Mutaciones porteñas en plena vida tropical

Mutaciones porteñas en plena vida tropical
Como si no bastara esquivar baches y semáforos que no funcionan, ahora también hay que convivir con 45° a la sombra e inundaciones
Según un informe presentado por el Fondo Mundial de la Naturaleza, entre 1998 y 2008 se encontraron un total de 1060 nuevas especies en la isla de Nueva Guinea. En Borneo apareció una rana con un cuerno en la cabeza y en Venezuela descubrieron un escarabajo gigante que nada y brilla bajo el agua. Los polos se deshielan, el calor llega cuando no debe y las tormentas inundan la esquina de Cabildo y Blanco Encalada.

Es difícil saber si hay alguna relación entre los excesos climáticos y el surgimiento de unos bichos feos y cornudos. Lo que parece claro es que la Naturaleza ha puesto en marcha una auténtica revolución. Y como ocurre cada vez que surge un cambio inevitable, los jerarcas de turno se resisten a enfrentar el nuevo estado de cosas.

No somos el único país donde se tiende a creer que la responsabilidad de los demás nos exime de la propia.

Estados Unidos, el país con más emisiones de gases con efecto invernadero, no ratificó la primera parte del Protocolo de Kyoto porque considera que China e India deben asumir un compromiso mayor.

La reciente cumbre convocada por las Naciones Unidas en Doha para tratar el cambio climático fue uno de los grandes fiascos políticos del año pasado.

Las autoridades no se ponen de acuerdo en lo que pasa, ni por qué pasa, ni qué se debería hacer al respecto. Y mientras tanto, a las ranas les salen cuernos.

Al igual que los escarabajos gigantes de Venezuela, el porteño del siglo XXI también experimenta una mutación forzada por el caos meteorológico. De hecho, si no fuera por la súbita adaptación a las olas y el viento que ha demostrado en las últimas inundaciones, no habría sobrevivido a la transformación de la ciudad en un paraíso del surf. La incoherencia climática se ha ensañado con Buenos Aires, y al mismo tiempo que el gobierno local se dispone a inaugurar playas en el Parque Roca y el Parque de los Niños, el pronóstico anuncia chaparrones, tormentas y una inestabilidad temible que nadie sabe en qué podría terminar.

Como si al porteño no le bastara con esquivar manifestaciones, semáforos que no funcionan, baches que nadie arregla y delincuentes que son cualquier cosa menos una "sensación", ahora también debe convivir con 45 grados a la sombra, tormentas en el horizonte e inundaciones inminentes.

Buenos Aires se ha vuelto tropical, pero tropical a la manera de la Nueva Orleans del Katrina. Las garotas en minifalda, el espíritu relajado, la diversidad de una dieta basada en frutas y el amor a la vida en chancletas siguen tan lejos como el mar Caribe. O al menos eso es lo que siente la brasileña Mónica, quien perdió su trabajo como recepcionista en un bar de tango del Abasto porque se presentó vestida con un top, tacos altos y un bermuda ajustado. "Yo soy fotógrafa de profesión, pero empecé a trabajar en la tanguería hasta conseguir algo en lo mío -cuenta, entre nerviosa y triste-. Me contrataron para atender a los turistas brasileños, no ganaba mucho y terminaba muy tarde. Y cuando la otra noche, que hacía un calor tremendo, llegué así vestida a trabajar, la jefa me empezó a gritar que no estaba en un cabaret.

Yo no me veía para nada provocativa o vulgar, al contrario, creo que estaba normal para una noche con tanto calor. Pero ella me echó sin que yo pudiera explicarle nada."

La paulista Mónica no se deja amedrentar, aunque reconoce que tras la fallida experiencia piensa más seguido en regresar a San Pablo. "Amo Buenos Aires y me encantaría quedarme un tiempo, pero no estoy dispuesta a que me maltraten por mi manera de vestir", me dijo.

Aún con las palabras de Mónica en mi cabeza, el fin de semana me encontré con mi amigo Lisandro, a quien fui a ver para felicitarlo por su segunda paternidad. Lisandro trabaja en una agencia de viajes y nos encontramos muy cerca de su oficina, en un café del microcentro al que llegó mientras se desataba el nudo de la corbata. "No puedo creer que me obliguen a venir de saco y corbata -fue lo primero que dijo-. Afuera hacen más de 30 grados, todos los días vendo paquetes turísticos a destinos de playa... ¡y voy vestido como un empleado bancario!"

Dejé a Lisandro y me metí en un banco de la calle Sarmiento, sólo para ver cómo iban vestidos los empleados. La mayoría no llevaba corbata, y suspiré aliviado al ver que no en todos los rincones de Buenos Aires se juzga a las personas por su apariencia. Lo mismo debe pasar, pensé, en los lagos tropicales de Venezuela. Allí, la actual revolución de la Naturaleza ha hecho que un escarabajo gigante sea capaz de nadar. Debajo del agua, las demás especies quizá lo vean como el bicho más extraño que se pueda imaginar. Y sin embargo, brilla..

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