Festejos y decepción en un país movilizado en la calle

Festejos y decepción en un país movilizado en la calle

Nadie permaneció indiferente ante una jornada que ya entró en la historia

Por Alberto Armendáriz

BRASILIA (De nuestro corresponsal).- Parecía un domingo cualquiera, con las calles semidesiertas a primera hora de la mañana. Pero poco a poco empezaron a sentirse bocinazos y gritos de alegría o de guerra, como si en algún lugar recóndito se estuviera disputando un importante partido de fútbol. Al mediodía, decenas de miles de personas empezaron a brotar por todos los rincones. Vestidos de rojo, en apoyo de la jaqueada presidenta Dilma Rousseff, o de verde y amarillo, en respaldo del proceso de impeachment a la mandataria.

Con los ánimos caldeados y el sol intenso que brilló en la mayor parte del país, para evitar enfrentamientos entre los dos bandos, las autoridades organizaron de forma separada las manifestaciones. En Brasilia, la extensa Explanada de los Ministerios, que desemboca en el Congreso, había sido dividida por primera vez en dos secciones por un muro de metal: del lado sur irían los simpatizantes del impeachment; del lado norte, los defensores de Dilma. En San Pablo, los "coxinhas" (croquetas de pollo, nombre con el que se apoda despectivamente a los conservadores) se congregaron en la avenida Paulista; los "mortadelas" (mote desdeñoso que se utiliza para los seguidores del oficialista Partido de los Trabajadores en referencia a los supuestos sándwiches que reciben por su participación en marchas), en el céntrico Vale do Anhangabaú. En Río de Janeiro, la avenida Atlántica reunió a los manifestantes pro impeachment en el sector hacia Arpoador, y a los antijuicio político, en la parte hacia Leme, con barreras en la playa para que no se cruzaran.

Con la mayoría de los negocios y shoppings cerrados por esta histórica jornada de definición, quienes sacaron provecho de las movilizaciones fueron los vendedores ambulantes, que ofrecían agua, galletitas, sándwiches y todo tipo de parafernalia dirigida a cada bando. Banderas brasileñas y vinchas rojas; remeras de la selección de fútbol o con la imagen del Che Guevara, con leyendas como "¡Fuera Dilma!" o "¡Fuera Cunha!", "¡No habrá golpe!" o "¡Impeachment ya!; muñecos inflables de Rousseff y Lula vestidos de presidiarios; otros de Michel Temer y Eduardo Cunha disfrazados de diablos, y hasta algunos del juez Sergio Moro caracterizado como un superhéroe.

"La clave está en no equivocarse en las cajas", comentó a LA NACION el comerciante Paulo Esteves, 54, que mostró a este diario cómo en su camioneta llevaba productos para ambos manifestantes mientras su esposa, Maia, 55, sacaba la mercancía que cada uno vendería a uno y otro lado del "muro de la vergüenza".

A pocas cuadras de allí, la ama de casa Ivone Stang, 49, envuelta en una bandera de Brasil, dijo que la recesión está desesperando a muchos brasileños y que, más allá de los "crímenes de responsabilidad" de los que Dilma es acusada, existen una profunda frustración por el estado calamitoso de la economía e indignación por la corrupción en el oficialismo.

A su lado, el camionero Bira Nobre, 38, no se mostró esperanzado en que un eventual gobierno de Temer sea mejor, pero confía en que si hay movilización en las calles, los políticos se cuidarán más de robar. "Después de estas demostraciones de fuerza popular, quienes decidimos somos nosotros."

Bajo uno de los pocos árboles que ofrecían sombra, el empleado bancario Carlos Matos, 30, señaló que no era petista, que no habían votado por Dilma, pero que no podía concebir que se le quitara a la presidenta el mandato ganado en las urnas. Y sobre todo por una "conspiración golpista" liderada por Temer y Cunha, el presidente de la Cámara baja.

"Mucha gente se siente asfixiada por la recesión, pero para un ahogado hasta un yacaré parece un salvavidas. Con Temer y Cunha será todo peor. Podemos sacarnos de encima las moscas molestas, pero la mierda seguirá ahí", ilustró.

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