Elogio de la hipocresía

Mario Diament

La turbulencia que sacude al mundo árabe, cuya onda expansiva ha llegado hasta Teherán, ha tenido la virtud de exponer la madeja de intereses e inevitables hipocresías que rigen las relaciones internacionales.

Se trata de un juego de precipitado acomodamiento, donde las viejas lealtades se consumen al mismo ritmo en que se tejen las nuevas alianzas.

La célebre definición de Disraeli -“Los países no tienen amigos sino intereses comunes”- es la filosofía que predomina cuando se trata de ajustar la conveniencia a la nueva realidad.

El mayor problema en el efecto dominó que desató la rebelión popular en Túnez, es que los países contaminados por la marea revolucionaria son muy diferentes entre sí y atienden intereses muy variados. Egipto no es lo mismo que Libia ni Bahrein es igual al Yemen.

Las causas que provocan los alzamientos son similares - autocracia, represión, pobreza, desesperanza, desempleo -pero las relaciones que estos países mantienen con el resto del mundo no lo son-. De ahí que las tersas declaraciones que emanan de las diferentes cancillerías se valgan de la retórica más consumada para tratar de decir algo sin decir nada.

La administración Obama ha debido hacer un verdadero baile de hula-hula para confrontar el desafío que presentaba cada crisis y tratar de no repetir errores como los que la diplomacia norteamericana cometió durante la revolución iraní. Aún así, su cautela no fue siempre bien interpretada.

Estaba claro que apoyar a Mubarak durante la crisis egipcia implicaba dar la espalda a los reclamos populares, pero ¿cómo deshacerse de él sin alienar a otros poderosos aliados como Arabia Saudita, los que interpretarían el abandono del líder egipcio como un acto de traición?

Estaban, además, los riesgos de que Egipto se sumiera en el caos y que la situación fuera aprovechada por grupos islamistas como La Hermandad Musulmana. El New York Times reveló hace unos días las intensas negociación es que la Casa Blanca condujo para convencer a Mubarak de renunciar, pero públicamente, las declaraciones eran formales y buscaban dar la impresión de que la administración Obama retaceaba su apoyo a los manifestantes.

¿Qué hacer con Bahrein, un estrecho aliado de Washington, donde la monarquía sunni del rey Hamad bin Isa al-Khalifa se ve asediada por una mayoría de manifestantes shiitas, que de prevalecer podrían empujar a esta pequeña nación petrolera, cuyo crecimiento económico es el mayor del mundo árabe, a los brazos de Irán?

En Francia, Nicolás Sarkozy fue fuertemente criticado por su reticencia a condenar la violenta represión que desató el gobierno del depuesto presidente tunecino, Zine el-Abidine Ben Ali. Sarkozy se disculpó más tarde afirmando que su gobierno había subestimado la ira de la población y se apresuró a remover al embajador en Túnez. Pero sería injusto no entender su reticencia. El comercio entre Francia y Túnez supera los 7.000 millones de euros. De las 3.000 empresas extranjeras que operan en Túnez, 1.200 son francesas y apenas en el 2009, Francia concluyó un acuerdo de cooperación nuclear con Túnez por 80 millones de euros.

Como para lavar sus culpas, Sarkozy exigió el martes que la OTAN impusiera sanciones al gobierno de Muammar Gadafi, incluyendo la restricción a todos los vuelos (no-fly zone) para evitar que los aviones militares bombardeen a la población, pero el gobierno inglés del primer ministro David Cameron se opuso. Las razones no constituyen ningún misterio: el comercio bilateral entre el Reino Unido y Libia fue el año pasado de 2.5 billones de dólares.

Las complejidades que caracterizan las relaciones con los países que hoy enfrentan rebeliones populares, no son exclusivamente económicas. Las viejas lealtades establecidas en grupos como el de los Países No Alineados, también cuentan al momento de definir una posición. Esto explica que los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua hayan expresado su apoyo a Gadafi, tal vez temiendo que la correntada rebelde alcance sus costas.

¿Y qué decir de la declaración del gobierno argentino a propósitos de la crisis libia? La frase ‘la República Argentina hace votos para una pronta solución pacífica, dentro de un diálogo democrático constructivo y de absoluto respeto de los derechos humanos y de la voluntad del pueblo libio‘, no es otra cosa que una gambeta para evitar condenar las atrocidades del dictador libio.

Parafraseando a Pascal, podría decirse que la diplomacia tiene razones que la razón no conoce. Pero la verdadera moraleja es que quienes creen que pueden modificar la realidad con palabras, terminan tragándose la lengua.

Comentá la nota