La sensación térmica superó los 47 grados; hidratación y sombra, las formas de sobrellevarlo
Viajar en subte era tomar un tour por el infierno. Trepar a un colectivo, una aventura digna del Sahara y caminar, sencillamente, era una invitación a terminar con la camisa, el vestido o el pantalón adheridos al cuerpo.
El remanso de la heladera le llegaba al que podía refugiarse en un taxi, dentro de un shopping o en cualquier comercio donde el aire acondicionado se cotizaba tanto como las bebidas frías de todos los quioscos porteños.
La calle, en síntesis, se convirtió en un verdadero infierno. "Es el peor día de calor. No pasamos esto en todo el verano", dijo Fabián a LA NACION mientras acomodaba varias botellas de agua mineral en el freezer ubicado junto a la reja de El Rosedal. Eran las 18.30. El sol empezaba a bajar, pero la temperatura seguía clavada en casi 37°. "Acá aguantamos abajo de la sombra, no hacemos más que esperar, porque no vino mucha gente."
Lo que sí parecía un hormiguero era la estación Congreso de Tucumán de la línea D de subte. A pesar del calor, muchos de los pasajeros afirmaban haber tenido un viaje "normal", con poca gente. Pero, según la formación de la que bajaban, la percepción no era la misma. "¿Calor? Ufffffff, está tremendo", susurró un señor, con varios botones desprendidos de su arrugada camisa.
A metros nada más, encerrados en una cabina metálica de pocas dimensiones, Walter y su compañero -empleados de Metrovías- sufrían la temperatura, pero con un poco de humor. "Se nos rompió el aire acondicionado, así que tenemos un ventiladorcito que no tira nada. Ajo y agua, a joderse y aguantarse", dijo Walter riéndose, a pesar de tener la cara enrojecida.
Si afuera hacía 47° de sensación térmica, abajo llegaba, al menos, a los 55°, ya que al calor se le sumaba otro problema. "El tema acá es que no corre una gota de viento. Te mata la concentración de calor", sostuvo Leandro Russo, el dueño de un quiosco en la misma estación. Las gotas de sudor le caían por la cara. "Lo único que se lleva la gente es bebida, aunque esté caliente porque la heladera no alcanza a enfriar. ¿Los chocolates? Algunos los puse en la heladera porque se derretían todos", agregó, mientras vendía latas de gaseosas y jugos en sachet.
En la calle los colectivos pasaban repletos de pasajeros que trataban de refrescarse con la cabeza apoyada en las ventanillas abiertas. Los afortunados que viajaban en unidades con aire acondicionado no tenían inconvenientes. Tampoco aquellos que pudieron tomarse un taxi como el de Alfredo, que aprovechó el parabrisas para hacer marketing con el calco "aire acondicionado". Al abrir la puerta del auto una bocanada de aire fresco invitaba a sentarse allí y permanecer durante horas. "Acá adentro es otra cosa, la gente viaja bien y fresca", se regodeaba el taxista. "En días como hoy se trabaja mucho más", aseguró.
Algo parecido pasó en los shoppings, como el Alto Palermo. Los últimos pasos por la avenida Santa Fe eran interminables, pero en el mall se ingresa a un microclima, no sólo por la temperatura, sino también por el ánimo de la gente. Allí se paseaban con la preocupación de hacer buenas compras o tomar un café o agua saborizada junto a los amplios ventanales. Las caras rojas por el calor estaban afuera, en personas sentadas en los escalones abanicándose o mojándose la cabeza con agua mineral.
Algo parecido estaba haciendo Iván, que atiende un puesto de flores en la avenida Cabildo, pero remojaba sus brazos en los baldes repletos de agua que usaba para regar los ramos y sumergía la cabeza dentro de uno de ellos. "Hay que cargar agua y darse chapuzones, no hay mucho más para hacer", contó a LA NACION. "Estoy desde las 9 acá y el sol pega todo el día en el puesto. A la tardecita se calma un poco porque llega la sombra", aseguró.
Unos pocos se animaron a desafiar al clima y no dejaron de realizar sus ejercicios. En Palermo se vio a unos cuantos valientes que, sin embargo, sintieron el peso del calor. "Te mata, te mata. Hay que tomar mucha agua y correr por la sombra", aconsejó Jorge Jiménez mientras se hidrataba en una canilla.
El agua fue la principal aliada de los acalorados porteños en una de las jornadas más agobiantes del verano. Si no, que lo digan José y su familia, que se bañaron plácidamente en el lago que está frente al Planetario. "Es peor dentro del agua que afuera, porque está caliente", dijo, mientras sus hijos saltaban alrededor y se secaban con unas cuantas toallas. "Parece un jacuzzi, pero te refresca un poco", remató..

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