La bisnieta del cacique Blas Chapay, Doña María Silvia Chapay, es testimonio de un legado que sobrevive en el tiempo. Relató a época sus memorias de una vida de campo con impronta guaraní.
Bajo la sombra de la galería de su casa, hecha de adobe y con techo de paja, la bisnieta del cacique Blas Chapay, uno de los fundadores de la localidad en 1817, rememoró parte de sus aprendizajes, de sus años de juventud, y celebró recibir visitas con ganas de conversar.
María Silvia Chapay, con sus 94 años, está declarada ciudadana ilustre y tesoro humano vivo por la provincia. Aunque aún no le hicieron entrega de este reconocimiento, ya que la ley que ratifica la declaración fue recientemente promulgada, la abuela casi centenaria recibió a época en su humilde vivienda de Loreto.
Abrigada aun en un mediodía caluroso de principios de septiembre, María Silvia lleva sus 94 años con toda entereza, y se entrega poco a poco a la charla. “En invierno sufro del frío, por suerte ya está pasando”, dijo, y comenzó un relato que se asemeja a un viaje en el tiempo, hasta los años en que el campo estaba más poblado que las ciudades y las tradiciones guaraníes se fusionaban con la llegada de la modernidad con total naturalidad.
“Recuerdo la fiesta en que la trajeron a la Virgen (de Loreto) hasta el campo, se hizo un velorio (vigilia) en el que vinieron todos los del campo con sus imágenes. Se levantó un altar grande para la Virgen, y pasamos ahí toda la noche. Amanecimos y trajeron el carro de don Adolfo Lezcano (el carnicero del pueblo). En ese carrito se hizo un altar, y dos jovencitos vestidos de angelitos iban en el carro, que empujaban los hombres tirando desde adelante y por detrás. Cuando llegamos al centro, que vinimos todos caminando junto a la Virgen, pasaron dos aviones, y desde el cielo tiraron dos coronas de flores para ella”, relata.
Con sus recuerdos, aún frescos en su memoria, narra poniendo cuidado en los detalles el festejo de la fundación del poblado del año 1967, cuando la localidad cumplía 150 años.
Eran otros tiempos, dice, cuando en el pueblo se podía pasear tranquilo porque no había tantas bicicletas, y los festejos patronales convocaban a todos los del campo para rendir honores a la Virgen. En esa procesión, desde las zonas rurales hasta el poblado, también fue llevada la imagen de la Virgen de la Candelaria, una de las varias imágenes que los guaraníes rescataron de los saqueos y lograron llevar consigo hasta los nuevos poblados que fundaron.
Su abuela, Narcisa Chapay, una de los siete hijos que el cacique tuvo con Lorenza Avañeé en su asentamiento en las tierras loretanas, fue una de las transmisoras de la cultura y la sabiduría que Silvia aún mantiene viva. Su papá fue Efigenio Chapay, nieto del cacique. Se quedó viudo a poco de tener a sus cuatro hijos y Silvia, su hija mayor nacida en 1919, recibió toda la herencia de sus ancestros. Junto con este legado, heredó también la difícil responsabilidad de criar a sus hermanos menores a la corta edad de 10 años.
“Mi mamá falleció cuando todavía yo iba a la escuela, entonces dejé de ir. Mi papá me encargó cuidar a mis hermanos”, relata. Más tarde su padre y ellos también partieron, dejándola sola con el hijo de una de sus hermanas a su cuidado, a quien crió como un hijo propio. “Dios y la Virgen fueron mi familia entonces, cuando yo no tenía más familia”, narra con una emoción que surge en su mirada.
Sus rasgos hablan de una hermosa mujer, que supo enfrentarse a la vida y que, en un momento, encontró también a un compañero, Arnaldo Villalba. “Conocí a mi marido en el pueblo, era un peón de una estancia cercana, que había venido a trabajar desde Bella Vista. Le conocí y le enlacé”, cuenta con picardía. Sonriendo, admite que su esposo era un hombre “guapísimo”.
