WASHINGTON.- El gobierno de Barack Obama no parece creer en Hosni Mubarak cuando dice que "le gustaría, pero no puede" renunciar. Y, lejos de amedrentarse con la posibilidad de que su partida "genere un caos", como él mismo dice, le reclama que "inmediatamente" inicie negociaciones con la oposición para llegar a una "transición ordenada" hacia la democracia real.
"Urjo al gobierno y a una representación amplia y creíble de la oposición, de la sociedad civil y de facciones políticas a comenzar inmediatamente negociaciones serias sobre una transición pacífica y ordenada", señaló la secretaria de Estado, Hillary Clinton, que ha sido pieza clave en el discurso de la Casa Blanca al respecto.
Las negociaciones rondarían, según se supo anoche, en torno de un plan para que Mubarak deje inmediatamente el gobierno.
Por su parte, los reclamos de inmediatez no se apoyan en amenaza alguna de retirar la millonaria ayuda militar que los Estados Unidos aportan a las fuerzas armadas egipcias; institución que, lejos del descrédito que suma el desgastado Mubarak, ha ganado expresiones de respeto en el gobierno de Obama.
"Por el momento, no hay decisión alguna de retirar esa ayuda", dijo el ayer vocero del Pentágono, Dave Lapan. El militar sí aceptó que esa decisión "podría revisarse", pero aclaró que nada de eso se ha decidido hasta el momento. Por el contrario, el vocero insistió en destacar "el profesionalismo y la capacidad de contención" con que el ejército egipcio se comporta en los más de diez días de disturbios.
Con excepciones minoritarias, la oposición republicana ha mostrado cauto silencio frente a la crisis. Tanto en el Capitolio como en las filas partidarias se observa un mayoritario silencio frente a la posición del gobierno.
Para unos, el silencio republicano no hace sino reflejar la gravedad de una situación que se deteriora aún más con cada día que pasa. Para otros, es síntoma de las "dificultades" de la principal oposición para diferenciarse en materia de política exterior, según The New York Times.
Desde el lunes pasado, la administración demócrata ha apelado al lenguaje para trazar una escalada en su toma de distancia de Mubarak. Con el correr de los días -y el agravamiento de una crisis que, para algunos, fue subestimada- habló primero de la necesidad de generar una "transición ordenada"; después pidió "cambio"; luego, que ese cambio "empiece ahora", y ayer, que comience "inmediatamente".
La contracara de esa exigencia -se admite en medios locales- es el temor a que se genere un vacío de poder en el país árabe que decante en mayores disturbios e inestabilidad. Obama tildó las protestas de "inspiradoras" y les prodigó respeto. Lo que no se sabe es hacia dónde se dirigen.
Más allá de los discursos en el sentido de que "son los egipcios" los que deben decidir "qué nombres quieren en sus boletas electorales", aquí muchos no terminan de ver claro quién es la oposición ni en qué condiciones está de asumir algo.
En forma paralela, la diplomacia se movió de modo sigiloso. Trascendió que, por iniciativa de Clinton, el gobierno de Obama envió a un delegado personal -el ex embajador Frank Wisner- para hacer llegar a Mubarak el mensaje de que el tiempo se había agotado. Hasta ayer, el diplomático seguía en El Cairo.
A eso se suman las deliberaciones que la representante de Washington en El Cairo, Margaret Scobey, mantuvo con uno de los líderes de la oposición al régimen egipcio, Mohammed el-Baradei.
Scobey reiteró al ex diplomático egipcio la posición pública de Estados Unidos frente a la crisis: Washington quiere una transición política, pero no dictará a Egipto la dirección que debe tomar, según una fuente. Baradei había criticado a Estados Unidos por su prudencia respecto de las manifestaciones contra un gobierno que sigue siendo uno de sus principales aliados y uno de los mayores receptores de su ayuda militar en Medio Oriente.


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