El criminal atacó a su víctima cuando bajó de un colectivo. Dos de los seis hijos de la mujer iban a su lado. Los vecinos vieron todo, pero reaccionaron tarde.
El hecho, recordado como uno de los primeros femicidios que tomaron estado público, sucedió el jueves 16 de ese mes, en la esquina de las calles Freschi y 12 de Septiembre, a metros de una garita de colectivos. Los investigadores mencionaron que Echevarría pudo haber hablado con Ana María ese día o el anterior, ya que sabía perfectamente dónde y cuándo esperarla. De hecho, llegó y aguardó sólo unos minutos dentro de su Renault 12 de color rojo hasta que la vio bajar del transporte con las bolsas de las compras y con sus niños.
Algunos defensores del criminal hablaron de un supuesto "estado de emoción violenta", pero lo cierto fue que el peluquero fue a buscar a la víctima y cuando la vio acercarse, salió del auto con un cuchillo de 25 centímetros de hoja entre sus ropas.
Los testigos coincidieron en que todo ocurrió en pocos minutos. Echevarría cruzó corriendo hasta la vereda por donde iban la mujer y los pequeños, no le dijo nada y cuando ella lo vio, la tomó del brazo y la llevó contra la pared. Hubo una breve discusión y después, la tragedia.
El peluquero sacó el arma blanca y comenzó el brutal ataque frente a los chicos que lloraban a gritos al ver como lastimaban a su mamá.
Un ciclista que pasaba por el lugar fue el primero en acercarse. En sus declaraciones mencionó que desde lejos parecía una pelea, que el hombre "sólo golpeaba" a su pareja. Pero cuando la vio caer casi sin reacción y al notar la presencia de los menores, decidió interceder. Tiró su bicicleta y mientras corría al lugar, comenzó a gritarle al hombre que se detuviera. Fue recién entonces cuando otros vecinos decidieron acompañarlo.
CONMOCIÓN
La reacción fue general, el homicida no dejaba de acuchillar a Ana María a pesar de los gritos desesperados de los chicos. La mujer ya no se movía y estaba prácticamente desfigurada y bañada en sangre. El ciclista alcanzó a empujar al agresor, pero quedó paralizado al ver el cuerpo de la víctima. Las otras personas que llegaron reaccionaron de la misma forma y el peluquero aprovechó y escapó corriendo hasta su auto.
Algunos fueron tras él, intentaron darle alcance y le arrojaron piedras, pero el criminal logró encender el vehículo y aceleró. Un ladrillo que le arrojaron alcanzó a destrozar una de las ventanillas, pero no fue suficiente para impedir la huida. En vano intentaron socorrer a la mujer que agonizaba y falleció casi media hora después en el hospital local.
La fuga, sin embargo, duró poco. El asesino era una persona conocida por su profesión, y los testigos dieron datos concretos del vehículo en el que se movía. Los policías montaron guardia en su casa y en las de sus conocidos. Fue localizado horas después del crimen, tratando de ocultarse en la vivienda de un amigo. Todavía tenía el cuchillo ensangrentado.
Lo llevaron a la Comisaría Segunda y varios oficiales debieron protegerlo y escoltarlo, porque los familiares de Ana María intentaron un linchamiento cuando supieron dónde estaba.
Al otro día, y en medio de las muestras de dolor por la muerte de la joven, se supo que el criminal estaba casado y tenía dos hijos adolescentes. El resultado de las pruebas forenses fue contundente para revelar la saña con la que fue ultimada la mujer: se contaron 52 heridas distribuidas en el abdomen, los brazos, el cuello, la cabeza y el rostro. Sólo un par fueron mortales.
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