Jimmy Carter estuvo en La Habana. Por qué Fidel antes lo criticaba y ahora lo felicita. Yoani Sánchez cuenta cómo fue su reunión secreta.
En esos años, precisamente en 1980, la explosión migratoria del puerto de El Mariel lanzó sobre su territorio a más de cien mil compatriotas entre los que había presos sacados a todo correr de las cárceles y enfermos mentales de varios manicomios. Carter no pudo sostener la presión de tal avalancha y se vio obligado a cerrar la acogida de esos desesperados inmigrantes. Fue una batalla ganada por Fidel Castro, que desde la tribuna vociferaba: “¡Que se vaya la escoria, que se vaya!”. Carter no fue reelegido presidente, algunos afirman que, entre otros motivos, por su desacertada actuación durante aquella crisis migratoria.
Le sucedió entonces Ronald Reagan, cuyo rostro de actor de Hollywood venido a menos se convirtió en la nueva imagen a denigrar en la prensa cubana. “El manisero” fundó entonces el Centro Carter, se concentró en su labor de mediador y como observador de procesos de paz llegó, incluso, a ganar el Premio Nobel de la Paz. En un giro nunca antes experimentado, nuestros periódicos oficialistas cambiaron bruscamente la manera de referirse al ex comandante de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Pasó a ser sencillamente el señor Carter y para cuando visitó nuestro país, en el año 2002, los locutores lo presentaron simplemente como un amigo personal del Máximo Líder.
Aquellos niños –ya crecidos– que una vez lo habíamos insultado en el matutino de las escuelas estábamos confundidos con la alfombra roja desplegada en el aeropuerto a la llegada de quien una vez había sido nuestro mayor enemigo.
En esa oportunidad, Carter se encontró no solamente con figuras del gobierno, sino que escuchó opiniones y denuncias de los grupos opositores, satanizados e ilegalizados por las autoridades. Fue justamente en una conferencia en el aula magna de la Universidad de La Habana, donde Carter mencionó por primera vez ante las cámaras de la televisión nacional el nombre del Proyecto Varela, que impulsado por Osvaldo Payá proponía un plebiscito para transformar la Constitución y permitir la libertad de expresión y asociación. Retornó a su casa y, en apenas unos meses, a lo largo de nuestro país una secuencia de detenciones conocida como Primavera Negra terminó con largas condenas para 75 disidentes y periodistas independientes.
Tuvieron que pasar casi nueve años para que volviera. Esta vez, los timones de la nación ya no estaban en manos del Comandante de Verde Olivo, sino de su hermano, que quedó atrapado entre la necesidad de reformas urgentes y el miedo a llevarlas a cabo.
Carter habló esta semana con Raúl Castro, con su canciller, y hasta tuvo un aparte con varias voces de la incipiente sociedad civil cubana. Se refirió en el canal televisivo más importante de nuestro país a la necesidad de libertad de expresión, asociación y de viaje para que los cubanos puedan moverse dentro y fuera de su propio territorio nacional. También lanzó algunos halagos al gobierno, pero sonaban a formalidades diplomáticas.
Antes de irse, varios disidentes y blogueros alternativos le regalamos una colección de productos populares hechos a partir del cacahuete. “Este es el único renglón comercial que nunca ha estado en manos estatales”, le dijimos, y el veterano político sonrió.
Su avión despegó, la isla parecía ese miércoles idéntica a como la había encontrado 72 horas antes, pero algo pequeño y minúsculo había cambiado. Tan imperceptible como un cacahuete.


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