A un año del megasismo que sacudió a Chile, el “hombre de la bandera”, aquel que supo reflejar la tragedia y resurrección de una nación en su histórica fotografía, no tiene trabajo ni casa. Y, paradójicamente, su imagen vuelve a representar la suerte de muchas víctimas de la pesadilla del 27 de febrero pasado: la postergación, demora y olvido de un gobierno con quien sepultaron entre los escombros una parte de su pasado.
Bruno Sandoval hoy tiene 27, de los cuales pasó unos meses de su adolescencia en San Luis, Argentina. Hace exactamente un año, la vida le cambió por completo. A las 3.34 de la madrugada, su casa de Pelluhue colapsó y junto a su pareja apenas lograron salvarse. “Perdimos todo: la casa, el auto, dinero, nuestras cosas”, recordó a PERFIL. A la mañana siguiente, descubrió una bandera chilena, desgarrada y sucia. Un fotógrafo que pasaba inmortalizó el instante que se convirtió en la imagen más emocionante de la tragedia. “Fue un mensaje que transmitió al mundo cómo sufría mi pueblo –agregó–. Nunca supe de quién era la bandera. Se la dejé a otra persona y se la entregó al dueño. Sé que el gobierno la puso en una cápsula que se abrirá en cien años junto a mi foto.”
Antes de volverse memoria, la bandera recorrió Chile, acompañó a la selección de Marcelo Bielsa a Sudáfrica y veló por el rescate de los 33 mineros de Atacama. El gobierno de Sebastián Piñera supo exprimir su fuerza emotiva, pero se olvidó de Sandoval, como de tantos otros. Jamás lo contactaron mientras viajó al norte a trabajar en las minas ni en su regreso al sur. Ahora, espera mudarse a Santiago porque allí “hay más oportunidades”.
Su peregrinar es sólo un capítulo más en el derrotero de quienes luchan por salir adelante. En Concepción, otra postal enmudeció al país aquella noche, cuando el edificio Alto Río de 14 pisos vibró con la onda expansiva, se fracturó y cayó sobre uno de sus flancos. A Mabel Alarcón, con sus 27 años, aún le cuesta hablar de ello, pero accedió a contar por primera vez su historia a PERFIL. “Quiero cerrar ese capítulo de mi vida”, dijo.
“Estábamos preparándonos para un bautismo al otro día. Mi hijo Oliver, de 2 años, dormía, mi esposo Gunther leía en la pieza y yo me estaba duchando. Quince segundos antes del horror, Oliver se despertó llorando. Apenas llegamos a su cama, el edificio comenzó a balancearse. Se oía un ruido espantoso, de vidrios, fierros, loza, todo se caía a pedazos, y de pronto, todo se desmoronó”, narró Alarcón desde Concepción. Las dos horas siguientes fueron de pánico, sangre y un rescate a ocho metros de profundidad.
Doce meses después, el esqueleto del edificio Alto Río sigue allí, mudo testigo de la negliglencia. Ocho personas murieron entre sus escombros y setenta familias perdieron sus hogares. Siniestramente, el banco jamás los eximió de las cuotas de su crédito hipotecario, que siguieron pagando. Y el gobierno nunca intercedió por ellos, ni para los tratamientos terapéuticos, ni para los operativos rescate de las pertenencias que permanecían enterradas. El 25 de marzo, la constructora tiene cita con la Justicia de Concepción, otra deuda que el país mantiene con sus compatriotas.


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