Con Barcelona buscará hoy la final ante Chelsea, en Londres, donde hace tres años se proyectó internacionalmente.
En aquella noche londinense, los ojos del mundo futbolístico empezaron a mirar a Messi de otra manera. Como los grandes jugadores, no se intimidó por la trascendencia del encuentro ni por la envergadura del rival. El rosarino estuvo poco menos que imparable por la derecha. Aceleró y esquivó rivales hasta desquiciar a los marcadores del equipo inglés. Una jugada pasó al recuerdo porque representaba en partes iguales su talento y la violencia empleada por Chelsea para detenerlo. En una corrida por la banda, le ganó a Robben, al que eliminó con un "caño". De frente venía como una locomotora Del Horno, su marcador, cansado del escurridizo Messi. Lo embistió con violencia y saña; el rosarino no se lesionó porque alcanzó a esquivar parte del golpe. Del Horno se fue expulsado, Barcelona ganó 2 a 1 y Messi fue consagrado como el hombre del partido. Había establecido un importante mojón en su novel carrera. El técnico de Chelsea, José Mourinho, quiso rebajarlo con una ironía: "En Barcelona hay mucha cultura y Messi hizo teatro del bueno".
Tres años después Messi vuelve hoy al mismo escenario con Barcelona para enfrentar a Chelsea por un lugar en la final de la Liga de Campeones. La serie está abierta y con pronóstico reservado tras el 0-0 en el Camp Nou. El rosarino ya dejó de ser una promesa para transformarse en una figura de primer nivel dentro de un equipo que cautiva con un juego ambicioso y lleno de recursos técnicos. Su última demostración, el 6 a 2 Real Madrid, dio la vuelta al mundo como una de las mayores exhibiciones de los últimos tiempos, en la que Messi contribuyó con dos goles. Barcelona y Messi parecen hechos para desafíos como el que hoy le propondrá el duro Chelsea.

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