Las definiciones que trajo Coqui en el Tango 03 suponen el final de la ilusión para quienes pretendían la continuación de la alternancia en el poder de los apellidos; claro síntoma del fin de las hegemonías familiares.
Las definiciones de fondo que pronunció Jorge Capitanich durante la última cumbre del peronismo chaqueño marca el fin de una ilusión para los más románticos del partido gobernante, aquellos que añoran la perdurabilidad de figuras paternalistas por los siglos de los siglos, aún cuando las normas constitucionales promueven la alternancia en el poder. Es un claro síntoma del fin de las hegemonías familiares que en otros tiempos sirvieron para extender la injerencia de un líder en el tiempo a través de los portadores de apellidos, que al parecer en este turno electoral no tendrán cabida.
Lo dijo claramente el jefe de Gabinete de la Nación y presidente del PJ provincial, Jorge Capitanich, cuando enumeró las condiciones que a su juicio debería reunir un candidato a gobernador por el justicialismo: lealtad, compromiso, base territorial y experiencia en la gestión pública. De una forma sutil, Coqui delineó el perfil del sucesor que anhela ubicar en el sillón de Felipe Gallardo para garantizar no solamente la continuidad política del peronismo en el poder, sino la perdurabilidad de un estilo que no se basa el trasvasamiento del poder cual título nobiliario, sino en el derecho de piso que paga quien asciende a los primeros planos partidarias con una combinación de militancia, talento y carisma.
Evidentemente Capitanich tiene claro que ni su hermano Daniel podría garantizar la ilusión de un período más para el apellido montenegrino en el Ejecutivo. El recurso del nepotismo perdió efectividad con la hiperconectividad que ahora inunda de información el éter a través de los medios tradicionales, pero también mediante las redes sociales, bien consideradas como el quinto poder de una opinión pública que de un tiempo a esta parte es capaz de pulverizar las chances política de un candidato a través de una simple cadena de Whatsapp o de un post de Facebook.
Quedó demostrado recientemente con las cadenas de mensajes sobre lo que se vislumbraba como un levantamiento policial contra la administración que hoy encabeza Juan Carlos Bacileff Ivanoff, otro referente del PJ que podría aspirar a la continuidad de su linaje por medio de la hipotética postulación de su hijo, el presidente de la Cámara de Diputados, Darío Bacileff Ivanoff, a quien comprenden las expresiones de Capitanich respecto de las cualidades que debería aquilatar el sucesor ideal.
Aunque el joven Bacileff ha hecho esfuerzos por diferenciarse de su padre incluso a través de una desmentida que desautorizó conceptos del gobernador interino respecto de un hipotético respaldo presidencial a su postulación, en la intimidad de la cúpula justicialista es visto como un dirigente al que le falta foguearse en una interna para ganarse el respeto de una militancia que suele ser reacia a aceptar líderes que «heredan» atributos del poder por consanguinidad.
En política alguna vez fue rentable colocar en ciertos espacios de preponderancia a un familiar con nombre similar al del gobernante que deja el cargo imposibilitado para una reelección, pero podría decirse que ese recurso perdió fuerza a menos que el sucesor represente algo más que el vínculo parental. Es el caso de la posta que en 2007 cedió nada menos que el presidente Néstor Kirchner a su esposa, la entonces senadora Cristina Fernández, en el marco de una alternancia estratégica que le hubiera permitido al Frente para la Victoria varios mandatos consecutivos de no haber sido por el fallecimiento del exmandatario.
Cristina era la esposa del presidente saliente, pero además era un cuadro político de fuste con territorialidad propia (la provincia de Buenos Aires) y una legisladora con formación intelectual respetada por propios y extraños a lo largo de al menos tres lustros de pertenecer a los cuerpos parlamentarios de la Nación.
Es un fenómeno que no ocurre en el Chaco dada la escasa penetración de los portadores de apellidos y la realidad de un electorado que ya no compra espejitos de colores. Capitanich asume esa realidad y desde allí plantea la necesidad de promover a un candidato con peso propio en vez de al hijo de, al hermano de o la esposa de. Se trata de las primeras señales del apocalipsis de las dinastías políticas, lo que no es otra cosa que un signo de maduración cívica de la sociedad chaqueña.



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