A 75 pasos

Por Juan Manuel Asís

Pregunta, ¿usted quiere saber qué separa a Alperovich de Amaya? Respuesta: una distancia de 75 pasos y casi 100 años de historia tucumana. No lo entendió, se lo explico.

Primero digamos que a esa distancia, dos personas, lo que menos pueden hacer es entablar una conversación. Ni qué hablar de entenderse. Entre ellos no puede haber diálogo político. Y no lo hay. Cada lado justifica esa estrategia con una lógica electoral añeja. No tienen qué charlar, porque aún no se superó la etapa de los “posicionamientos” para fortalecerse y ampliar los espacios de una negociación favorable para ambas partes. Posicionamiento e instalación segura de los que quieren ser candidatos a la gobernación en 2015; claro. Están “orejeando” las cartas, mintiéndose, para jugarlas cuando crean que tienen la mejor mano. El mandatario “ningunea” al jefe municipal y Amaya sabe que aún no es tiempo de cantar el “quiero”. La separación es la suficiente para no escucharse, pero no tan lejana como para no verse. Ahí están.

Esa cantidad pasos (75) es la que hay entre la entrada del templo de San Francisco, por 25 de Mayo al 100, y el teatro “Mercedes Sosa”, por San Martín al 400. No vaya a contarlos -ya lo hice yo-, pero es la distancia que el martes separó a Alperovich de Amaya, ya que mientras el jefe municipal observaba los trabajos de remodelación del templo, a la misma hora el titular del Ejecutivo inauguraba el auditorio del ex cine Plaza. La justa para no cruzarse, saludarse o hablarse; algo deliberadamente calculado. Cada uno con su propia agenda y con sus propios intereses.

¿Cómo es la relación entre ellos a partir de este distanciamiento político obligado? “Buena”, aseguró Alperovich; “normal”, afirmó Amaya. Típicas contestaciones de compromiso, donde las medidas de longitud -si se quiere, poco finas- dicen más que las palabras. Ya llegará el tiempo de las tratativas, de caminar para achicar esa distancia, para verse más de cerca y decirse lo que haga falta, casi reeditando aquel viejo juego infantil de “pan y queso”. Habrá que ver quién termina pisando las aspiraciones del otro.

¿Y por qué separados por 100 años de historia? Es metafórico y se entiende por el interés de cada uno en las obras que visitaron hace 48 horas. “Aquí, un 24 de marzo de 1816, se reunieron los constituyentes por primera vez, donde pensaron la independencia”, dijo Amaya. “Luego de más de 100 años, se habilita un nuevo espacio de estas características en Tucumán”, señaló Alperovich. Se trata de sumar y de restar para hallar la diferencia (por si no lo resolvió: los 200 del intendente, menos los 100 del gobernador). Más allá de las matemáticas, sus dichos revelan intenciones. Los del gobernador están cargados de señales de despedida, ya que alude a una obra que dejará su gestión, que finalizará en 20 meses. Amaya trató de mirar un poco más adelante cuando sostuvo que se revalorizaba el templo franciscano para el Bicentenario de la Independencia, en 2016. ¿Se verá como gobernador en ese tiempo? Para que eso suceda tienen que pasar muchas cosas, y no sólo en el oficialismo.

En suma, Amaya, por ahora, no aparece en la fórmula que pergeña Alperovich. El mandatario, pese a la imagen negativa y en picada del ministro de Salud, apuesta aún al binomio Manzur-Jaldo para agosto de 2015. Algunos del entorno creen que es mejor Jaldo-Amaya, o viceversa, porque sería una fórmula peronista que les garantizaría, más que la primera, una victoria. Pero, como ya se dijo en esta columna, al alperovichismo ya no le importa arrasar en los comicios, sólo ganar. Y la gobernación se gana por un voto en democracia. No le interesa la composición futura de la Legislatura. En síntesis, la integración final de la lista del peronismo exigirá de parte de Alperovich una gran dosis de audacia y de riesgo político, más allá de los posibles compromisos o de futuras consultas pagas.

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