Paola Arena, la trovadora de la dulce voz

Los músicos tienen un espacio importante en el arte callejero. Suelen estar en lugares donde se reúne mucha gente y trabajan a la gorra donde cada uno le deja el dinero que quiere. Es su medio de vida.
De pronto la joven apareció allí, al lado de las mesas ubicadas en la céntrica cafetería. Era casi el mediodía de la víspera de Navidad y -la melodía cautivó a unos cuantos. El rasguido de una guitarra y una voz dulce ganó el espacio... algunos, extrañados, miraron como de soslayo y sólo unos pocos prestaron decididamente atención.

La joven cantaba, y cantaba bien. Entonó un par de letras y más de un parroquiano decidió que se había ganado su paga: uno se acercó y dejó un par de billetes en el sombrero depositado en el piso; otro lo imitó. La joven sólo sonrió, y agradeció.

De verdad me llamó bastante la atención la escena porque no es habitual que en esta ciudad se vean artistas callejeros, salvo los que hacen malabares en alguna esquina frente a algún semáforo.

En Capital Federal, y en otras grandes ciudades y centros turísticos del país es posible asistir a espectáculos verdaderamente buenos. Gente que canta y baila, que copian a Sabina o a Serrat, o a cualquier otro intérprete más o menos conocido; y grupos melódicos que se suben a los trenes en Buenos Aires y hacen su número esperando recibir alguna recompensa.

Artistas talentosos.

Hay de todo, y en la céntrica calle Florida se podrán ver los entretenimientos más fantásticos, y algunos artistas que pueden demostrar un enorme talento: desde dibujantes y pintores, pasando por bailarines de tango que encantan a los turistas extranjeros y a los propios; y obviamente trovadores que vocalizan bellísimas canciones. Artistas de verdad a los que sólo les falta el escenario de un teatro de butacas colmadas, y el glamour de las marquesinas con las luces de neón resaltando su nombre.

Por su virtuosismo podrían ser, tranquilamente estrellas en algunos de los grandes escenarios, pero no lo son. Son simplemente artistas que hacen su trabajo en plena calle, tal vez porque no gozaron de la oportunidad de intentar lo otro; o quizás sólo porque disfrutan de esa vida de bohemia y despreocupación.

Cuentan que Ricardo Arjona tocaba la guitarra y cantaba en la peatonal porteña y allí lo descubrieron -me alegro por él, pienso, aunque debo confesar que no me gusta lo que hace- y desde allí pasó a vender miles de discos. O que Facundo Arana, el actor de distintas series de televisión tocaba el saxo en los subterráneos de Buenos Aires y de allí saltó a la escena y se hizo famoso. Son sólo un par de ejemplos.

Una artista urbana.

Todos aquellos que mencionamos como habituales en otros lugares, son de esos artistas urbanos que por aquí no se conocían. Ahora sí se podría decir que hay al menos una: Paola Arena (39) se llama. ¿Quién es? "Soy hija del Negro Arena y de María Isabel del Bono; tengo dos hermanas (Iaria y Cintia) y nací en La Plata", contestará ante la primera pregunta. Podría agregarse que su mamá, María Isabel, hace algunos años supo vivir junto a su familia frente mismo a la entrada del Molino Werner; y que un tío de Paola sufrió hace algunos años un accidente que le costó la vida: el paracaídas en que se había lanzado nunca se abrió. "Fue hace muchos años y yo no había nacido todavía. Mi mamá me ha contado esa historia, porque ella también practicaba paracaidismo y sabían saltar junto con mi tío", rememora alguna conversación que tuvo con María Isabel.

Sentados a la mesa del mismo bar donde poco antes había estado cantando, le comento que me llamó la atención verla con su guitarra. Paola tiene el pelo suelto, los ojos oscuros y una sonrisa que le ilumina el rostro, y acepta gustosa contar su historia. "Sí, mi papá es el Negro Arena que ustedes conocen. Y sí... de alguna manera supongo que tiene que ver lo que hago conque él cante. Por eso yo estoy ahora aquí", completa.

Aquí es bajo un árbol, en pleno centro de la ciudad. Mientras algunos se hacen los indiferentes, como que nada pasara -¿quizás para ahorrarse unas monedas o un par de billetes?-, otros le prestan atención a ese espectáculo que es, sin dudas, muy grato.

Su pequeña historia.

Paola explica que siempre le atrajo la cuestión artística, y sus primeras manifestaciones fueron en dibujo y pintura, aunque la música siempre estuvo muy cerca en sus afectos. En ese aspecto ya de chica se destacaba por su voz dulce y armoniosa y participó de los coros de Alberto Carpio en algunas actuaciones que se llevaron adelante en el Aula Magna. "Me acuerdo mucho que me tocaba hacer una parte de recitado en Las manos de mi madre", apunta.

De pequeña y hasta la adolescencia vivió en el Barrio Aeropuerto, por lo que naturalmente la Escuela 221 sería donde hiciera la primaria, para más tarde empezar el secundario en la escuela de la Universidad.

"Eso fue hasta tercer año donde 'descarrilé' y repetí... pero después terminé y realicé una tecnicatura en administración hotelera. ¿Querés saber? No me sirvió para nada porque nunca conseguí trabajo de eso", agrega decepcionada.

