La inflación a ambos lados de la avenida del Libertador

El Gobierno niega el fenómeno, pero entre los más pobres ya no consumen carne de vaca y del pollo sólo compran la "carcasa". Para ahorrar, muchos dejaron de calentar la comida. Los de mayores ingresos apenas alteraron sus hábitos.
En pocas ciudades del mundo se vive el mismo contraste violento que en la zona porteña de Retiro. Separadas sólo por Avenida del Libertador, la parte más coqueta de Barrio Norte se roza con la Villa 31 como en el centro de Detroit se yuxtaponen los lujosos rascacielos corporativos con los barrios negros de casas rodantes. Pero el abismo social y económico no impide que a ambos lados de ese muro invisible se sienta con fuerza el mismo fenómeno de los últimos tres meses: la aceleración de la inflación. El impacto difiere mucho entre uno y otro lado, porque mientras los vecinos de la calle Arenales optan por espaciar sus salidas a restaurantes gourmet o huelen dos veces los quesos franceses antes de hacerlos pesar, quienes trajinan los pasillos de la villa se ven forzados a eliminar la carne y el pollo de sus dietas diarias. O a cambiar el guiso por verduras frías a falta de plata para la garrafa. Lo llamativo es que tanto los comerciantes como los compradores de ambos barrios coincidan en que los aumentos de 2010 cambiaron por completo sus hábitos de consumo. Es el dato que pudo comprobar Crítica de la Argentina tras recorrer durante 24 horas las dos zonas, durante la semana en que el Gobierno insistió como nunca antes en negar la suba de los precios para travestirla en mero "reacomodamiento".

La gira empieza en el Coto detrás de la estación de ómnibus, del lado de la villa. De ahí a gente sale con bolsitas minúsculas que apenas llevan un sachet de leche, alguna lata de conserva de segunda marca y paquetes de galletitas. Doña Calixta se destaca entre la multitud por la carretilla donde transporta lo que compró para su almacén en lo más profundo del asentamiento. Hace dos años que la regentea y nunca sintió tanto malhumor entre sus clientes.

"La gente protesta mucho y me compra menos. Donde más se siente es en la leche, la manteca y las salchichas", relata la comerciante, nacida en Bolivia pero argentina desde hace 36 años.

Al carnicero Carlos le pasa algo parecido. En su local debajo del "sheratoncito" –ese edificio precario de cinco pisos sin revocar que obsesiona al gobierno porteño más que la indigencia de sus habitantes– vende un 40% menos que en diciembre, cuando los bifes empezaron a subir su propia escalera al cielo. "Lo que más sale son los menuditos y la carcasa de pollo, que valen $ 2 el kilo. También la carne con hueso, que en las buenas épocas algunos llevaban para los perros", cuenta. "La milanesa preparada la tenemos a $ 18, que es baratísimo, pero nadie compra más de dos juntas".

Agustina y Noemí son dos de las clientas que ya casi no pisan su carnicería. En la feria callejera que arranca justo enfrente compraron diez choclos para la mesa de Pascua, pero dudan si volverán a hacerlo en las próximas semanas. Les cobraron $ 2 por cada uno, 50 centavos más de lo que valían el mes pasado.

"Carne y pollo ya dejamos de comprar. A veces alguna carcasa, pero no rinde mucho... Lo que mejor va para el guiso es el cerebro (seso), que vale $ 1,45. También compramos corazón para hacer como churrasco a la plancha. Hoy estaba $ 4 el kilo", recuerda Noemí con precisión quirúrgica.

Olga, una vecina de la manzana 7, confiesa que decidió no comprar gas durante el verano porque le robaron su garrafa y reponer el envase cuesta $ 120. "Cocino a veces en lo de una amiga, pero la mayoría de los días comemos frío", explica. Recargar la garrafa de 10 kilos cuesta $ 23. Un 50% más de lo que prometió Julio De Vido que valdría la garrafa social, subsidiada con un recargo en las facturas de gas natural.

En la feria igual se percibe bastante movimiento. Oscar, el parrillero de los fines de semana, instaló su improvisado brasero hace cuatro meses y ya tuvo que subir el choripán de $ 4 a $ 5. "Ahora vendo bastante menos, pero con lo que aumentó el gancho de chorizos no ganaba nada", protesta ante el cronista.

"¡Venga, déme el micrófono!", interrumpe Fanny, de 63 años, algo decepcionada porque la nota no es para la tele sino para un diario que nunca comprará, porque en la villa casi nadie compra diarios y no llegan ni los gratuitos, que los chicos revenden "a voluntad" en la estación de trenes. "¡Dígale a la Presidenta que agarre un changuito y $ 100 y trate de ir a comprar para hacer una comida!", pide la jubilada.

En febrero, cuando el INDEC admitió la inflación en alimentos más alta desde 2002, los analistas coincidieron en que su impacto se sentía tanto entre los ricos como entre los pobres y la clase media. La canasta ejecutiva que mide la Universidad del CEMA –que incluye colegios privados, restaurantes caros y electrónicos– acumula en el último año un alza del 20,1 por ciento. La canasta básica de alimentos que releva la consultora Economía y Regiones subió todavía más: un 36,7% entre marzo de 2009 y el mes pasado.

En Suipacha al 1300, del otro lado del muro, Guillermina administra un bistró de la cocinera mediática Maru Botana. Hay gente que viene desde lejos en auto a buscar tortas con su firma o preparados de salmón rosado. Pero Guillermina admite que las ventas cayeron desde el año pasado y se queja porque sus insumos "subieron un 50% en cuatro meses".

A dos cuadras, en la puerta de la parroquia del Socorro, Teresita cuenta que desde que le cambiaron el medidor eléctrico, pasó de gastar $ 200 a $ 1.450 de luz por bimestre. Su piso del pasaje Sargento Cabral, donde vive con su marido diplomático jubilado, también paga $ 900 de ABL. "Ya habíamos reemplazado los productos importados, pero ahora tampoco salimos más a comer afuera", se lamenta.

Susana, otra ama de casa devota de la virgen del Socorro, asegura que lo que más sintió fueron los aumentos de la prepaga médica y las expensas. Despotrica contra el sindicato de porteros por los aumentos de sueldo que elevan lo que le cobra por mes la administración de su edificio. Y cuenta que ya no va al cine ni al teatro, "en parte por la inseguridad, pero también por lo caro que está".

El ajuste no se da sólo en el esparcimiento. El almacenero Manuel –un gallego que en 30 años de oficio convirtió su boliche en un supermercadito bien surtido de whiskies escoceses y agua Evian– nota la diferencia en plena Arenales al 800. "La gente cambió mucho sus hábitos en estos meses. Lo hace muy discretamente, pero antes venían y llenaban el changuito sin fijarse y ahora hay cosas que casi no se venden, como los fideos italianos o el té inglés", ejemplifica.

En la cantidad también se nota bastante. Hace un año, Manuel vendía 1.500 kilos por semana de cortes caros de carne, como lomo u ojo de bife. Hoy despacha menos de 600 kilos. Y sus clientes eligen los cortes por peso, con cuidado de no excederse.

La tarde ya empieza a hacerse noche en el muro invisible del Libertador. En la puerta de la carnicería de Carlos aparece tambaleante un joven apuñalado, chorreando sangre a borbotones por dos heridas en el torso desnudo. El carnicero lo asiste y después comenta algo sobre la violencia que adjudica a "los de afuera de la villa". Se refiere a la violencia de los puñales, claro. La de los precios es más silenciosa.

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