El origen de los dos es muy distintos; en campaña, el apoyo familiar fue crucial
BOSTON (De un enviado especial).- Cuando el mes pasado Michelle Obama y Ann Romney llegaron al segundo debate entre sus esposos en la Universidad de Hofstra, en Nueva York, las dos con vestidos rosas, los analistas lo destacaron como la única excepción en la que habían coincidido en esta campaña. Pero comparten algo más, un rol central y muy valioso para sus maridos, que se disputan la Casa Blanca.
"Me busca entre el público y me encuentra. Sólo necesita esa conexión. Después de cada respuesta, me busca como preguntándome: «¿Está bien?»", reveló Ann, en una entrevista. Mientras, Obama puso de relieve el peso de Michelle: es la mujer firme que le ayuda a "no perder el Norte".
"Soy como un padre que mira a su hijo en la barra de equilibrio", dijo Michelle, en referencia a las presentaciones de su marido en los debates.
En una campaña muy intensa, para ambos candidatos sus familias fueron fuente de estabilización y factores indispensables para estrechar vínculos con el electorado. Pero no sólo sus esposas han hecho mella en ellos, sino también sus padres.
Antes de cada debate electoral, Romney escribe en un papel "papá". La referencia es para George Romney, nacido en México, en una colonia mormona, que dirigió una compañía automotriz, gobernó Michigan en los 60 y, como su hijo, aspiró a la presidencia de Estados Unidos.
"Ama y respeta a su padre. No quiere hacer nada que no haría que su padre estuviera orgulloso", contó Ann.
Para muchos, Mitt no está siguiendo esas lecciones. Moderado en muchos asuntos, en especial en los derechos de los afroamericanos, cuando era gobernador George expandió programas sociales y marchó por los derechos civiles que reivindicaba Martin Luther King. Y eso casi le cuesta la ruptura con el partido.
Una historia muy diferente a la del keniano Barack Obama, padre del primer presidente negro de Estados Unidos. En 1995, un año antes de que su elección al Senado de Illinois diera inicio a su carrera política, Obama publicó el libro Los sueños de mi padre, en el que evoca su historia, la de un joven que trata de encontrar su propio camino.
Su padre estudiaba economía en la universidad de Hawai cuando conoció a Stanley Ann Dunham, de 19 años, una norteamericana blanca de Kansas que se había asentado en las islas con su familia. En 1961, la pareja se casó y Dunham quedó embarazada para luego dar a luz a quien hoy es el presidente. Poco después se separaron. Él volvió a Kenia; ella marchó a Indonesia. Cuando Barack cumplió diez años, lo envió con sus abuelos a Honolulu, para que recibiera una educación norteamericana.
En 1988 Barack ingresó en la escuela de Derecho y colaboró con diferentes estudios de abogados, en uno de ellos, conoció a Michelle. La pareja se casó en 1991 y, siete años después, llegó Malia Ann; en 2001 nació Sasha.
Michelle Obama al principio tuvo un comienzo discreto en la Casa Blanca. Luego se entusiasmó en darle un rol diferente al papel de primera dama. Hoy pasó a convertirse en uno de los mayores activos de su marido, a quien supera en popularidad.
Protagonista de las redes sociales, su imagen ya es común en las tapas de revistas femeninas y políticas, que destacan su poder de conexión con la gente. Algo parecido buscaron los asesores de Romney en su esposa, Ann: que con su imagen humanice a un candidato que, por su condición de millonario, es señalado como distante de la realidad que viven las clases media y baja norteamericana.
Ann tenía algo de experiencia: fue primera dama en Massachusetts, en donde su marido fue gobernador entre 2003 y 2007. De 63 años, criada en una familia rica de Michigan, logró llegar al electorado con anécdotas de la familia que formó junto a quien es su esposo desde hace 43 años.
Sus críticos dicen que tampoco comprende la situación de millones de norteamericanos, pero ella se defiende: "Yo elegí quedarme en casa y criar a mis cinco hijos. Créanme, fue un trabajo", tuiteó..


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