En la última década la sociedad ha comenzado a tomar conciencia sobre el maltrato doméstico, y el institucional, pero ello fundamentalmente referido a mujeres y niños.
La OMS afirma que al maltrato doméstico y profesional debiéramos incorporar el maltrato "estructural y social" conforme hemos descrito, y precisa señalando que: "los drásticos cambios sociales y económicos a escala mundial - como la organización, la transformación de la familia, la incorporación de la mujer al mercado de trabajo remunerado, combinado con la persistencia, cuando no el empeoramiento de la pobreza y la desigualdad - proporcionan un terreno abonado para que surjan los malos tratos a las personas mayores".
A juicio de Antonio Moya Bernal y Javier Barbero Gutiérrez "dos son las razones principales que fundamentan el escaso interés real - que no formal - sobre el maltrato al anciano:
a) Geronto fobia pasiva: nuestra sociedad no valora los aspectos positivos de la vejez, y tiende a evitar y defenderse de las carencias y deterioros de la misma.
Como si no tuviera que ver con nosotros. De hecho, cuando no valoramos algo como positivo tampoco tenemos conciencia (cognitiva) y sensibilidad (emocional y axiológica) para percatarnos de que los derechos de esa realidad puedan estar siendo vulnerados. El Etaísmo - la discriminación por la edad- ha sido una norma a lo largo de la historia y hoy sigue siendo una realidad palpable.
b) Dificultad para detectarlo y denunciarlo: sólo se diagnostica en lo que se piensa y el maltrato no se suele tener en la cabeza como diagnóstico diferencial. Se necesita un elevado índice de sospecha para detectar el maltrato, sobre todo cuando muchos de los factores de riesgo no están presentes. La persona mayor maltratada puede sentirse culpable por denunciar la actuación de aquel de quien depende para los cuidados y mucho más si se trata de un familiar, y puede tener miedo a denunciar al entender que no existen alternativas reales, efectivas, seguras y rápidas.
Las manifestaciones del abuso pueden confundirse con las consecuencias de los cambios propios del envejecimiento. Se suele dar menos credibilidad a las afirmaciones de un anciano, más aún si el mayor es percibido como alguien "difícil" y el familiar o cuidador se comunica bien con los profesionales
En términos de aportar una definición, tomemos en cuenta la que suministra la Red Inpea: "el maltrato al mayor es un acto (único o reiterado) u omisión que causa daño o aflicción a una persona mayor, que se produce en cualquier relación donde exista un expectativa de confianza".
Más allá de las definiciones, es dable contemplar lo que señala la ONU refiriéndose a la principal forma de maltrato a las personas mayores y que está relacionado a la privación del ejercicio de los derechos fundamentales y la falta de igualdad de oportunidades.
Esto nos introduce en términos estrictos a que el maltrato no es un problema sanitario sino social. Si bien las conductas pueden ser calificadas a partir de los tipos legales y según el dolo o la culpa que conlleven, debemos tener en claro que la criminalización no sólo no va a evitar el maltrato, sino que en muchos casos lo terminará profundizando.
Es en esta instancia antes de juzgar, o mejor dicho sentenciar al cuidador informal que comete algún desatino, debiéramos hacer un análisis de su situación, su condición socio económica y su historia en común con ese adulto mayor. Proveer de conocimientos, insumos y afectos al cuidador informal a través de programas dentro del primer nivel de atención de los diversos sistemas, irá garantizando el fortalecimiento y evitará las formas de maltrato para las que solo se ofrece la punición o la censura.
Parafraseando a B. Brech, en Argentina, "como hemos demostrado no poder mejorar la hipocresía debemos de una vez por todas decir la verdad", y esta verdad nos va a develar el maltrato generalizado en los miembros de una sociedad que ha sido abandonada por el Estado a manos del Mercado. Por eso recuperemos al primer cuidador institucional que es ese Estado y después, o simultáneamente, ayudemos a ese solidario cuidador informal que muchas veces no hace demasiado bien las cosas porque, en definitiva, es tan víctima como a quien cuida.
(*) Defensor de la Tercera Edad de la Ciudad de Buenos Aires.
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