Por: Fernando GonzalezConviene decirlo ahora que todavía faltan algo menos de nueve meses para las elecciones presidenciales. Los protagonistas de la disputa electoral deberán ajustar la intensidad de sus discursos de campaña dentro de un marco de racionalidad, algo que lamentablemente se está perdiendo sin remedio.
Una buena muestra del sinsentido se produjo este fin de semana. La polémica entre el canciller, Héctor Timerman, y el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, por la denuncia del funcionario kirchnerista acerca del entrenamiento de policías metropolitanos en una escuela estadounidense en El Salvador (a la que, según adelantó El Cronista, también concurrieron policías federales y bonaerenses) derivó en una discusión vía twitter que incluyó a otros dirigentes (entre ellos, el publicista y ex candidato Gabriel Dreyfus) en la que abundaron los insultos y terminó con referencias patéticas a familiares enfermos y hasta fallecidos.
Una cosa es defender proyectos políticos e ideas, aún con la intensidad propia de una campaña electoral. Y otra es recurrir a las herramientas más bajas del lenguaje y de los sentimientos para tratar de imponerse al adversario. Desde Herminio Iglesias a la fecha, la sociedad ha terminado castigando todos estos excesos cada vez que tuvo que depositar su voto en las urnas.


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