Francia pasó de la pena al estallido de rabia

Francia pasó de la pena al estallido de rabia

El atentado de Niza encendió la retórica crítica, marcial, xenófoba e islamófoba de la oposición conservadora y la extrema derecha enfrascadas en una disputa por la candidatura presidencial para las elecciones de 2017.

El último y tercer atentado que sufrió Francia en en el último año y medio terminó por fomentar una crisis de legitimidad aún mayor entre la sociedad y el Ejecutivo, socavó más la alianza socialista, llevó al gobierno a ampliar el estado de excepción al tiempo que encendió la retórica crítica, marcial, xenófoba e islamófoba de la oposición conservadora y la extrema derecha enfrascadas en una disputa por la candidatura presidencial para las elecciones de 2017. Los 84 muertos que dejó el tunecino Mohamed Lahouaiej Bouhlel cuando atropelló con un camión alquilado a la multitud que participaba en los festejos del 14 de julio trastornaron el clima político, golpearon al gobierno y al presidente, François Hollande, pusieron a Francia ante el límite legal de las leyes antiterroristas que se pueden adoptar, reactivaron los peores espantapájaros de la extrema derecha y los oportunismos lamentables de los conservadores y, de paso, mostraron el fracaso de las opciones adoptadas por Occidente para combatir al Estado Islámico. Nadie sabe qué hacer con él ni cómo ponerlo fuera de juego. Por más que arrasen sus feudos en Siria e Irak, el Estado Islámico cuenta con un feudo planetario incrustado en el corazón de las sociedades liberales: soldados anónimos y domésticos que pueden matar con un camión, un hacha en un tren como en Berlín, con fusiles de asalto y quién sabe con lo que vendrá. Aunque el Estado Islámico reivindique esos atentados en nombre de su antagonismo con los “cruzados”, estos lobos-soldados no son practicantes, no profesan el islam ni van a las mezquitas. Todo lo contrario, sus vidas, casi siempre ligadas a la pequeña delincuencia, abrazaron todos los vicios que el IE combate.

El Gobierno optó por extender el estado de excepción, y esta vez, la cuarta, por un período de seis meses. El parlamento aprobará la medida con carácter de urgencia bajo la presión de la derecha y la extrema derecha que postulan soluciones tan demagógicas como excluyentes. Ambas corrientes sacan un oprobioso jugo político del atentado de Niza en una configuración de baja calaña que contrasta con la dignidad y la sabiduría con las que la sociedad ha reaccionado. El Ejecutivo de Manuel Valls cedió en parte a la presión del Partido de los Republicanos liderado por el ex presidente Nicolas Sarkozy y de la extrema derecha del Frente Nacional. El gobierno incluirá en las nuevas medidas la posibilidad de confiscar los dispositivos informáticos de los sospechosos y explotar los datos informáticos. Este principio había sido rechazado por su inconstitucionalidad, pero ahora fue reintroducido con algunos retoques. Marine Le Pen, la líder del Frente Nacional, salió con su arsenal racista a pedir que se expulsara a cualquier persona condenada en Francia que tenga la doble nacionalidad y a los islamistas. Para ella, “la guerra contra la plaga del fundamentalismo todavía no empezó y urge declararla”. Uno de los pretendientes a la candidatura presidencial de 2017, Nicolas Sarkozy, propuso una serie de medidas que ya existen o están a punto de entrar en vigor, además de sus acostumbradas intoxicaciones con falacias enormes. A su vez, al igual que Sarkozy, el otro pretendiente a la misma candidatura, el ex Primer Ministro y Canciller Alan Juppé, cruzó la línea roja cuando dijo que si todas las medidas necesarias se hubiesen tomado, “el drama (de Niza) no habría ocurrido”. Un disparate tan enorme como desplazado con el que demuestra que la unidad nacional a que dio lugar la serie de atentados de 2015 (enero y noviembre) voló en pedazos. Hoy, no debe haber país en Europa donde se haya ido tan lejos en la alteración de las libertades individuales mediante leyes que autorizan a la policía a hacer lo que le da la gana sin el más lejano control judicial. Casi todo es o será posible, incluida la opción de detener a una persona por consultar un portal islamista, lo que constituye una prueba más de la violencia cínica de los Estados. Los portales no surgen de la nada, están situados en servidores que se encuentran en los mismos países donde opera el islamismo radical. Es el caso en Francia con OVH, primera empresa europea de hosting, o, en los Estados Unidos, de CloudFlare e Internet Archive (archive.org). El ejemplo de CloudFlare es por demás extremo: esta empresa situada en San Francisco y creada en 2009 ofrece a los portales islamistas la posibilidad de pasar a través de sus servidores y, con ello, evitar los ataques masivos. Internet Archive es el principal hosting pasarela que utilizó Al Qaeda del que se sirve ahora el Estado Islámico para difundir sus videos y sus revistas: en inglés, Dabiq, y en francés, Dar Al-Islam. Yahoo!, Google y GoDaddy tampoco tienen las manos limpias. En abril de 2015, el movimiento de hackers Anonymous publicó la lista de 15.000 cuentas abiertas en Twitter cuyos usuarios estaban ligados al Estado Islámico. Al parecer, Anonymous lo advirtió antes que los mismos Estados que combaten el terrorismo. Google sabe antes que nadie lo que hacemos, consumimos y pensamos, pero los Estados no saben donde está la matriz de los portales islamistas y sus usuarios.

