BBVA y Telefónica cerraron 2012 con desinversiones en tierras americanas. Las expropiaciones desalientan las apuestas
BBVA y Telefónica cerraron 2012 con sendas desinversiones en las últimas semanas. Mientras la entidad bancaria vendía sus negocios de fondos de pensiones de México y Colombia, por 1.300 y 407 millones de euros respectivamente; la compañía que preside César Alierta cedía a la estadounidense SBA, por 133 millones, 800 torres de telefonía móvil en Brasil.
A estas operaciones, precedidas en ambos casos por transacciones similares o mayores en América, se sumaron en esas semanas importantes anuncios de venta en Europa por parte de Iberdrola (32 parques eólicos en Francia por 400 millones), el Santander (cesión parcial de su negocio de seguros a la holandesa Aegon, con plusvalía de 410 millones) y Repsol (activos de gas natural licuado que pasarían a GDF Suez por miles de millones).
Estas ventas de última hora culminaron un año pródigo en informaciones sobre movimientos de este tipo. Unos vinieron impulsados por necesidades de liquidez, otros por el imperativo de compensar la relación entre activos y deuda, y algunos por lo que podría denominarse el efecto YPF, es decir, por el justificado temor a seguir el camino de salida que la presidente Cristina Fernández impuso a Repsol en Argentina en abril, o el que su colega Evo Morales trazó poco después para Red Eléctrica Española y hace unos días para Iberdrola en sus filiales bolivianas: un miedo que otros precedentes de distinto calado, acompañados de constantes amenazas de expropiación y aderezados con distintas formas de corralito a los beneficios, se ha extendido por países como Ecuador, Venezuela o Cuba.
Tanto Argentina como el eje del petrosocialismo del siglo XXI promovido por Hugo Chávez mantiene a los inversores españoles en situación de alerta. El profesor de Finanzas Juan Ignacio Sanz dice haberlo comprobado en una reciente visita a Ecuador. "La sensación de inseguridad es palpable en la zona", afirma.
No sólo por el miedo a la expropiación sino por los "altos niveles de corrupción, por el proteccionismo y por las restricciones a la hora de repatriar ganancias o liquidar inversiones". El resultado es que, en esas circunstancias y en plena crisis interna, "los riesgos se ven lo bastante amplificados como para que, antes de acudir o extender negocios allí, la mayoría de los empresarios le dan más de una vuelta".



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