Obama, El presidente y los demócratas se enfrentan a un "tsunami electoral"

WASHINGTON.- Si los sondeos tienen razón, se avecina el trago amargo de Barack Obama. La coincidencia es que el 2 de noviembre habrá una "importante derrota demócrata" en las elecciones legislativas, con la consecuente pérdida de control en una o en las dos cámaras del Congreso.
Los más agoreros dicen cosas peores. "Puede haber un tsunami electoral", vaticinó, días atrás, The Rothenberg Political Report , un reconocido boletín de Washington. Perfiló así la paradoja que podría enfrentar el presidente que, hace dos años, en noviembre de 2008, conmovía al mundo con lo que parecía una inagotable inyección de esperanza.

La tradición política suaviza las cosas con el recuerdo de la conocida tendencia norteamericana a "preferir a la oposición en las elecciones de medio término por la convicción de que así se ayuda al control de la gestión de gobierno", dijo Scout Rasmussen, de la consultora Rasmussen Reports. "Es una peculiaridad que hace más desafiante el juego político."

Los republicanos, en cambio, vaticinan que las midterm -as elecciones de medio término- arrojarán un escenario distinto. "Los demócratas no tendrán autoridad para pretender imponer proyectos", sintetizó el ex titular de la Cámara de Representantes Newt Gingrich.

Entre líneas, su mensaje es que si los republicanos ganan en noviembre -como se pronostica-, la presidencia de Obama podría quedar paralizada. Dicho de otro modo: si ya le resultó trabajoso aprobar sus ambiciosas promesas electorales con una mayoría holgada en Representantes y apenas suficiente en el Senado, "una victoria conservadora podría parar en seco" la iniciativa legislativa de la Casa Blanca, coincidió John Voytek, analista político de la Universidad de Colorado, en diálogo con LA NACION.

La jerga política local tiene un término para lo que, en el peor de los casos, podría ocurrirle a Obama. Es la figura del lame duck, o -literalmente- el "pato rengo"; imagen que refiere a un funcionario electo que pierde poder y capacidad de influencia, con lo que queda limitado para ejercer el liderazgo con el que fue consagrado en las urnas.

Con todo, la historia política de este país tiene ejemplos de "patos rengos" que se recuperaron. Por caso, los ex presidentes Ronald Reagan (1981-1989) y Hill Clinton (1993- 2001) sufrieron esa difícil experiencia y la superaron con éxito, al punto que luego fueron reelegidos.

Consciente de que ese revés puede ocurrir, el equipo electoral de Obama ya apeló varias veces al recuerdo de la "reconstrucción" que de sí mismo hizo el republicano Reagan cuando fue apabullado por los demócratas en las legislativas de 1982. "Si Reagan pudo sobrevivir a una profunda recesión, a bajos niveles de apoyo y una adversa elección de medio término, Obama también puede", hicieron saber en el despacho de su asesor, David Axelrod, según citó recientemente The Washington Post.

Vale recordar que lo de Reagan fue, en su momento, una verdadera travesía en el desierto. Tras dos años en el poder, llegó a sus midterm con apenas el 35% de popularidad y en medio de una brutal recesión, con un desempleo por arriba del 11 por ciento. Y los republicanos, que ya eran minoría en la Cámara baja, perdieron 26 bancas. Los demócratas paladeaban retomar la presidencia con facilidad.

Pero dos años más tarde, el panorama cambió. Reagan fue reelegido tras arrasar en las urnas al demócrata Walter Mondale. Ganó así su lugar de honor en el panteón conservador gracias a un mensaje de esperanza y, sobre todo, a una fuerte recuperación económica.

¿Podría ocurrir lo mismo ahora, como insisten en la Casa Blanca? "Claro que sí, las coincidencias son muchas y aún queda camino por recorrer", dijo John Zogby, de la encuestadora Zogby International, consultado por LA NACION.

Aquel escenario de Reagan tiene puntos de contacto con el de Obama, con desempleo y recesión en niveles récords, pérdida de credibilidad e incapacidad para transformar sus victorias políticas en apoyo popular, mientras se hunde en las encuestas, arrastrado por la mala economía. "Es paradójico. Porque este Congreso es uno de los más productivos de los últimos años y aprobó leyes importantes", dijo Thomas Mann, del Instituto Brookings, consultado por LA NACION.

Aún así, en su lectura, Zogby coincidió con otros analistas en que una derrota, aún abrumadora, no tiene por qué implicar el ocaso de un eventual segundo mandato de Obama. "Son contextos absolutamente distintos", subrayó.

Tal vez por eso los republicanos intentan neutralizar la enseñanza de la historia. Y vaticinan que "la derrota que le espera a Obama será peor que la sufrida por Clinton en 1994", según señaló Gingrich. Clinton es, precisamente, el otro ejemplo reciente de recuperación política tras un feroz palazo en las midterm.

A la hora de exprimir la historia, los republicanos prefieren asociar la imagen de Obama con la de James Carter (1977- 1981). También laureado con el Premio Nobel de la Paz, como Obama, Carter fue el único mandatario en el pasado reciente que no pudo llegar a una segunda presidencia al ser incapaz de superar el desgaste inicial de su gestión, en medio de enormes dificultades económicas.

La Casa Blanca sabe y teme que perderá los comicios y lo único que se pregunta es por cuánto. Lo que está en juego es la mayoría en ambas cámaras. En la actualidad, de los 435 representantes, 258 son demócratas y 177 republicanos. Todos se presentan a la reelección, dado que su mandato es de dos años. Los conservadores necesitan 39 representantes para ganar y, en este momento, los tienen.

"Puede haber un tsunami electoral. Los republicanos tienen ahora entre 37 y 42 bancas más, pero dado el deterioro demócrata, la ganancia conservadora podría llegar a un rango de entre 45 y 55 escaños", sostuvo The Rothenberg Political Report, un reconocido boletín político de Washington.

Precario equilibrio

En el Senado, donde se renuevan 33 asientos, el equilibrio es más precario. De las 100 bancas, 58 son demócratas, 40 republicanas y dos independientes. Los republicanos "están en condiciones" de achicar la diferencia, aunque en tándem con los difíciles candidatos del ultraconservador Tea Party y, como ironiza Voytek, "ésa es una asociación en la que no se sabe quién manda".

La impredecible coalición conservadora que enfrentan los demócratas no es el único misterio del proceso electoral. Tal vez la peculiaridad más grande sea el vuelco de la sociedad que, en dos años, pasó de la fascinación por Obama a la más rotunda desconfianza (ver aparte).

"Hoy el descontento no es sólo con el presidente. Es con la clase política en general", dijo Voytek. Una reciente encuesta de The New York Times puso de manifiesto la rareza del fenómeno al revelar que si bien la ciudadanía desconfía hoy de los demócratas, no lo hace en menor grado de los republicanos. "Las encuestas demuestran que el malestar popular no se dirige solamente a los demócratas, aunque es evidente que ellos sufrirán el mayor golpe", dijo Chris Cillizza, reconocido analista de esta ciudad.

Las elecciones serán una lección. Tras ellas, Obama deberá tomar nota. Y si el resultado lo indica, "rearmarse", escribió David Broder en The Washington Post . Eso es, después de todo, lo que se espera de un gran político.

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