Por: Jorge Oviedo.Aunque hoy son mayoría entre quienes se identifican con ideas de izquierda los que objetan al FMI, la más intensa y exitosa campaña de descrédito de la institución la inició la ultraderecha norteamericana, que en 1997 criticaba al entonces presidente Bill Clinton por dos motivos fundamentales: los préstamos que el organismo daba a países amigables y los escándalos sexuales del mandatario demócrata.
El FMI nunca tuvo mucho predicamento en la Argentina ni en los países en vías de desarrollo. Pero luego de la crisis de 2001 y 2002 en este país y de la última debacle internacional, que comenzó en las economías centrales, para la opinión generalizada, sobre todo fuera del así llamado Primer Mundo, con excepción de Estados Unidos, la institución llegó a niveles de descrédito insoportables.
Sin embargo, la imagen de sus máximos responsables se mantuvo alta. El alemán Hörst Koehler, responsable del FMI durante la catástrofe argentina de comienzos de siglo, fue premiado cuando se lo designó presidente de Alemania, una suerte de cargo honorífico muy importante. Su sucesor en el organismo con sede en Washington fue el ministro de Economía y vicepresidente del gobierno del español José María Aznar, Rodrigo de Rato, que hoy, tras dejar su lugar a Strauss-Kahn, es el presidente de Caja Madrid.
En cambio, hoy nadie puede saber cuál será el destino del francés que aspiraba a ser presidente de su país y que terminó detenido en Nueva York.
Antecedente
El antecedente de una aventura extramatrimonial que también terminó en escándalo, con una economista de la institución, hace tres años, tampoco ayuda a Strauss-Kahn. Pero sobre todo genera enormes problemas para un organismo que puede estar a punto de enfrentar desafíos de gran magnitud, en particular en el caso de las crisis de países europeos como Grecia, Portugal y España.
El FMI es también el auditor internacional para acuerdos de mediano y largo plazo, como el que la Argentina quiere realizar con el Club de París, y es el supervisor de los números oficiales, como lo ha ratificado el G-20. Se trata de una entidad que debe defender la transparencia y veracidad de la información, así como su libre distribución. Parece difícil poder sostener ese papel con un conductor sospechoso de delitos sexuales.
Por una regla no escrita, el director gerente del FMI es siempre un europeo y su segundo, siempre un norteamericano, en la actualidad, John Lipsky. Entre los europeos, con la excepción de Gran Bretaña, parece haber mayor tolerancia a las infidelidades de los funcionarios públicos que entre los norteamericanos.
Pero el caso actual es muy diferente porque involucra un intento de forzar una relación sexual no consentida. Es decir, no se trataría de un hecho privado, sino de un posible delito.
Es casi lo único que le faltaba al organismo para que se reactive el coro de quienes denuestan su actividad. Curiosamente, aunque los primeros y más fuertes embates provinieron de los radicalizados republicanos en 1997, en ocasión de la crisis asiática, muchos sectores de izquierda coinciden. La posible intervención del FMI en planes de salvataje que incluyan privatizaciones en las jaqueadas economías menores de la Unión Europea es vista por parte de sindicatos y partidos de izquierda como una suerte de demonio amenazante que desatará ajustes salvajes.
Pero si se está ante la comisión de un delito de índole sexual, las discusiones ya no son ideológicas o respecto de la procedencia o no de un determinado plan económico. Por la frialdad con la que el propio FMI ha comentado el hecho parecería que, sea cual sea el resultado de la acusación, la suerte de Strauss-Kahn estaría decidida.
Muchos militantes de izquierda de países en desarrollo han soñado con encarcelar a autoridades del FMI por su supuesta responsabilidad en catástrofes económicas en sus países. Nunca habrán soñado que el día en que ocurriera sería por una cuestión sexual y el detenido, un socialista que podría derrotar en las urnas al conservador Nicolas Sarkozy.

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