La derecha acusa al gobierno de no haber hecho lo que estaba a su alcance para detectar al soldadito del Estado Islámico e impedir el atentado de Niza. La realidad es que Mohamed Lahouaiej Bouhlel salió de la nada, un desequilibrado mental, o un terrorista bien oculto, o, más bien, un loco que se volvió terrorista de pronto, con la ayuda de la literatura y la propaganda mitológica de alta frecuencia del Estado Islámico. Apenas diez días antes del atentado que cometió el 14 de julio, el tunecino se dejó crecer la barba y empezó a contar en su entorno que esa barba “tenía un significado religioso”. Por esas fechas, también, le hizo ver a un par de amigos videos donde se decapitaban a personas. François Molins, el fiscal de París que investiga este caso, retrató a Bouhlel como “un terrorista de proximidad”, un ser sugestionado que guarda su meta en secreto. Es el nuevo perfil: el hombre en la multitud, uno más, próximo a todos, pero portador de un germen destructor que se activa sin orden centralizada. Mohamed Lahouaiej Bouhlel era un hombre de costumbres ordinarias, un delincuente de poca monta: borrachín, mujeriego, metido en refriegas, consumía drogas, no iba a la mezquita, no estaba ligado a ninguna manifestación del islam. Era, en suma, un tipo sin ideología, sin confesión, sin fe y sin moral. Por mucho menos que eso lo hubieran decapitado en el Califato instaurado en 2014 por el Estado Islámico. Pero en pocas semanas pasó a ser el asesino en masa del 14 de julio. Su acto no fue precipitado, sino perfectamente meditado y preparado. El cuatro de julio alquiló el camión, el trece se paseó con el vehículo por el trayecto donde al día siguiente cometería el atentado. El mismo 14, a eso de las dos de la tarde, caminó en cuatro oportunidades por el Paseo de los ingleses, teatro de su crimen posterior, donde también se sacó fotos. A las siete y cuarto se fue y luego regresó a las 22 45 para matar. La perversión absoluta: 30 horas después, el Estado Islámico reivindicó un atentado cometido por un individuo sin el más débil lazo con el corazón teológico del islam y, encima, pervertido por todas las malas costumbres de ese Occidente al cual el Estado Islámico llama “los cruzados”: mujeres, alcohol, drogas, delincuencia, hedonismo.

