El proceso de concentración de tierras fue reduciendo la población del campo, que emigró a las ciudades, congregándose en sus periferias. El Nordeste y Corrientes no fueron la excepción.
Una activa política de vivienda social logró atenuar el fenómeno, aunque en los últimos años esa tendencia se detuvo. Las ciudades satélites que brotaron en Corrientes bajo la batuta del Instituto de Vivienda de Corrientes (Invico), frenaron su ritmo de crecimiento. Los recursos del Fondo Nacional de la Vivienda (Fonavi) empezaron a llegar más espaciados, a cuenta gotas, hasta que prácticamente dejaron de llegar.
El arquitecto Maidana estima en más de 100 millones de pesos la deuda de ese organismo con Corrientes.
La situación estructural del déficit de vivienda volvió a aflorar. Los estallidos a comienzos de este año en el parque Indoamericano y en Villa Soldati, en Buenos Aires, fueron el reflejo del redivivo fenómeno. Si la construcción de vivienda social no vuelve a reactivarse, podrían propagarse estallidos similares en otros núcleos urbanos del país. De hecho, en la vecina ciudad de Resistencia se registran cerca de 280 asentamientos, en los que el espectáculo de la pobreza se muestra con su rostro más descarnado.
En materia social, como se ve, las asignaturas pendientes siguen siendo altas.
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