Pegarle al periodista

Por Jorge Fontevecchia.

Algo peligroso se está gestando entre una parte de la sociedad y los periodistas. La agresiva campaña del Gobierno desde los medios oficiales (y afines) contra algunos periodistas comenzó a habitar las mentes de la cuarta parte de la población que apoya al kirchnerismo, o sea varios millones de personas.

Algo peligroso se está gestando entre una parte de la sociedad y los periodistas. La agresiva campaña del Gobierno desde los medios oficiales (y afines) contra algunos periodistas comenzó a habitar las mentes de la cuarta parte de la población que apoya al kirchnerismo, o sea varios millones de personas.

La cadena de medios oficiales arremete contra los periodistas más célebres que son críticos o, aun sin serlo ellos mismos, trabajan en medios que son críticos. Lo hacen con una irresponsabilidad casi infantil, apelando a la lógica primitiva de "quien a hierro mata a hierro muere". Se critica a los periodistas con igual o mayor saña con la que la prensa no oficialista acusa a los funcionarios del Gobierno, olvidándose de que dichos funcionarios cuentan con custodia las veinticuatro horas del día y autos oficiales mientras los periodistas caminan solos por la calle y son un blanco facilísimo por lo reconocibles que resultan para casi todo el mundo.

Periodistas como Nelson Castro, quien expresamente y desde la pantalla de TN estuvo a favor de la existencia de una nueva ley de medios, o Santo Biasatti, cuya tarea en un noticiero está lejos de la de un editorialista político, han recibido insultos de algunos desubicados. Joaquín Morales Solá soporta sobre sus espaldas la campaña pública más dura a la que se haya sometido a un periodista. Alfredo Leuco también ha tenido que atravesar la experiencia de la agresión que, por ahora, se manifiesta en el terreno de lo verbal.

Estos cuatro casos son apenas ejemplos de lo que también les sucede a otros periodistas con fama audiovisual a quienes les gritan "golpista". Si hasta Magdalena, cuya acción en la Conadep fue emblemática, tuvo que escuchar que Hebe de Bonafini la acusara de colaboracionismo con la dictadura.

Es cierto que Víctor Hugo recibe algunos insultos del sector opuesto, desde el antikirchnerismo, donde le reclaman por su simpatía hacia el Gobierno. Pero esas personas no conforman un grupo cohesionado ni mucho menos organizado como sí lo son algunos grupos filokirchneristas, acostumbrados a manifestar con palos, escraches y alguna cuota de brutalidad física. Hace casi dos años, partidarios de Luis D’Elía me golpearon a mí en la Avenida de Mayo durante aquel cacerolazo y contracacerolazo de la Plaza de Mayo durante la crisis del campo. ¿Cómo sería hoy ese grado de violencia ante una situación similar después de la prédica del Gobierno, que instaló a los periodistas como adversarios del progreso? En el ámbito del pensamiento, una persona puede colocarse en el lugar del otro, pero en el terreno de la acción es imposible porque lo que allí emerge son cuerpos mutuamente excluyentes.

Ya el año anterior, cuando me había tocado exponer ante la asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en México, el caso de la discriminación con la publicidad oficial, esa misma semana fui amenazado de muerte junto con Morales Solá. Pero aquellas amenazas lucían menos graves que los riesgos actuales de que algún militante desaforado descargue su ira contra algún periodista que se cruce por la calle. En la época de Menem, el frente del edificio de la impresora de Editorial Perfil sufrió dos bombas, a las que se agregaron decenas de juicios. Pero aquello eran los "servicios" contra una editorial y no militantes (de los que el menemismo carecía) contra periodistas. Otro huevo de la serpiente se está formando y podría tener consecuencias irreversibles.

Durante el menemato, el gran hecho de violencia contra la prensa fue el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas. Pero sus causas no fueron ideológicas, las de un gobierno o partidarios de un gobierno contra un periodista o un medio de comunicación, sino la de un empresario amigo del gobierno al que le molestaba que la prensa lo hiciera visible. La repercusión social que tuvo ese asesinato permite imaginar las consecuencias que tendría hoy un hecho de violencia grave contra un periodista reconocido cometido por militantes kirchneristas.

El Gobierno juega con fuego porque una batalla contra un medio es muy diferente a otra frente a personas físicas, periodistas de carne y hueso. Hace ya treinta años, el asesinato del director de un diario en Nicaragua desembocó en la caída del gobierno y una cruenta guerra civil.

Hace dos semanas, durante un debate promovido por el libro El dueño, de Luis Majul, sostuve que los riesgos de hacer periodismo de investigación eran los menores de las últimas dos décadas. Los hechos relatados que sufrió esta editorial durante los tiempos menemistas lo evidencia. Pero hacer periodismo de investigación (generalmente en los medios gráficos) que revele algún hecho de corrupción resonante, o profundice en varios de ellos que se plasmen en un libro, tendrá para su autor mucha menos visibilidad pública que aquella a la que se exponen quienes en radio o televisión todos los días ponen su cara para emitir opiniones críticas hacia el Gobierno. Eso sí es más riesgoso ahora que nunca antes, desde la llegada de la democracia, porque uno de los elementos con los que el kirchnerismo construyó sus pilares de sustentación fueron movimientos de base acostumbrados a expresarse con alguna forma de violencia pública.

Jurgen Habermas, en su Teoría de la acción comunicativa, sostenía que para eliminar patologías en la comunicación debía haber simetría de poder entre quienes se comunican. El Gobierno podría argumentar que los medios de comunicación oficiales más los oficialistas eran menos poderosos que los del mayor grupo privado de medios. Pero las asimetrías de poder que se dan entre la suma de los medios afines al Gobierno y, uno a uno, los principales periodistas audiovisuales del país invierte ese orden de superioridad y son tan apabullantes como vergonzosas.

Habermas sostenía que no debía haber asimetrías de los hablantes para que se pudiera imponer el mejor argumento. Si no, se impondrá el argumento del más poderoso.

Cuando el Gobierno critica a Clarín, La Nación o PERFIL, disputa narraciones con organizaciones. Pero cuando su batalla es contra quienes trabajan en esos medios, tiene la cobardía de una horda versus un individuo y pierde cualquier fundamento ético.

La crítica –la esencia del periodismo– es la confrontación de una cosa con su propio concepto. ¿Qué critica el Gobierno cuando critica, de a uno, a los periodistas?

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