Los enmascarados

La Dirección de Tránsito municipal parece un claustro de silencio. Las denuncias nuevas se enlazan con otras preexistentes e ignoradas. Dijo un fiscal que los agentes coimean escondidos detrás del casco con visor polarizado. Así es fácil.
Medio padrón de contribuyentes se pregunta cuáles serán las acciones de Claudia Rodríguez al frente de la Dirección de Tránsito. De su testimonio a la prensa no puede deducirse que tenga un plan, ni siquiera algo parecido a un proyecto de gestión. Menos aun parece que tenga pensado pedir asesoramiento idóneo. Ni siquiera que sea capaz de sacar un manual de la biblioteca para aprender algo del tema. Hasta ahora se limitó a decir -con otras palabras- que para dirigir Tránsito no hay que ser un cráneo.

Hasta allí se le da la derecha: no hace falta serlo. Pero sí sería oportuno instalarse en el nuevo despacho funcionando como una pieza de cambio, que se haga cargo de las infinitas líneas de denuncia que se han acumulado y silenciado durante años, aunque pueda probarse -a través de documentación pertinente- que al intendente Gustavo Pulti le constan.

Hace falta sí, ponerse por fin al frente de un sector que parece hervir en redes de corrupción de diversas clases. Hace falta también cortar por lo sano para terminar con la coima, la extorsión y demás modos de la ilegalidad que están a esta altura naturalizados: son parte del funcionamiento de la oficina del Estado, y son tomadas por los ciudadanos como una pieza incorregible del sistema.

En el número anterior, este semanario ofreció pruebas respecto de la manera en que ciertos agentes de Tránsito hacían constar el doble de horas de servicio de las que realmente cumplían, y de que esa maniobra ha sido denunciada ante los funcionarios pertinentes sin que para ellos parezca un problema. Nadie se inmutó por saber que se facturaban mensualmente más de $6.000 en horas extra falsas por cada uno de los doce agentes afectados a la zona sur.

Tampoco sucedió nada cuando se dio a conocer el faltante de motos secuestradas por la municipalidad del predio de depósito de Santa Paula, cuando era evidente que, por los escasos recaudos que se tomaban, podían faltar cada día no uno, sino la totalidad de los vehículos que allí se arrumbaban. Los portones ni siquiera tienen cerraduras, y se impide el paso colocando un auto fuera de circulación a manera de barrera de hierro. Parece una broma. ¿Por qué razón la Dirección de Tránsito no tiene personal afectado al control permanente de ese sector? Los cuidadores de la finca más cercana llaman al encargado si ven movimientos extraños. Nada más.

Pero no es nuevo: ya en 2009 les habían robado cortando los alambres de enfardar, que eran el único cerramiento del predio de depósito de Avenida Luro y Jujuy en su salida por 25 de Mayo. Nadie supo nada.

Porque yo lo digo

La cuestión es que hablar de la Dirección de Tránsito es abrir una canilla para que las quejas caigan a chorros, y cada conductor tenga algo que contar. La cola para solicitar la VTV en la planta de Batán tiene esta semana unos 800 metros cuando son apenas las 8 de la mañana, y genera un escenario propicio para realizar un pequeño trabajo de campo: los conductores exponen experiencias de todo tipo acerca de la manera en que se conducen los inspectores de Tránsito, que sigue siendo -a pesar de los pedidos, denuncias e intervenciones- un ejemplo de alevosía. Un hombre de unos 60 años, prolijo y meticuloso, rompió el silencio de la madrugada y contó el modo en que se hizo merecedor de su única multa. Los agentes lo habían hecho detener en la intersección de dos avenidas y le indicaron que se detuviera en una estación de servicio para controlar su documentación.

Tras seguir las instrucciones, el hombre se desabrochó el cinturón de seguridad para alcanzar la guantera, y entregar todo el material solicitado. El inspector lo sancionó por la falta de cinturón. El vehículo estaba estacionado y obviamente detenido, pero a nadie le importó. Tuvo que pagar igual porque se le indicó que, palabra contra palabra, valía más la del motorista uniformado.