Siempre vivió una vida humilde. “Antes éramos muy pobres”, dice, como si ahora llevada una vida de lujo. Para sustentarse tenía algunas vacas, que con buen cuidado llegaron a ser en algún momento unas 70 cabezas. Integrada a la vida de la comunidad, su sabiduría de campo y su herencia guaraní la ayudaron para subsistir.
“Yo conocía muy bien a los animales, yo misma les curaba, y me llamaban de otros campos para curarles las vaquitas”, relata. Fue también ayudante de la partera del pueblo, y ayudó a nacer a muchos niños loretanos que hoy rondan los 50 años. Apadrinó caballos, cuidó niños, y hoy es tesoro vivo. En octubre, estiman, las autoridades provinciales podrán entregarle la placa que lo acredita. La distinción sólo fue entregada en otras dos oportunidades en Latinoamérica. Una fue para mujeres aborígenes del sur de Chile, la otra para mujeres aborígenes de Colombia, que conservan aún la milenaria tánica de fabricación artesanal de los famosos sombreros de Panamá.
El caso de Silvia sería el tercero. Ella atesora un legado que comparten aproximadamente 50 familias más de la zona. Apellidos como Chapay, Guarí, Guarepí y Areyú aún resuenan entre los pobladores rurales que aún habitan el lugar, llevan la huella de sus antepasados guaraníes.
Por eso, desde la fundación Nuestra Señora Virgen de la Candelaria impulsaron la declaración de “Tesoro Humano Vivo” a la abuela, una categoría de distinción instituida por la UNESCO para reconocer a las personas que son reservorios de conocimientos, prácticas, tradiciones y lenguajes que se encuentran en peligro de desaparecer, porque quienes los poseen extinguen su vida natural y no llegan a transmitirlos por efecto, entre otros, de la globalización, y a veces por la imposición de modelos culturales ajenos a la identidad propia.
“La señora Chapay cuenta con un acervo de memorias, recuerdos, relatos, imágenes, palabras y emociones transmitidas de generación en generación en su familia. Narraciones complejas de la experiencia guaraní en Corrientes en los últimos dos siglos, memorias de los éxodos que trajeron a aquella gran conglomeración de familias guaraníes a algunas regiones de nuestra provincia, imágenes mixtas de la cristianización y el paganismo, de la hibridación cultural de su nación, su adaptación e institucionalización, su incorporación a la vida civil de la provincia a la par de la pugna por la manutención de su identidad, sus ritos y sus saberes tradicionales”, destaca uno de los párrafos de la ley que reconoce a la abuela como “Tesoro Humano Vivo”.
La propuesta de declaración fue llevada a las cámaras legislativas por la diputada Sonia López, y aprobada por ambos cuerpos. La promulgación de la ley se concretó este año, y la distinción sería otorgada próximamente. “Esperamos que sea cerca de octubre, para poder llevarla a la abuela hasta Corrientes a recibir su distinción”, explicaron desde la Fundación. Además, según revelaron a época desde la entidad, funcionarios del Instituto de Estudios Antropológicos de la Nación planean llegar al poblado a mediados de septiembre, para censar y constatar, mediante estudios genéticos, la herencia guaranítica que aún vive en la región, entrevistando e investigando a las familias que todavía registran apellidos de herencia guaraní.
Al verla a la abuela Silvia, no cuesta imaginar que en brazos de su bisabuelo, el cacique, o de su bisabuela, Lorenza Avañeé, integrante de otra de las tribus que se asentaron en la zona, viajaron alguna de las imágenes de que los guaraníes tallaron cuando todavía vivían en las reducciones jesuíticas de Misiones, y que luego llevaron consigo hasta los nuevos lugares en que se asentaron.
Mientras tanto, Silvia, generosa, comparte y transmite ese legado. “Me quedo contenta por su visita, ahora me voy a dormir la siesta, y voy a soñar con ustedes”, prometió al momento de la despedida. Una sonrisa llena de luz atraviesa el rostro de la abuela, surcado de arrugas. Un tesoro humano y vivo.
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