El lamentable Prode electoral

Por: Rodolfo Terragno.

Habrá reelección? ¿Habrá segunda vuelta? ¿Quién llegará, en ese caso, al ballottage? ¿Alfonsín? ¿Duhalde?

Políticos, periodistas, encuestadores y votantes se entretienen buscando respuestas a estas preguntas.

Se ha popularizado, por desgracia, el Prode electoral.

Es como si nadie pensara en el 11 de diciembre.

Ese día asumirá un gobierno que –sea repetición del actual o represente un cambio de caras y estilos—enfrentará problemas difíciles de solucionar. Sobre todo si no se los discute de antemano y no se llega a acuerdos mínimos entre los potenciales oficialistas y los potenciales opositores.

Las preguntas que debemos hacernos no son las que se escuchan a diario. Son preguntas difíciles pero (me anticipo a decirlo) todas tienen respuesta. Eso, si se busca el indispensable consenso.

¿Cómo parar una de las mayores inflaciones del mundo sin provocar recesión?

¿Cómo exportar más e importar menos sin dejar que suba el dólar? Y si se lo deja subir, ¿cómo evitar el aumento de la inflación y el deterioro de los salarios?

¿Cómo hacer, si se mantiene el dólar barato, que la importación no nos inunde –como ocurrió con la “tablita” y el “1 a 1”– y que nos quede otra vez un tendal de quiebras y un desempleo insoportable?

¿Hasta cuándo se podrá ocultar el problema cambiario con irrisorias excusas para frenar importaciones?

Luego de una larga primavera, ¿comprenderá la sociedad que la bonanza de los últimos años no puede prorrogarse indefinidamente?

¿Cómo salir de estos subsidios que nos cuestan 11 millones por hora? ¿Quitándolos? La gente saldría a las calles y se incendiaría el país. ¿Dejándolos? El gasto público se haría incontrolable y se incendiaría el fisco.

¿Se mantendrá el precio internacional de la soja? El crecimiento de China está volviéndose más modesto. ¿Afectará eso la demanda global de productos como esta bendita gramínea que ha sido, para nosotros, lo mismo que el petróleo para los árabes? En cualquier caso, ¿no aumentará China su producción propia? ¿No saldrán competidores que desafíen el oligopolio sojero de Estados Unidos, Brasil y Argentina?

¿Se podrá terminar con los cortes de calles y rutas sin caer en una represión que desate la violencia?

¿Cómo revertir el alarmante declive de nuestra educación sin redoblar las exigencias e imponer la disciplina? Y si se hace esto, ¿cómo impedir que la comunidad educativa juzgue que esta necesaria reforma es “elitista”? ¿No se multiplicarán en ese caso las tomas de colegios o universidades?

¿Hay formas de prevenir que el sindicalismo, defensor legítimo de los trabajadores, caiga en actitudes extorsivas?

¿Es posible mejorar la calidad de nuestra política si son los mismos políticos quienes deben decidir esa mejora?

¿Cómo regular una televisión desmadrada sin afectar la libertad de expresión?

¿Cómo establecer, en todos los ámbitos, el orden inexcusable? ¿Cómo hacerlo sin que esto sea considerado, por parte de la sociedad, como castrense o “fascista”?

¿Se podrá elevar violentamente la situación de quienes están hundidos en la pobreza? ¿Cómo redistribuir el ingreso sin irritar a los ricos y desestimular la inversión?

Sé que muchos creen que, dada la polución electoral, es imposible hallar, para estas preguntas, respuestas compartidas.

Toda elección (como cualquier competencia) obliga a extremar la diferenciación. Cada aspirante a la presidencia necesita demostrar que la gente viviría mejor con él (o con ella) antes que con otro (u otra).

La retórica proselitista no debe engañarnos. Cada uno se pregunta a sí mismo: “¿Qué haría yo si tuviera que manejar todos estos problemas?”. Y, en particular: “¿Qué haría si no tuviera el apoyo del Congreso, ni de los empresarios, ni de los sindicatos, ni de los medios?

El oficialismo tendrá, sin duda, menos temores. Está en el poder y ha logrado sortear varias dificultades. Pero un oficialista sabe que vendrán tiempos peores, y que después de haber tenido “viento de cola”, quien esté en el timón en el tiempo de las tormentas puede perder la confianza de los tripulantes.

Como me empeño demostrar en mi libro, Urgente. Un llamado al país, la historia argentina, como la internacional, está colmada de “pactos” o “acuerdos” que en las vísperas se consideraban imposibles.

La necesidad abre conciencias. Lo que debemos hacer todos, en vez de jugar al Prode, es crear las condiciones para hacer, otra vez, posible lo que hoy se considera ilusorio.

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