Lo manifestó monseñor Salvador Castagna haciendo referencia a las "trampas legales" para no condenar los crímenes. En referencia a los católicos, los calificó como espectadores inertes ante la violencia cotidiana.
En el discurso pronunciado ayer, Castagna comenzó hablando del pecado al indicar "la inútil impunidad del pecado", por lo que procedió a explicar que "no todo delito es sancionado en la tierra".
"Se burla la justicia, con demasiada frecuencia, amparando a grandes o pequeños ejecutores del mal con trampas legales e insuficiente protección de sus inocentes víctimas", añadió antes de decir que "no dejamos de expresar, pública y privadamente, nuestro desasosiego ante hechos repetidos a diario".
"Pero nadie se atreve a poner el cascabel al gato, aún disponiendo de autoridad y medios para lograrlo", determinó el Obispo emérito, a lo que agregó que "el pueblo manso, cumplidor de las leyes e indefenso ante la violencia, pide, a quienes corresponde, ser defendido eficazmente".
En referencia a la Santidad divina, expresó que "Jesús promete el esclarecimiento de los hechos, ahora o después, y sus promesas se cumplen con la exactitud de un reloj de alta precisión. Con la esperanza del cumplimiento de sus promesas la Iglesia ha iniciado esta nueva Cuaresma".
"Todo lo que acontece es preparación para algo nuevo y todo, absolutamente todo, es preparación para la eternidad", aseguró en el discurso, indicando que "esta verdad es excluida de la reflexión calificada como "popular".
"Se piensa poco o nada en lo trascendente", indicó antes de iniciar la segunda parte, a lo que agregó que "existe un mal endémico que hace imposible el intento de ir más allá de la superficie. Así se vive y así se muere".
POSICIÓN DE LA POBLACIÓN
Monseñor Castagna se refirió a los católicos como "espectadores inertes del crimen y la violencia". En este sentido, se incluyó al decir que "somos, como quienes escuchaban entonces a Jesús, doloridos espectadores de un mundo convulsionado por la violencia".
"Como no nos ha tocado personalmente, guardamos, ante sus diversas expresiones, un silencio formal o adoptamos el discurso de circunstancias repetido incansablemente a través de los medios más populares", prosiguió.
Respecto a la realidad, destacó que "lo que acontece constituye un verdadero llamado a la conversión. Lo que el Señor dice a todos -sin excepción- mantiene una vigencia que debiera estremecer a las personas sensatas: y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera", parafraseando el salmo 13, versículo 5, de Lucas.
Monseñor indicó que "la advertencia de Jesús no está dirigida para amedrentar, sino para estimular una respuesta que, a la altura de los acontecimientos, resulta impostergable".
"Ante el mal, enseñoreado abiertamente de nuestra sociedad, Jesús llama a la conversión", afirmó Castagna, indicando que "un cierto pudor farisaico aleja, a los predicadores, de algunas expresiones del Evangelio", en referencia "a los frecuentes llamados al cambio de vida".
"El anuncio de la presencia del Reino reclama, como necesaria preparación a su ingreso, la conversión", y dijo, basándose en el evangelio de Mateo, que a partir de ese momento Jesús comenzó a proclamar: "Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca".
RESPONSABILIDAD SOBRE LA VIDA
En su homilía, Monseñor habló de un necesario consentimiento a la vida. En este sentido, dijo que "la vida, y la misma Redención, nos ha sido otorgada como semilla a fructificar. Como tal depende exclusivamente de Dios pero, ya otorgada, requiere que quienes la han recibido agreguen su consentimiento", a modo de llamar a la reflexión y responsabilidad sobre los hechos.
"El que te creó sin ti, no te salvará sin ti", alegó citando a Agustín de Hipona. Así, explicó que "lo entiende Dios y no deja de manifestarlo en los distintos momentos de la historia de la salvación".
"Jesús dice "sí" al Padre en Getsemaní y en la Cruz y su resultado es nuestra Redención", afirmó Castagna, a lo que añadió que "previamente lo dice María, respondiendo al anuncio del Arcángel San Gabriel, y su consecuencia inmediata es la Encarnación del Verbo".
Con los ejemplos citados, el Obispo señaló que "es ese el comportamiento de Dios, su estilo de comunicarse con los hombres; su intención es el reconocimiento del valor de su don más preciado, la libertad".
"Gracias al mismo el hombre es imagen de Dios, porque está antológicamente capacitado para hacer de su vida una respuesta de amor al Amor que lo ha creado", continuó, antes de hacer referencia al pecado, del que manifestó que "ha malogrado la vocación esencial de quien ha sido creado por amor para el amor, es un mal uso de la libertad".
"La Redención logra que la libertad humana, dañada mortalmente, recupere su salud original", a lo que añadió que "Jesucristo devuelve la salud a nuestra libertad, por lo mismo, la capacidad de hacer de nuestra vida, creada por amor, una respuesta que logre la perfección del Padre Celestial".
METÁFORA REFLEXIVA
Para llamar a la reflexión, Monseñor señaló al pecado como causa de esterilidad. En este sentido, se explayó al decir que "la vida como semilla, cuyo destino es desarrollarse saludablemente y dar fruto de vida. La higuera estéril es la imagen de una vida que se niega a dar el fruto que le corresponde".
"La persistencia en el mal uso de la libertad, a causa del abanico siniestro compuesto por el odio y el egoísmo, ofrece la visión desoladora de la higuera sin fruto, cuyo destino merecido es ser arrancada de cuajo y arrojada al fuego; Cristo, el Buen Pastor, posee la paciencia delicada del viñador que intercede ante el Dueño de la Viña: Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé fruto en adelante. Si no la cortarás", tomando la palabra de Lucas.
"La historia personal, cualquiera sea su extensión, constituye la espera paciente del Buen Pastor, que crea formas ocultas o espectaculares para salvar a la higuera de su esterilidad", señaló antes de concluir.
"Me temo que muchos hombres y mujeres desaprovechen las intervenciones del Viñador y se encaminen irremediablemente a ser sorprendidos sin frutos de vida y, por ende, al fracaso y a la muerte", concluyó Salvador Castagna.
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