Para predecir la elección británica, todos miran a un pueblo frente al mar

Para predecir la elección británica, todos miran a un pueblo frente al mar
Es Whitstable, cerca de Londres. Es un bastión de laboristas disconformes y su voto será decisivo.
A una hora de Londres, Whitstable es un victoriano pueblito de pescadores con atardeceres dignos de Turner, que no hizo otra cosa que pintarlos en el estuario del río Támesis. Con sus casitas de madera protegidas de la marea por una muralla de piedra, sus famosas ostras y el mercado portuario del fin de semana, siempre fue un seguro territorio conservador en Kent, el "jardín del reino". Hasta que en 2002 comenzó a ser "colonizado" por los "DFL"(Down from London), una tribu laborista del barrio londinense de Islington, que compró los pequeños "cottages" (casas de campo) de la primera línea con vista al mar, les dio un cierto aire de Cape Cod estadounidense y aterrizó con hijos, amigos y "au pair", esa niñera extranjera que tienen los británicos en reemplazo de las mucamas.

Son ellos los intelectuales, artistas, músicos y periodistas que viven en Londres, especialmente en Islington. Vecinos de "Tony" (Blair) y buenos conocedores de "Gordon" (Brown, el primer ministro), colegas de "Cherie" (Blair) o compañeras de colegio de "Sarah" (Brown), que votaron masivamente a los laboristas en 1997 pero que hoy han comenzado a cambiar de opinión.

De viernes a domingo, el venerable Whitstable se transforma, para ser rebautizado "Islington on the sea". Bares y boutiques con "comercio justo", spa con productos ecológicos, moda ética. Un paraíso de los políticamente correctos. Un perfecto termómetro para medir el desencanto de los tradicionales electores del Nuevo Laborismo, que hoy apoyan la idea de un Parlamento de minorías para dar "transparencia" a la política después del escándalo de las expensas parlamentarias. Tampoco los asusta un gobierno de coalición a la europea y no los volverán a votar. Ven a los liberales demócratas como "un catalizador" para poder iniciar una reforma política que lleve a Gran Bretaña a respetar el sistema proporcional de voto y no el actual esquema del siglo XVII. Y equiparan al tory David Cameron con la obsesión por el estilo de Blair y el contenido de Margaret Thatcher.

Once días antes de la elección estalló la primavera en Whitstable. Quince grados y con sol glorioso. Para los británicos es lo más parecido al verano. Las familias enrojecen con crema solar en la playa de piedra y hacen picnics. En el deck de un "cottage" frente al mar, corre el vino Chardonnay y la lengua se suelta. Los "DFL" no quieren dar sus apellidos. Todos conocen a los que van a criticar, más o menos de cerca, pero están dispuestos a dar su opinión.

Para Henry, un exitoso abogado en la City casado con una periodista de renombre, el problema se inicia con Tony Blair. "Es el legado de Tony lo que ha destruido a Gordon y al laborismo. ¿Cómo se puede remontar después de las mentiras de Irak, de la manipulación de la mayoría para conseguir votos que el propio partido no quería otorgar, de la relación con Bush, del asalto a las libertades públicas, de las torturas? La gestión de Blair erosionó las convicciones del laborismo y le hizo perder sus electores progresistas, incluido yo. Gordon no supo aprovechar ninguna oportunidad para recuperarse. Hoy es el pasado", sentencia.

El "lib-dem" (liberal demócrata) Nick Clegg funciona como un confort para la desilusión entre los "DFL" de Islington. Probablemente, esta tendencia ampliada explique por qué los laboristas marchan terceros en las parejas encuestas, tras el segundo debate electoral, y se encaminan a la peor derrota de su historia. Roy, un músico de 42 años y Michelle, su esposa enfermera, no votarán nuevamente al "Labour" sino a los "liberales demócratas." "Nick Clegg es humano, parece más cerca de la gente. Un poco como Tony en el '97, pero al final nos dimos cuenta de que toda su apariencia era falsa", se convence Roy. "Gordon no es más creíble. Necesitamos un premier votado, no heredado."

Para Michelle (40), "es Nick o ninguno. Yo no puedo pensar en votar a Cameron. ¡Tan clase alta, tan lejano de cualquier realidad de la gente, tan artificial! ¡Y va a destrozar los servicios públicos, como Thatcher! Los laboristas dieron dinero a la salud, pero viven obsesionados con los managers y las cifras. Por lo tanto, los servicios se desmoronan."

Linda, cineasta, fue vecina de "Tony" y amiga de Brown desde cuando eran estudiantes universitarios. Defiende "el talento y la decencia de Gordon". "Está mal asesorado y lo condicionan a hacer un 'reality show' en la televisión que traiciona su naturaleza. Gordon es un maestro en política. Sólido, seguro, con fuertes convicciones. Deberían dejarlo ser simplemente Gordon y no tendrían esta tragedia griega."

Brown parece haber escuchado a Linda. Personalmente ha decidido un rol mucho más confrontativo, "más Gordon", más argumentativo y menos "light" en los once días que faltan para las elecciones para evitar ser condenado a llegar tercero. Hasta ahora, la estrategia parece haber sido hacerlo pasar desapercibido. Visitas a colegios, a fábricas, a jardines cuidadosamente coordinadas, sin otro público que laboristas. Hasta su ómnibus de prensa en la campaña está semivacío. Las discusiones económicas pueden revigorizar su alicaída figura. Pero en "Islington on the Sea" no lo ven así.

La aparición de un tercer partido carismático y lleno de energía significa para ellos una nueva posibilidad de sacudir el sistema británico y romper una alternancia inevitable. Nick Clegg es su nueva esperanza. Como Tony Blair en 1997, después de doce años de conservadorismo. Ahora el "Labour" quiere pelear un cuarto mandato pero los electores están desilusionados de ellos y entusiasmados con lo nuevo que puede llegar.

Henry, el abogado, lee The Times al sol. Se excita y grita: "Paddy tiene razón". Paddy Ashdown, ex comando, ex líder de los liberales demóratas, ex comisionado en Bosnia, ex espía, llama a la cordura sobre la nueva "Cleggmanía". "Esta 'hype' es incómoda.Tiene un cierto toque al funeral de la princesa Diana", advierte Lord Ashdown.

La regata está terminando en las aguas del Támesis. Los chicos vuelven mojados y helados de la playa. Los "DFL" ya tienen reservada su mesa en el restaurante de la Oyster Company. ¿El próximo tema? La inevitable coalición postelectoral de los liberales demócratas. ¿Con quién la harán? ¿Con los blairistas, que quieren hacer un arreglo de cuentas con Gordon y desalojarlo de Downing Street o con los conservadores?

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