La agencia se resiste a aceptar el informe sobre las brutales torturas a supuestos terroristas, y el Departamento de Justicia descartó que fuera a investigar a los responsables; por eso, las acusaciones podrían quedar en la nada; la Casa Blanca la necesita para su política exterior
Dudas, pesar y escepticismo en alza. Menos de una semana después de la difusión del informe sobre la "carta blanca" con la que contó la Central de Inteligencia (CIA) paratorturar a prisioneros, se instala la impresión de que el "debate crítico" que preveía el presidente norteamericano, Barack Obama, podría quedar en la nada, es decir, en un nuevo tirar todo bajo la alfombra y pasar página.
Un cóctel de síntomas así lo indican. A la cabeza están las complicidades políticas que afloraron para evitar inculpar al ex presidente George W. Bush y a miembros de su gabinete, la resistencia de los republicanos a morder en la cuestión y las dudas que también se evidencian dentro del propio gobierno de Obama.
La cereza de ese postre amargo es la absoluta resistencia de la poderosa agencia -un gigante que da empleo a 21.575 personas y tiene un presupuesto de 14.700 millones de dólares- a aceptar lo que dice el informe.
La agencia no reconoce ninguno de sus puntos esenciales: no acepta que fue tortura -prefiere definirlo como "programa reforzado de interrogatorios"-; lo justifica bajo el supremo argumento de la seguridad nacional y, a diferencia de la inutilidad y hasta el entorpecimiento que denuncia el documento, su gente insiste en que fue "sumamente útil" para defender a los norteamericanos del terrorismo.
"¿Con este panorama de reacciones, podría alguien decir, con confianza, que el gobierno de nuestro país no volverá a torturar nunca más? Temo que no, que nadie es capaz de asegurarlo", sintetizó Eugene Dionne, uno de los columnistas estrella de The Washington Post.
Fue una forma de aludir al hecho de que hoy la CIA es una estructura de peso en la que necesita apoyarse la administración para combatir la amenaza del grupo terrorista Estado Islámico (EI) y para atender los recalentados frentes en Siria, Irak y Afganistán. No puede ni prescindir de ella ni enfrentarse.
No sólo la necesita hoy Obama; también lo harán los gobiernos que los sucedan. Y la agencia es perfectamente consciente del poder que eso le da.
"El discurso nacional está virando hacia un rechazo a este debate. Mi impresión es que la tónica es pasar página y cuanto antes", señaló Roy Roth, académico de Ciencia Política de la Universidad de Miami, en diálogo con LA NACION.
La propia Casa Blanca parece arriar las velas. No hay a la vista un intento de revisionismo ni mucho menos de rendición de cuentas. "La pelota está ahora en el campo del procurador general", dijo días atrás el vocero de la Casa Blanca, Josh Eearnest.
Pero para seguir con la metáfora de la pelota -y de cómo se la pasan unos a otros- la oficina del procurador general, Eric Holder, anticipó ya que no abriría expediente para investigar a la agencia o para llevar a los responsables del programa clandestino de detenciones e interrogatorios ante la Justicia.
No hay datos ciertos de qué es lo que está pasando dentro de esa enorme, poderosa e impenetrable estructura que es la CIA. Manchado ya desde hace años, su sombría aureola no mejoró con las reacciones posteriores.
"Si estamos ante una estructura que, como dice el informe, ocultó información al presidente y al Congreso y que, como se demostró hace pocos meses, hasta fue capaz de espiar a los senadores que la estaban investigando, no creo que eso hable de mucha voluntad de revisión y cambio", añadió Roth.
La experiencia reciente enseña -o mejor dicho recuerda- lo que ocurre cuando se pelea con la agencia. En julio último, los empleadores de la selecta Comisión de Inteligencia del Senado y que venían trabajando en el informe crítico sobre las torturas en la agencia denunciaron públicamente que sus agentes los estaban espiando.
Fue tal el escándalo que se convirtió en una de las pocas veces en que la agencia pidió disculpas. "Fueron sólo algunos empleados que actuaron de modo inconsistente", dijo John Brennan, su director, en un intento por bajar el tono a lo ocurrido.
El episodio dejó su huella. Con la senadora demócrata Dianne Feinstein a la cabeza, el comité entendió que no le quedaba más que ir adelante con su investigación si querían sacar algo bueno.
Las dificultades aumentaron con las recientes elecciones legislativas en las que los demócratas perdieron el control del Senado. Feinstein dejará de ser presidenta del Comité, donde la reemplazará el veterano John McCain. Pero pese a que el senador es crítico de la tortura -la experimentó como prisionero de guerra- y uno de los pocos republicanos que se atrevió a expresarlo en forma pública, Feinstein sabía que, con el Senado en mayoría republicana, el informe no vería luz. La oportunidad de difundirlo era ahora o nunca más.
Pero de allí a que su impacto altere el ritmo de la CIA hay todo un trecho. Por el contrario, todo apunta a que no sufrirá consecuencias por el escándalo y que persistirá como una estructura vital para la recolección de inteligencia en el mundo.
"Nada en su operatoria se alteró, por el contrario, parece consolidarse", aseguró Roth. Por caso, en los años que siguieron a los atentados terroristas de 2001 su presupuesto se duplicó y aumentó su personal. Con la llegada de Obama, incorporó una flota de drones con los que ataca y mata a "combatientes enemigos", merced a órdenes del presidente.
El propio Obama y miembros del Congreso avalan "operaciones secretas" para intentar dar con líderes del grupo terrorista Estado Islámico (EI), definido por la Casa Blanca como "la peor amenaza a la seguridad" en este momento. Y para todo eso necesita a la CIA. "La administración de Obama, y muy ciertamente las siguientes, continuarán apoyándose en la CIA para la recolección de información aquí y en el mundo", sostuvo William Blanks, del Instituto para la Seguridad Nacional y el Antiterrorismo..

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