Por Jorge Fontevecchia.Aun cuando la fecha no se celebraba como feriado, nunca pude dejar de recordar con personal dolor los 24 de marzo. No sólo porque fue el día que comenzó la última dictadura sino porque el último 24 de marzo que gobernaron, el de 1983, los militares ordenaron mi arresto.
Ahora, al ver el uso político que se realiza de la fecha –como del tema de los desaparecidos–, se suma al dolor del recuerdo otro dolor: que finalmente se termine vaciando esa fecha del recuerdo de conciencia cívica y pase a ser un día de manifestación kirchnerista.
Algo similar sucede con las Madres de Plaza de Mayo que encabeza Hebe de Bonafini: su beligerancia y partidismo obliga a muchos de los moderados a observarla como algo extraño cuando su gesta en plena dictadura tendría que ser una epopeya que enorgulleciera a todos los argentinos.
El ofuscamiento de las Madres de Plaza de Mayo ante la injusticia por falta de condena a muchos ex represores es un sentimiento lógico y útil. Ni qué decir sobre la tarea de Abuelas en la restitución de la identidad de los hijos de los desaparecidos apropiados.
Pero cuando se contamina ese legado con batallas del presente como, por ejemplo, la Ley de Medios, se reduce el valor simbólico que portan los pañuelos blancos. Hebe de Bonafini usó la fecha para decir: "Los que hicieron el golpe ayer hoy lo hacen desde los medios de comunicación, estos medios vendidos y malditos (...) dejen de envenenarse con la televisión, miren sólo Canal 7, y hay que escuchar Radio Nacional y la Radio de las Madres".
Con la Ley de Medios me sucede lo mismo que con el 24 de marzo: me preocupa que un tema que requiere que todos los argentinos compartamos la conciencia de lo necesaria que es la pluralidad y lo peligrosas que resultan las posiciones altamente dominantes, en cualquier área y mucho más en los medios, se termine reduciendo a otro frente de batalla entre kirchneristas y antikirchneristas.
Así, siendo sectarios, se le termina haciendo un favor a la derecha que simpatiza con la dictadura y se ayuda a perpetuar el statu quo en el desbalance de medios.
Ugolino. El conde Ugolino della Gherardesca fue el hombre fuerte de Pisa en el siglo XIII y su principal adversario político era el obispo Ruggieri degli Ubaldini. Ugolino debe su mayor fama a la Divina comedia porque Dante Alighieri lo incluye como uno de los personajes que se encuentran en el noveno círculo (el último) del infierno.
La historia de Ugolino está cargada de otras situaciones atroces (Borges, en Nueve ensayos dantescos, reflexiona sobre ellas) pero lo que viene a cuento para esta columna es que el conde estaba condenado a devorarse, continua y eternamente, el cráneo de su enemigo, el obispo Ruggieri degli Ubaldini, como castigo por el odio que sentía por él.
El odio es así expuesto como uno de los peores pecados (según Buda, "no hay ningún mal como el odio"). En la vida cotidiana no es muy diferente: los vengadores terminan siendo víctimas de sus propias venganzas, incluso de aquellas que culminan con éxito. El deseo de destrucción del otro resulta autodestructivo.
Es frecuente compartir odios en política. Hace 99 años, José Ingenieros, conocedor del alma argentina como pocos, escribió: "El hombre que ha perdido la aptitud de borrar sus odios está viejo, irreparablemente. La vida humana representa, la mayor parte de las veces, una ecuación entre el pasado y el futuro".
Personalmente, le agradezco a Kirchner la reapertura de los juicios a los ex represores. El que se está llevando adelante en estos días y corresponde al Primer Cuerpo de Ejército, precisamente, enjuicia al grupo de tareas que me secuestró en 1979. Pero siento que se degrada su mérito de promover estos juicios cuando utiliza el pasado con fines políticos del presente.


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