Pasaron 10 años para que Marisa tenga un hogar digno

Pasaron 10 años para que Marisa tenga un hogar digno
Es una de las relocalizadas por la traza de la Costanera Sur “Juan Pablo II”. Sus años de juventud los pasó con sus hijos en el CARIDI.

Desde septiembre del 2012 su vida cambió radicalmente. Ella se dedicaba al obraje y a la pesca, como la mayoría de los que vivían (muchos aún lo hacen) en cercanías al río Paraná. Marisa es una mujer joven con cinco hijos de 21, 19, 11, 7 y 4 años. Su lugar de asentamiento era el CARIDI donde pasó cerca de 10 años y siempre era la primera que necesitaba ayuda en cada crecida del río y por un largo tiempo se mantuvo “con lo que el río le dio” literalmente.

Al enterarse de la traza nueva de la Costanera Sur “Juan Pablo II” fue una de las tantas familias que debió ser reubicada. Desde el año 2008 se pasó de reunión en reunión, de censo en censo de listado en listado para, hace poco tiempo, poder tener una vivienda digna.

Hoy es una de las felices beneficiarias de las 44 casas que fueron entregadas en el barrio Patono (detrás del Quilmes). Según comentó a época, al comienzo la zona era peligrosa pero con el correr del tiempo, ese grado de inseguridad fue mermando en un lugar en el que hace falta mejor iluminación y por sobre todo caminos bien trazados y asfalto.

El pasto crecido y las basuras por doquier son otro de los problemas que, con un poco de educación, se fueron solucionando. “Ahora sólo tenemos muchas moscas por la chanchería” comentó mientras se preparaba para ir a trabajar.

De esos días en los que se trasladaban hace siete meses desde el CARIDI y el Arazati recordó que “algunos - vecinos-querían vender sus casas pero desde INVICO les dijeron que ni se les ocurra vender sus casas porque se los iba a registrar y nunca iban a ser beneficiados en otra vivienda”.

En la actualidad, sus hijos no siguen sus pasos. Hacen fútbol, van a la escuela y a la maestra particular. Están todo el tiempo ocupados mientras ella trabaja en el Club San Benito lugar al que va en bicicleta o la lleva uno de sus hijos, el más grande quien muy pronto entrará a la Armada pero, por ahora trabaja en un servicio de cadetería a domicilio.

“Mis hijos viven acostados en el piso, les gusta limpiar y tirarse al piso” dijo como recordando a lo lejos ese piso de arcilla y barro en el que había asentado una casilla a orillas del Paraná.

Por el momento, el grupo de 44 familias no recibió ninguna novedad de cómo se pagarían las viviendas; no obstante pagan luz y agua.

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