Las denuncias contra la Dirección de Tránsito son numerosas y datan de tiempo inmemorial. No es que los conductores lo oculten: lo dicen y lo repiten, pero es como enfrentarse a una sombra.

Harto de acumular papeles, el fiscal Eduardo Amavet, del Tribunal Nº 9 de Delitos Económicos, se dirigió al intendente Pulti a través de un oficio fechado el 4 de mayo de 2009. Le decía entonces que la fiscalía tenía ya 21 denuncias de conductores por extorsión, que señalaban directamente a inspectores de Tránsito. Agregaba que, sin embargo, la investigación se había entorpecido, porque estos agentes solamente realizaban maniobras ilegales cuando estaban a punto de infraccionar a una persona que se encontrara sola dentro de su vehículo. En caso contrario, hacían descender del coche a los restantes pasajeros para que no pudieran atestiguar sobre un posible cohecho.

Amavet presentó la denuncia de un conductor de moto que fue interceptado por Tránsito en el cruce de la avenida Juan B. Justo y la calle España, cuando no portaba el comprobante de pago de su seguro. En la oportunidad, según asegura el denunciante, los dos agentes le solicitaron la entrega del MP3 que portaba a la vista, a cambio de no multarlo. No obstante, el denunciante no pudo respaldar su denuncia, porque los municipales no se quitaron en ningún caso el casco reglamentario, que tiene además un visor polarizado que impide la identificación del rostro.

A pesar de todo, el conductor retuvo y anotó la numeración de la moto, pero ese dato no fue prueba suficiente para asegurar que los agentes identificados como Mariano Rubio y Fabián Ávalos fueran quienes, resguardados por sus cascos, habían coimeado al joven de una manera pueril.

El fiscal no pudo lograr una identificación fehaciente, y por eso indicó en su oficio que es imprescindible que los agentes de Tránsito actúen siempre a cara descubierta -sin gorros, ni casco ni lentes- y que además exhiban su credencial con nombre y numeración precisa. Cayó en saco roto.

Dame cien

Tampoco esto es nuevo. Ya en abril de 2009, el secretario de Gobierno Ariel Ciano había recibido comunicaciones acerca del escándalo causado en el barrio de Avenida Luro e Italia por la manera de coimear “a la vista de los vecinos” que tenían los agentes de Tránsito allí apostados en motos.

Lo peor fue que la denuncia había sido elevada por el entonces director de Tránsito, e incluía además nombres y teléfonos de testigos presenciales de las maniobras. Se hace constar que estaban en la zona los agentes Carlos Granero, Claudio Riera y Ricardo Zuleta, pero nada más.

Ni Ciano ni el mismo Intendente han tenido un gesto que mostrara una voluntad de terminar con el asedio de la coima sobre la población al volante. ¿Por qué será? ¿Qué es lo que se paga con el favor de mantener los ojos cerrados? ¿A dónde va a parar la enorme recaudación? ¿Los funcionarios de más alto rango permiten que los agentes rasos cobren de más, fabriquen horas extra e inventen permanentes actos de cohecho? ¿Quieren que se hagan ricos? A nadie engañan. No hay una voluntad política de cortar la cadena de recaudaciones de esta especie de mercado negro que parece mantener en pie algunas estructuras “de favor”.

Para que todo siga igual tiene que estar al frente del área un funcionario que garantice que nada cambiará, y lo han encontrado haciendo equilibrio sobre un par de rollers. La patinadora se sobreestima, parece no saber qué es lo que en verdad dirige, y declara que su manera de mejorar la relación con los empleados es “conversar mucho con ellos”. La frase parece aplicable a quien haya sido nombrada como profesora de Geografía de segundo año en una escuela secundaria. Y ni así, ya que de la docente también se esperarían algunas medidas más específicas: un programa y una planificación de trabajo.

Los motoristas, con sus trajes de cuero y sus cascos inviolables -que esconden las caras como en un baile de máscaras- dicen para sus adentros: “conversemos nomás”.

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