Finalizaron ayer los carnavales

La lluvia había obligado a los organizadores a suspender la fiesta del domingo y en los barrios la ansiedad de salir al ruedo debía postergarse.
Pero el lunes, sobre el escenario ubicado en la Avenida Spinetto había un locutor engolado: "Señoraaaaaas y Señoreeeees...", dijo con un brazo en alto. Eran las 22 y al fondo del predio se escuchaban las primeras comparsas. "Fe-líz car-na-val", continuó el animador. Después anunció las atracciones de la noche: cinco comparsas locales, dos murgas del interior, una banda de cumbia, y la elección de la reina del carnaval.

Antes de comenzar la chicas se delineaban los ojos, se acomodaban sus ropas, se cercioraban de que cada cosa estuviera en su lugar. Los muchachos ensayaban los primeros toques de tambor y se enfilaban detrás de una camioneta que llevaba una paloma gigante. El ave blanca había sido fabricada la noche anterior con alambres y nylon y se movía mecánicamente. Adentro había un muchacho acurrucado, sofocado por la humedad, accionando una palanca que provocaba el aleteo. "Es la paloma de la paz. Aguante el carnaval", dijo el chico, mientras la Ford aceleraba por el corsódromo.

El improvisado predio que armó la municipalidad estaba cercado con mediasombra y ocupaba dos cuadras de la Avenida, entre la Rural y la cancha del club All Boys. La entrada costaba 20 pesos, el pancho 10, la espuma loca 15. Cerca de las 23, los primeros compases de la batucada hicieron mover a más de mil personas. Había corridas de niños tirando espuma, madres orgullosas sacando fotos y un olor a choripan que abría el apetito.

Walter Valdés, trabajador municipal, estaba muy contento con la noche. Hace 5 años que está al frente de los Corsos Provinciales Pampeanos, una entidad privada que se encarga fomentar esa festividad. El hombre dijo que el municipio y el Ministerio de Justicia colaboran todos los años para que se realice ese evento. En las dos puertas de acceso los cacheos de la policía eran inevitables.

La caravana mágica.

Los muchachos de Villa Parque encabezaron el corso. Vestían chambergos blancos y chalecos con lentejuelas. Los roles están bien definidos en ese barrio del sur: los hombres tocan y las mujeres bailan. Las chicas llevaban caderines dorados y plumas en la cabeza como coronas indias. Al frente de la comparsa "Mariposas de colores" hay nenas que parecen haber aprendido a bailar antes que a decir mamá.

Luego venía Zamba Timbao con sus faquires egipcios de capas violetas. Del Barrio Matadero llegaron a tocar como si fuera la última vez. El repiqueteo de las cajas hacía mover a Brisa, la "pasista" del grupo, la Reina del Matadero a la hora del baile. Ella es una mujercita de rasgos finísimos y cabello largo, una belleza angelada del ritmo callejero. Sus botas altas rebotaban sobre el asfalto y todas las miradas se posaban en su cuerpo menudo. Sin embargo mientras bailaba su mirada parecía no estar allí: quizás en Río, Gualeguaychú, Barranquilla...

Rouge es la diosa trans de la Naranja Mecánica. Su figura es imponente. Tiene una tanga diminuta como las que usan las vedettes en la calle Corrientes, unos tacos altísimos y toda la felicidad en los ojos. "Soy la pasista", dice mientras se embadurna con un aceite que le hace brillar todo su cuerpo. Después del óleo se espolvorea purpurinas. Su compinche es Gabriela otra diva lánguida, de rostro anguloso, capaz de torcer voluntades con baile sensual. Cuando la murga sale, ellas se mueven con gracia y seguridad. Rouge dice que desde hace un tiempo lleva en su documento el nombre que eligió: Rojo en francés.

Hace tres años que Hugo lleva el estandarte de Zamba Show, la comparsa del Barrio Zona Norte. Dice que estuvieron todo un año para llegar a ese momento. "Voy a salir con toda la fuerza y la humildad del mundo. Nosotros bailamos a full para darle lo mejor a la gente que vino a vernos. Queremos que se lleven la alegría a sus casas". La comparsa de Hugo fue premiada años anteriores. El carnaval pasado compartieron el primer galardón con el Matadero. "Para evitar problemas compartimos el premio", dijo Hugo.

La comparsa de Barrio Aeropuerto eligió lookearse como el conde drácula. Tienen trajes negros y amarillo flúor, con cuellos altos y afilados colmillos de plástico. Son los debutantes del corso, tienen apenas un año de trabajo, pero se animan a disputar el podio. En total son 40 personas de todas las edades. Rocío es la mandamás que marca el pulso de los bombos. Está embarazada de varios meses pero la panza no le impide moverse, tocar, y dirigir a la tropa de vampiros. Miguel Angel, su padre, un panadero de 51 años, también baila en la comparsa.

Ahora tiene puesto un traje rojo, es el arlequín, el bufón de Los Diamante. Tres de sus cinco hijas bailan a su lado.

Fin de fiesta.

Mientras el corso avanzaba sobre la Spinetto, en el escenario se disputaba otra vez, un ritual arcaico y ridículo, típico de fiestas populares: un certamen de belleza. Como siempre las adolescentes desfilaban con el miedo de sentirse observadas, con sonrisas ensayadas y saludos torpes. Entre todas las postulantes estaba la reina del carnaval y sin embargo no había mucha gente que les prestara atención. Lo importante era el ritmo, el baile y el color de las comparsas.

Cuando las comparsas detuvieron su marcha, una banda de cumbia subió al escenario y tocó temas clásicos de la pachanga nacional. Hubo baile y cerca de la 1 de la mañana familias enteras juntaron los trajes y los bombos para regresar a los Barrios. Había que descansar y guardar fuerzas para el día siguiente. En la madrugada de hoy se conocieron los ganadores.

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