El perfil de Mohamed Lahouaiej Bouhlel se les deslizó por los dedos a los expertos, al igual que el perfil del Estado Islámico. Los ceñudos estrategas pensaron que con bombas lo eliminaban, lo mismo que Marine Le Pen, Nicolas Sarkozy y Donald Trump venden, por oportunismo electoralista, que con represión y expulsiones todo se arregla. Los glosadores profesionales, políticos, expertos, ideólogos y otros, pusieron en la vitrina una solución militar cuando las verdaderas bombas sin activar dormían y duermen en casa. Casi todos los implicados en los atentados de los últimos años comparten el mismo perfil que este tunecino anónimo: jóvenes, delincuentes comunes, sin relación con la práctica religiosa, marginados en barrios periféricos y trabajos periféricos, radicalizados de pronto durante alguna estadía en la cárcel o mediante relaciones asiduas con los llamados “imanes radicales”. No les falta literatura para nutrirse, incluido un manual que se ha convertido en la guía del perfecto yihadista: La gestión de la Barbarie (Idarat at-Tawahoush), escrito por Abu Bakr Naji, uno de los teóricos más celebres del yihadismo. Publicado en internet 2004 y, en 2007, en Francia por la editorial Éditions de Paris sin que ningún servicio secreto lo detectara, La Gestión de la Barbarie describe, a lo largo de 248 páginas, la estrategia requerida para someter a Occidente e instaurar un califato mundial: atentados contra turistas occidentales, asesinato de periodistas, secuestrar a los empleados de las compañías petroleras o perpetrar atentados de manera constante con el objetivo de acuñar un sentimiento de miedo. Todo esto ya lo hemos visto en la práctica. El libro figura entre las 56 obras más vendidas en Amazon dentro de la categoría “terrorismo”. Ese sentimiento de miedo e inseguridad se traduce en cuestionamiento del poder, por la transferencia de los votos a partidos o candidatos extremistas como el Frente Nacional o Donald Trump, desemboca en un enfrentamiento entre musulmanes y quienes no lo son y, por extensión, según la retórica del Estado Islámico, se plasma en la desaparición de lo que el EI llama “la línea gris” que separa al “creyente del infiel”. Mohamed Lahouaiej Bouhlel fue la perfecta encarnación de esa estrategia. Varios analistas de nivel internacional vienen advirtiendo que el Estado Islámico es mucho más que un grupo religioso radical. Se trata de une verdadera revolución cultural de nivel mundial. Daech, ISIS o el Estado Islámico, como quiera que lo llamen, es propietario de un territorio planetario y una narrativa que circula en las conciencias respaldada por la basta empresa de exclusión que prospera en el corazón de las sociedades occidentales y en el mundo árabe musulmán. Cabe citar en este contexto el imperdible trabajo publicado este 14 de julio por Paul Rogers, el gran experto británico en temas de seguridad, profesor de estudios sobre la paz en la Universidad de Bradford, consultor en el Oxford Research Group, consejero del ministerio británico de Interior, del de Relaciones Exteriores y Defensa, y del servicio secreto interior, el M15. Ese fatídico 14 de julio, Rogers publicó en las edicione IB - Tauris un informe titulado: “Irregular War: ISIS and the New Threats from the Margins” (El Estado Islámico, la guerra asimétrica y la amenaza de los márgenes). Allí, el profesor británico desarrolla la idea según la cual los atentados de los últimos 15 años perpetrados en nombre del islamismo radical no son sino la expresión de un malestar mucho más grande que puede incendiar al mundo. Paul Rogers escribe: “el verdadero problema no será un supuesto choque entre las civilizaciones sino el riesgo cada vez más rápido de una revuelta de los marginados”. Para Rogers, el Estado Islámico no es un movimiento que profesa una corriente del pasado sino un “proto movimiento de cara a las guerras que se volverán dominantes en un mundo cada vez más dividido”. La conclusión de Paul Rogers no hace sino apuntar hacia la inoperancia de los Estados, sus aventuras coloniales y sus posteriores castigos militares y a un sistema mundial donde la desigualdad “engendra una marginalización de masa, resentimiento y amargura”. El autor señala que Occidente se equivoca de guerra y, cuando la lleva a cabo, “la pierde” porque los verdaderos resortes de la guerra, es decir, la desigualdad, no se asumen y acaban por crear “un cóctel explosivo” que puede llamarse Al Qaeda, los talibanes, Boko Haram, Al Shabab, el Estado Islámico o los futuros ciudadanos radicalizados de Estados Unidos que maten a policías blancos en respuesta a los crímenes raciales que estos cometen diariamente.

En el medio están las opiniones públicas del mundo, manipuladas por las vociferaciones de los Sarkozy, los Le Pen o los Trump. Hasta una sociedad rebelde y irrevocablemente democrática como la francesa se transforma ante la barbarie. Francia pasó de la pena a la rabia, de la unión nacional a la división, de la retórica de la tolerancia a aceptar que, ante aquellos individuos (los terroristas) que juegan con otras reglas, se altere la esencia misma de la libertad y el derecho que rige las democracias liberales.

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