Se acabó el Mundial para Argentina y nos inundó la humillación. La gastada en todo el planeta. La mística de Maradona y una selección que tiene que ver con el país. El fútbol es algo más que un deporte en Argentina.
Las vuvuzelas se fueron apagando de a poquito.
Ya no había más aire ni congoja que las socorrieran para que su sonido agudo, insoportable fuera el fondo de una canción desesperada.
No se trata sólo de fútbol.
Es la excusa, el justo depositario de la pasión, la esperanza, el chauvinismo pasajero que emerge cada cuatro años en un país futbolero hasta el hartazgo.
Argentina se fue del Mundial vapuleada, con una puñalada en su orgullo en un sábado gris que también dejó afuera a Paraguay.
La alegría del viernes duró eso, un día. Brasil, el candidato de siempre, la potencia, se fue y Uruguay se quedó. Ya se sabe por dónde transitan los corazones. La garra paraguaya aguantó 82 minutos para que la madre patria (¿) clasificara. ¿Alguien hinchaba por España, realmente?
Las ironías del mundo
El diario deportivo Olé en su tapa de ayer a los brasileños los mandó a mirar el Mundial en un LCD.
A partir de ahora, ¿desde dónde lo miraremos nosotros?
Es verdad, tenemos las 50 cuotas interminables, pero el tema es otro.
La prensa del planeta se encargó de prolongar la humillación, palabra utilizada por casi todos los portales de Internet, incluso Clarín. “Trituró, paliza mundial, aplastó, soberbia, Dios (irónicamente por Maradona)” fueron algunas de los términos más utilizados junto al tradicional “No llores por mi Argentina” gracias a la ópera Evita.
La sonrisa socarrona del presidente Lula da Silva cuando le preguntaron por la derrota argentina señalando que le provocaba tristeza cuando un país del Mercosur quedaba afuera… que languidecía. La foto del portal del diario O Globo lo dice todo. Una alegría en su rostro imposible de disimular. Como la de los argentinos cuando Holanda metió el segundo gol contra Brasil.
Después seguimos con los negocios, los abrazos con la presidenta Cristina y los hermanos latinoamericanos.
Es fútbol, pasión, soberbia…
Hay que sincerarse, es fútbol, es pasión, es locura colectiva, exitismo exacerbado empujado por la maquinaria mediática y los millones de dólares de publicidad.
Es todo eso , pero también el lagrimón de Messi que terminó un Mundial sin pena ni gloria, la congoja del último partido y un Maradona derrumbado en una conferencia de prensa con algunas definiciones que no pueden pasar inadvertidas.
El rasgo de soberbia al decir que Alemania jugó bien gracias a la Argentina (no gracias a que ellos fueron muy superiores) y que no se cumplió un sueño pero se encontró el camino.
Habría que optar por esto último que tendría más que ver con los sueños pendientes de un país abarrotado de promesas porque este bendito deporte está soldado en la superficie y en las raíces de esta sociedad aunque suene extrapolado.
El fútbol en Argentina es un asunto de Estado tal como quedó demostrado con la decisión de sacarle a los privados la televisación de los partidos y que el Gobierno se haga cargo.
Por una cuestión de justicia, de igualdad, para que la pelota no se manche, porque se rompieron los negocios de Kirchner con Magnetto, por lo que fuere, pero fue una decisión que tiene que ver con un país que vivencia a este deporte desde las entrañas y los estimula con la gloria de tener a “dios” o el sufrimiento, la depresión o la autoflagelación ante la derrota.
La idiosincrasia nacional
Desde una mirada totalmente alejada de los especialistas en deporte sería de una torpeza sin par apedrear a esta selección y a Maradona porque si hay algo para reconocerle a este grandioso jugador y hoy director técnico es que creó una mística y recreó las raíces de un fútbol que se han ido perdiendo.
Lo definió también en la conferencia de prensa: “Antes nos poníamos los equipos al hombro… ahora el jugador es más colectivo”.
Maradona dirige como si jugara él pero en la cancha no hay ningún Maradona.
¿Que cometió errores ( como dejar el mismo equipo frente a Alemania que contra México cuando se había jugado mal)? por supuesto. Pero, más allá de su futuro, este seleccionado merece un reconocimiento. Por la adrenalina de estas semanas, por lo generado en la sociedad, por un espíritu que flameaba por todas partes.
La idiosincrasia nacional suele hospedarse de manera zigzagueante entre el triunfalismo fanatizado y la decepción vergonzante.
Esa artimaña de ser los mejores y los peores casi todo al mismo tiempo.
La arrogancia argentina es individual pero este país ya no está en condiciones de una arrogancia colectiva.
Los sueños colectivos
Simplemente, asumirnos en los triunfos y las derrotas como la construcción de sueños colectivos, como sustento de ese difícil enhebrar a pesar de los codos del camino, de los tumultos de las pendientes.
Se acabó la fiesta, se acabó el Mundial para Argentina.
Por un rato se fueron “nuestras miserias a dormir” como canta Joan Manuel Serrat. Y pese a que “con la resaca a cuestas vuelve el rico a su riqueza, el pobre a su pobreza y el señor cura a sus misas”, nos queda la penúltima mueca del partido perdido, de la humillación pasajera con una vuvuzela insoportable de fondo que pronto se irá apagando, agotada, sin aire, en búsqueda de una canción desesperada, urgente, porque mañana se empieza a escribir otra historia.

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