dueños de caballos, lo que constituye un verdadero trabajo en negro, sin ART ni ninguna otra forma de protección para los riesgos que pueda generar su tarea. No tienen obra social, ni seguro de vida.

En todo el predio no hay sereno, ni vigilancia alguna para las instalaciones, ni para los caballos. Y como los cercos perimetrales están rotos, cualquier animal podría escaparse y causar un accidente en las calles aledañas.

Las instalaciones y boxes para los caballos están en pésimo estado de mantenimiento, al igual que la pista de entrenamiento que alguna vez fue un ejemplo. Los anexos para las prácticas y entrenamientos de los caballos, destruidos. Los caballos de los socios están sueltos, corren libremente y pastan por donde quieren. Un peligro. Ellos dirán que sus animales se han escapado, pero lo cierto es que están sueltos.

Es necesario aclarar que el predio, originariamente cedido por la familia Camet para estos fines, es cedido a la institución por la municipalidad para su explotación. Pero el club es depositario precario con una concesión vencida, que pretendía fomentar la práctica de la equitación.

Silencio

Desde hace dos años, un grupo de socios y usuarios comenzó a notificar de estas irregularidades. Se le comunicó mediante notas detalladas al secretario de Deportes, Federico Maidana, el 8 de octubre de 2008, quien hasta el momento sólo se ha empeñado en que los riesgos no trasciendan, para evitar el escándalo.

También se notificó fehacientemente al intendente municipal Gustavo Pulti, con copia a la Dirección Personal de Personas Jurídicas, en fecha 8 de febrero de 2010, y 15 de febrero de 2011. Sin respuesta.

En realidad sí. La respuesta provino del mismo club, cuyo presidente es Gustavo Diez, y el vicepresidente, su hermano Jorge: expulsaron a los denunciantes acusándolos de no haber pagado las cuotas sociales. Ellos aducen que el atraso fue en realidad fabricado, ya que se negaban a cobrarles las cuotas, y que ellos cuentan con más de un acta notarial que lo comprueba.

En julio de 2011, al profesor de equitación se le prohibió proseguir dictando clases, por lo que todos los alumnos debieron emigrar al Club Ecuestre Mar del Plata. Inexplicable, porque todos ellos pagan cuotas altísimas por un deporte que no pueden practicar.

Lo cierto es que la institución mantiene unos procedimientos para la aprobación de cada ingreso, sumamente sectarios y complejos. Es necesario ser presentado por un socio, y recibir la aprobación de la mayoría de los restantes, que bien pueden negarse a recibirlo, si el postulante no reúne las prestigiosas condiciones por ellos requeridas. Habrá que preguntar a qué vienen tantas condiciones, si lo que tiene para ofrecer es una confitería clausurada, baños cerrados y una montaña de bosta animal. Pero, en fin.

Si alguien recibe bolilla negra no le alcanzará para nada haber puesto todo el dinero que cuesta el ingreso. Basta con abrir la página web para observar que, a modo de recepción y bienvenida, se exhibe una sentencia judicial que deja afuera del placer de disfrutar del predio a los denunciantes, por no haber pagado la cuota a tiempo. No es muy invitante, pero se ve que eso es lo que tienen más apuro en decir. Vaya imagen para un jinete que aspire a viajar para estos lares, con el sueño de conocer nuevas pistas.

Las marcas en el orillo están a la vista. Si usted se queja, si considera que las condiciones para la práctica no están dadas, le van a poner una patada que es lo mismo que la bolilla negra. Esa que suena a sociedad secreta de antaño, cuando no alcanzaba con ser un correcto deportista para pertenecer a una institución.

Riesgos de vida. Accidentes en puerta. Tierra de nadie. La municipalidad que ni se entera de lo que está pasando, en un predio que le ha sido cedido a la ciudad por una familia que pretendió hacer obra. No hay excusas: esto no es la villa, ni el basural, ni la cava, ni las amplias zonas de la ciudad que literalmente se les van de las manos a los políticos, y del campo visual a todos los funcionarios.

Mientras tanto, dicen las malas lenguas, que la única preocupación del secretario de Deportes de la comuna es que no se enteren los concejales. “No digan nada”, dicen que dice, “a ver si hay lío”.

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