Por Mariano GrondonaLas reacciones del matrimonio presidencial después de su derrota en las elecciones del 28 de junio plantean un delicado problema de interpretación. Tras desconocer las categóricas cifras del 28 de junio en su conferencia de prensa del día siguiente, la señora de Kirchner se fue a viajar por Estados Unidos y América Central para intervenir en la grave crisis institucional que atraviesa Honduras sin que se le hubiera reconocido ningún papel relevante en ella, pese a que en la Argentina la esperaban temas tan urgentes como la pandemia de la gripe "A" que su gobierno había "tapado" hasta las elecciones y como la recomposición política que necesita el oficialismo tras haber quedado en minoría.
Estas señales que acaba de emitir el matrimonio presidencial pueden ser interpretadas como "comprensibles" o como "inquietantes". Para aquellos que se inclinan por la más benigna de las dos interpretaciones, lo que ocurrió fue que los Kirchner, dejándose llevar por el triunfalismo que ellos mismos propagaban, no previeron lo que harían en el caso de perder. Si lo prudente para cualquier planificador racional es tener en reserva un "plan B" por si las cosas no salen como espera, los Kirchner lo omitieron. Es comprensible por lo tanto que ahora, a la vista de la derrota que no habían anticipado, necesiten un tiempo para reconciliarse con la realidad. Es el tiempo del luto y llanto que sigue a cualquier súbita desgracia. Hay que otorgarles por lo tanto una espera razonable, hasta que elaboren su definitiva decisión.
Al lado de esta hipótesis del "luto y llanto", empero, hay quienes interpretan las primeras señales que han emitido los Kirchner como una opción en favor de la radicalización ideológica. "Más del modelo" querría decir, en tal caso, "más hacia Chávez". Pero esta segunda hipótesis sobre lo que está pensando el matrimonio presidencial es inquietante porque, al anticipar una estrategia no sustentable en la nueva Argentina que está naciendo, podría ser la portadora de ominosas consecuencias.

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