Eugenio Guasta: un sacerdote comprometido con la fe y con la cultura

Eugenio Guasta: un sacerdote comprometido con la fe y con la cultura
Ha muerto monseñor Eugenio Guasta. Era (y el orden es arbitrario) un intelectual amigo de todos, un hombre de la cultura universal, un argentino cabal y un sacerdote católico de profundos sentimientos, con una inusual comprensión de las grandezas y debilidades del alma.
Desaparece con él uno de los últimos representantes del grupo que floreció y se desarrolló alrededor de Sur y de Victoria Ocampo, de quien fue amigo y confidente. Su actividad entre artistas e intelectuales sirvió como puente a través del cual se cruzaban y enriquecían la fe religiosa y las ideas más avanzadas de la cultura actual.

Había nacido en Buenos Aires el 3 de agosto de 1927, hijo único de padre italiano ("piamontés" corregiría con picardía) y madre española. Como porteño orgulloso de serlo, conocía sus rincones más ignotos, pero sobre todo Flores, donde se crió. Estudió en la vieja Facultad de Filosofía y Letras, y desde joven desarrolló sus primeros contactos con Sur y las revistas Criterio (que dirigía su amigo el hoy cardenal Jorge Mejía) y Señales, y contribuyó con muchos artículos para LA NACION.

Entre 1960 y 1961 estudió literatura italiana en la Universidad de Roma, con Giacomo Debenedetti. En esa ciudad, a la que amaba entrañablemente y donde tenía muchos amigos, vivió entre 1969 y 1977.

Empujado por una vocación sacerdotal tardía pero madura, estudió en la Universidad Gregoriana y el Pontificio Instituto Bíblico. Se ordenó sacerdote en Roma, en marzo de 1975. Haber vivido y trabajado entre intelectuales de toda laya e ideología antes de su consagración sacerdotal le daba una visión amplia del mundo de las ideas y una comprensión generosa de los dilemas del intelecto y de la fe.

Tenía como modelo al beato francés Charles de Foucauld, que, tras ser militar y explorador en África, fue sacerdote. Guasta compartía con él una trayectoria similar: de intelectual "explorador de ideas" culminaría como arquetipo del sacerdote inserto en las culturas. Además, estaba impregnado de la sana laicidad nacida del Concilio Vaticano II. Consultado sobre supuestos milagros e intervenciones divinas, a veces más cerca del fetichismo que de la fe, recordaba que con el milagro cotidiano de la Eucaristía nada más era necesario.

Fue designado Prelado de Honor de Su Santidad en 1992, párroco de Nuestra Señora de la Merced (1992- 2012) y consultor de la Comisión Episcopal de Fe y Cultura (2002-2005). Integró la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos, fue director de la Comisión Arquidiocesana para la Cultura y consultor del Consejo Pontificio de Cultura.

Por años fue el principal propulsor de la Fundación Sur, creada en 1963. En 2008 recibió el Premio Trasandino, que dan los clubes rotarios de Buenos Aires y Santiago de Chile. Al recibirlo, en esta última ciudad, describió las vacaciones de su niñez en el país vecino con ternura y poesía. Esa infancia entre abuelos, tíos, primos y otros parientes marcaría su futuro: siempre buscó establecer lazos de afecto profundo con quienes se le acercaban. En 2011 recibió el Premio Gratia Artis, que la Academia Nacional de Bellas Artes otorga a quienes consagran su vida a la difusión y apoyo del arte. Al hacerlo, recordó su experiencia de intelectual comprometido con la fe y de hombre religioso abierto al mundo de las ideas.

Como párroco de la Merced, tuvo a su cargo la misa del mediodía durante la semana, a la que asistían funcionarios, ejecutivos y empleados de empresas y organismos públicos y privados. Su palabra era esperada con interés. Al almuerzo, rodeaba su mesa con amigos, conocidos y visitantes distinguidos para reeditar los salones porteños donde se debatían ideas y proyectos, en un ambiente de libertad y respeto.

Fue amigo leal y consejero agudo de intelectuales y artistas; dotado de una fantástica memoria, tenía un largo repertorio de anécdotas y encuentros con personajes variados, que solía contar entre carcajadas y guiños de complicidad amistosa.

Sabía decir cosas que llegaban al alma sin demasiados circunloquios. Tenía una extraordinaria intuición para leer en el alma de sus interlocutores y dar con el consejo justo. Daba un gran valor a las vivencias más sencillas, como compartir un té con algún amigo en la inmensidad de su biblioteca.

Tradujo a escritores franceses e italianos; publicó un ensayo biográfico sobre Carmen Gándara y dos volúmenes de sus diarios de viaje ( Papeles sobre ciudades y Cuaderno de Tarsis ). En 2012 publicó su Correspondencia 1960-1976 con María Rosa Oliver, en la que ambos describen y analizan con dolor una Argentina desangrada, y en la que Guasta narró con humanidad la génesis de su vocación sacerdotal.

Al morir preparaba otro volumen de sus diarios, que llevó meticulosamente desde los 40. Será extrañado por la multitud de amigos y conocidos que deja, tras una vida plena, una obra sólida, un testimonio de incalculable valor. Cuando se retiró, el hoy papa Francisco le agradeció "haber estado siempre donde se le pidió que estuviera". Sigue estándolo, en el corazón de quienes lo conocieron..

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