Fernando GonzalezLo que empezó a vislumbrarse durante el gobierno de Néstor Kirchner, a consumarse a partir de su muerte y a consolidarse durante la gestión de Cristina es hoy una realidad innegable. Hugo Moyano es la persona más poderosa de la Argentina. Su amenaza a la Casa Rosada de parar el país tras una consulta de la justicia suiza sobre su patrimonio personal, y el bloqueo de los diarios Clarín y La Nación el último sábado demostraron que el titular de la CGT está en condiciones de desafiar a cualquier empresa privada que se le interponga, de burlar cualquier fallo judicial contrario a sus intereses y ahora también de imponerle condiciones políticas a la Presidenta.
El bloqueo a la distribución de dos diarios en el fin de semana no sorprendió a nadie. Moyano mismo se había encargado de advertirlo en aquel discurso de hace diez días en el que dejó en suspenso el primer paro nacional contra Cristina. Esa tarde, también puso en claro que su proyecto personal incluye llegar a los escalones más altos de las decisiones. Rústico pero entrenado en el arte de acumular poder, el camionero fue entendiendo que su camino no podría ser parecido al del tornero Lula o al del electricista naval Lech Walesa. Lo suyo no es la popularidad y las encuestas que encarga le dicen que su imagen genera rechazo tanto en los sectores de mayor nivel socio económico como en los estratos más pobres.
Por eso, Moyano siempre ha dicho que su modelo de sindicalista ha sido el camionero estadounidense Jimmy Hoffa. Y es mejor para él que semejante personaje sea poco conocido en la Argentina porque aunque se destacó por conseguir mejoras importantes para su gremio, pasó siete años preso cuando se descubrieron sus lazos estratégicos con la mafia.
Los próximos pasos de Moyano están claros. Mantener su liderazgo en la CGT; conseguir lugares de privilegio en las listas de diputados de este kirchnerismo que no se anima a enfrentarlo y, si lo dejan, presionar hasta lograr que uno de sus hombres, el abogado laboralista Héctor Recalde, acompañe a Cristina en una fórmula para la reelección. Esa sería la frutilla de un postre que el camionero se quiere comer como antesala de otros cuatro años de alianza con el kirchnerismo. Ayer le puso un nuevo precio a sus intenciones: más de 9.000 millones de pesos con controles laxos para las obras sociales.
Pero Moyano le teme a una prensa independiente que informe sobre sus presiones a los intendentes bonaerenses por la recolección de la basura: éstos le adjudican estar detrás de las empresas que se quedan con los mejores contratos y consideran que ésa sería apenas una de las vertientes de su enriquecimiento personal.
Cristina, Macri, Duhalde, Alfonsín, Sanz o Carrió, el que se convierta en presidente de esta Argentina compleja en las elecciones de octubre, deberá tener muy claro cómo resolver el enigma Moyano. Y la sociedad deberá acertar en elegir al más capacitado para que las relaciones entre el Estado, las empresas privadas y los trabajadores recuperen un espacio más emparentado con el comportamiento democrático.



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