De piba nomás habría de integrar un grupo que hacía blues junto a Paula Maidana, Alina Cortés, Sofía Martín, Sabrina Lauret y Florencia Maldonado. "Pero era más que nada un entretenimiento y para poder aprobar la materia en el secundario", se ríe ahora.

Nuevos horizontes.

Buena parte de la vida de Paola ha transcurrido entre Santa Rosa y la Villa de Merlo, en San Luis. "Lo que pasó es que mis padres se fueron para allá hace algunos años, y mi mamá tiene una pequeña empresa orientada al turismo. Pero al tiempo se puso en marcha la carrera de música en el CREAR y decidí volver para estudiar pero al tiempo abandoné y me volví".

Pero no habría de abandonar el camino de la música, porque de la mano de Daniel Hernández aprendió a tocar bien la guitarra, y comenzó a volcarse al rock nacional primero y al folklore más tarde. "El tango también me gusta pero no lo hago", cuenta.

En algún momento de su vida decidió que era el momento de empezar a andar, a buscar nuevos horizontes y conformó un dúo con Brian. "Él hacía percusión y habíamos decidido empezar una suerte de gira en bicicleta con la idea de llegar a Brasil cruzando por el Amazonas. Pero sucedió una desgracia en Chilecito donde habíamos llegado de pasada: Brian participó de una práctica de escalamiento, tuvo un accidente y murió. Eso fue muy frustrante y fue como que quedé renga. Fue a principios de 2010".

Después de ese mal momento Paola decidió regresar a Santa Rosa y la vida le iba a regalar una sonrisa. "Aquí conocí a Pablo Hirschfeld, un hombre de carácter, artesano, orfebre... Alto, flaco, relindo... un bombón", lo define. "Junto a Pablo estuvimos en El Calafate, y mientras yo canto él me acompaña en percusión, y ahora nos estamos armando un sueño muy lindo: queremos empezar a recorrer Latinoamérica".

"Vergüenza es robar".

Le pregunto a Paola si no tiene cierto pudor en eso de sacar su guitarra, dejar el sombrero negro en el piso y empezar a cantar ante gente desconocida. "No, para nada. A lo mejor un poquito al principio, pero ahora ya no... voy por las calles y donde veo que hay una cierta cantidad de público expongo lo que más me gusta hacer: cantar".

"Sé que en Santa Rosa esto no es tan habitual y bueno... mejor para mí. La verdad es que no me puedo quejar, porque la gente agradece lo que uno le brinda y siempre algo deja en la gorra. De lo que se trata es de hacerles pasar un buen momento a las personas que escuchan. Voy por los bares, boliches, a veces a algún cumpleaños, y lo cierto es que me va bien. Puedo vivir de lo que hago, y de eso se trata: vivir y si se puede, como me pasa a mí, de lo que a uno le gusta. Soy feliz con lo que estoy haciendo".

Si la ve cantando en cualquier esquina no se la pierda. Vale la pena. Paola Arena, así se llama.

Cuando pudo ser una Bandana.

Bandana fue un grupo musical juvenil que supo tener poco más de dos años de éxito y furor. Pero poco a poco se fue perdiendo en la intrascendencia. Se trataba de un grupo de jovencitas que habían salido de un reality y en poco tiempo se convirtieron en estrellas. Paola en algún momento también intentó dar un salto y lo recuerda: "Me presenté al casting para integrar las Bandanas. Había 1.500 inscriptas y me presenté... iban pasando las rondas, pasaban las rondas y yo quedaba, y quedaba. Estuve entre las 150 finalistas y para mí fue como un pequeño éxito, pero nada más que eso", rememora.

Paola, la hija del Negro Arena.

El Negro Arena es uno de esos personajes queribles de la ciudad. Paola, su hija, la que le sigue en el camino de la música lo define como "un delirante, un bohemio. Papá es un ser muy especial, que siempre está pensando en ayudar al otro, que siempre está dispuesto para todo y por eso estoy feliz de hacer lo mismo que a él tanto le gusta", reflexiona.

Cuenta después que no tiene el sueño de grabar "como tantos otros que se dedican a la música. De todos modos hay algo grabado en un dvd de mi papá, al que a veces le hago los coros, pero no es mi objetivo. Yo soy esto que ven: una artista urbana; una música que trabaja a la gorra. Esta es mi profesión, y me va bien", completa.

Después cuenta que sale todos los días, alrededor de las 8 de la noche hasta más o menos la medianoche o un poquito más. Es cierto que en Santa Rosa la gente no está acostumbrada a lo que yo hago, pero veo que no hay un rechazo sino más bien todo lo contrario. Y de a poquito, cuando me ven llegar, es como que me van prestando más atención... desde ya digo que si bien trabajo a la gorra, también estoy abierta a la posibilidad que alguien me quiera contratar para animar alguna fiesta, algún cumpleaños o lo que sea. Por eso te pido que des mi mail por si alguien se quiere poner en contacto", pide. El correo electrónico de Paola es "paomovediza@gmail.com.ar".

Y sigue: "Me gustaría decir algo más. El final. Aunque este es mi medio de vida y recorro las calles buscando mi sustento, detrás de todo está la idea de hacer llegar al público mis canciones. Esa es una de las cosas más lindas para un artista", concluye.

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