América latina debería aprovechar este momento de fortaleza diplomática para iniciar un nuevo diálogo con Estados Unidos que apunte a renegociar los términos de la relación
Por caso, Ecuador, a pesar de su economía dolarizada y la dependencia de las exportaciones de petróleo a Estados Unidos, hoy está restringiendo el uso por parte del ejército norteamericano de su Base de Manta. Nicaragua fue el primer país en el hemisferio occidental en reconocer la independencia de Abjazia y Osetia del Sur tras la invasión rusa de Georgia el verano (boreal) pasado. Y el presidente Manuel Zelaya de Honduras reclamó la legalización del consumo de drogas como una medida para poner fin a la violencia relacionada con su producción y comercialización.
Hasta los amigos de larga data se dedicaron a fisgonear al Tío Sam. El presidente Fernando Lugo de Paraguay nombró a Alejandro Hamed Franco como ministro de Relaciones Exteriores.
Toda América latina y el Caribe están reclamando el fin del embargo norteamericano a Cuba y son entusiastas respecto del regreso de ese país a la Organización de Estados Americanos.
Un motivo específico de resentimiento hoy en día es la decisión unilateral de Estados Unidos de reactivar la Quinta Flota de la Marina norteamericana, dedicada a América latina, que había sido desafectada en 1950. Las autoridades civiles en América latina nunca recibieron una explicación apropiada de esta decisión, hoy ampliamente percibida como un acto de agresión. No sorprende que sólo haya servido para generar miedo y un creciente antinorteamericanismo, acelerando una propuesta brasileña de crear una Junta de Defensa sudamericana sin participación estadounidense.
Dada esta creciente hostilidad regional, y en vista de la agitación causada por una crisis financiera que nació en Estados Unidos, los gobiernos de toda la región están ansiosos por buscar nuevos socios y mercados como alternativas para Estados Unidos. La paradoja es que un Estados Unidos en crisis hoy necesita a América latina más que nunca.
América latina debería aprovechar este momento de fortaleza diplomática para iniciar un nuevo diálogo con Estados Unidos que apunte a renegociar los términos de la relación. El primer paso debe ser el reconocimiento de que la Doctrina Monroe está muerta y no puede revivirse. Aceptar esto será la señal más alentadora que la nueva administración del presidente Barack Obama le puede dar a la región.


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