En el último año, unos 70 compatriotas fueron arrestados por intentar cruzar la frontera a EE.UU.
Más de 1200 efectivos para controlar la enorme franja de casi 4000 kilómetros que separa dos mundos. De este lado, Estados Unidos, la patria del sueño americano. Del otro, el desierto mexicano de Sonora, la trampa que impone días de abrasadora caminata para quienes se empeñan en llegar sin permiso.
Tal el circuito en el que se juegan la vida miles de latinoamericanos; en su inmensa mayoría, de México. Un poco menos, de Honduras, Guatemala, El Salvador y Brasil. Y también, aunque el fenómeno es minoritario, es la opción de decenas de argentinos para quienes el impulso de entrar en los Estados Unidos no tiene más que esta espantosa manera.
"Yo lo hice y no lo volvería a hacer", confiesa a LA NACION quien sólo se identifica como Carlos Eduardo, un marplatense de 27 años que empezó a pergeñar su travesía hace más de siete meses. "Fue cuando la embajada de los Estados Unidos me negó la visa para entrar", dice.
A partir de entonces, cobró forma el plan que, hace poco más de una semana, cuando cruzó la frontera, lo convirtió en un "espalda mojada", un inmigrante ilegal de los que persigue el sheriff Joe Arpaio.
La imagen le pesa en la voz, como quien no se acostumbra a su nuevo estatus de ser una persona en las sombras. "Pensé que me importaría menos", confiesa.
"Los argentinos son una presencia francamente minoritaria [entre quienes intentan cruzar la frontera ilegalmente desde México]", dice a el vicecónsul Juan Carlos Garaguso, de la representación consular de Los Angeles, a la que, por jurisdicción, corresponde Arizona. Quienes eligen esa opción, "se arriesgan a cualquier cosa", dice el diplomático.
La peor de las opciones, la muerte. En medio, sufrir el asedio de pistoleros armados que asaltan a quienes saben que viajan con dinero escondido en alguna parte del cuerpo. Y, lo menos, ser encontrados por la patrulla y deportados.
Por ejemplo, esa es la suerte que corrió, semanas atrás, otro argentino que, en este momento, encerrado en el cercano penal Florence, espera la deportación a nuestro país.
La cárcel tiene triste fama por ser el destino de quienes son sorprendidos por la patrulla cuando intentan violar el cerco.
Fueron vanos los intentos por comunicarse con el detenido. "Nosotros tenemos el mismo problema", dijo a LA NACION Susan Alvarado, de la Asociación por las Libertades Civiles (ACLU), que trabaja con familiares de inmigrantes. "Otros tienen más suerte. Pasan cruzando como ratones; cavan por debajo de la cerca o buscan el rincón más vulnerable de la empalizada [que mandó a construir el ex presidente George Bush]", añadió.
El problema de la frontera
Nadie sabe, en verdad, cuántos se aventuran por el desierto. "Puedes darte una idea con las deportaciones. Sólo en Arizona hay más de 40.000 por año", dijo a LA NACION el abogado Ezequiel Hernández.
Fuentes oficiales indicaron que, en ese total, en el último año se contaron entre 60 y 70 argentinos que fueron atrapados cuando intentaban cruzar la frontera. La cifra representa una sensible caída respecto de años anteriores, cuando de todo el territorio de los Estados Unidos llegaron a deportarse más de 5000 argentinos sorprendidos en situación ilegal.
"En todo caso, los argentinos entran en mayoría por los aeropuertos y, eventualmente, luego burlan el permiso de estadía de su visa. Son pocos los que se largan por el desierto", insistió Alvarado.
Aquí, en Arizona, el problema es la frontera. Y en ella Obama ordenó el desplazamiento de 1200 efectivos de la Guardia Nacional. Intenta, con eso, frenar el tráfico y calmar los ánimos de quienes dicen que no hace nada para frenar la inmigración.
"Eso es una burla. Son efectivos insuficientes. Necesitamos, por lo menos, más del doble", dijo la gobernadora republicana Jan Brewer.
Los guardias se sumarán al conjunto de patrullas que ahora escudriñan la extensa frontera, entre los que se cuentan los llamados minutemen , vigilantes voluntarios que ayudan a los alguaciles, entre los que suele denunciarse un alto componente racista. "No es verdad. Yo mismo fui minuteman y en mi familia han entrado mexicanos y negros. No tengo nada contra la gente honrada", dijo David Loew, un constructor que milita en favor de la norma que defiende a rajatabla la persecución de indocumentados.
Vista desde aquí, la división entre México y Estados Unidos es una larga empalizada que, en algún momento, se pierde entre campos privados. "Allí es donde no hay nada y donde suele colarse la gente", dice Laura Meneses, productora radial que lleva meses trabajando en el tema.
Es allí donde hace poco se produjo el crimen que encendió los ánimos: un ranchero que vigilaba su tierra fue asesinado, se supone, a manos de inmigrantes indocumentados que cruzaron la frontera.
Es a esta tierra donde ahora llega la Guardia Nacional, y la misma por la que acaba de aventurarse Carlos Eduardo, el marplatense que habla, luego con LA NACION, en una casa donde -según dice- lo están ayudando antes de seguir viaje.
¿Por qué largarse a semejante aventura? El contesta con pocas palabras. "Para mí, no había opción. Mi novia obtuvo la beca de su vida para estudiar en California. No imagino vivir sin ella", dijo el marplatense. Y con algo de rabia añade: "Si me hubiesen dado una visa, habría sido más fácil. Nunca en mi vida me sentí tan maltratado".

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