El Cavaliere había tratado de asustar a los votantes diciendo que si apoyaban a “los rojos”, Milán se convertiría en “la nueva Stalingrado de Italia”. Para la mayoría de los analistas, la derrota selló el inicio de su debacle política.
Pisapia, un abogado penalista apadrinado por el presidente de la región Pulia, Nichi Vendola, ya había dado una sorpresa al imponerse en las primarias del izquierdista Partido Democrático (PD), en las que derrotó al candidato favorito, Stefano Boeri. Considerado un personaje inocuo, con el correr de los días, el hombre de 62 años comenzó a ilusionar a las agrupaciones de izquierda con una receta poco habitual para la Italia berlusconista: diálogo, contacto directo con la gente, paciencia y discreción. Y, a pesar de ser acusado de extremista por la derecha, el ahora ex diputado logró lo que hace pocos meses parecía una utopía: abrir un nuevo capítulo en la política local, monopolizada por la derecha desde 1994, año en el que Berlusconi empezó su actividad política.
En las últimas dos semanas, el presidente del Consejo de Ministros transformó las elecciones municipales en Milán en un referéndum sobre su persona. Bañó de insultos a sus adversarios y subrayó cómo el gobierno nacional necesitaba una victoria en la ciudad del norte para darle más fuerza a la concreción de su programa. Comprometido en primera persona, el Cavaliere pasó por todos los canales de televisión, filmó dos videomensajes en los que alertaba a los electores del desastroso escenario que se venía si ganaba la izquierda y coronó una montaña de injurias, asegurando que quienes votan por “los rojos” no tienen cerebro y que, si Pisapia ganaba, Milán se transformaría en “la nueva Stalingrado de Italia”.
Ayer, el premier recibió, además, otro trago amargo de Nápoles, donde De Magistris, un outsider de la política, dio el batacazo (en la primera vuelta había obtenido apenas un 27,5% de los votos) y derrotó a Lettieri, un empresario de 54 años patrocinado por el Cavaliere. Inundada por la basura, Nápoles también le terminó dando la espalda al jefe de gobierno, y logró superar el impacto mediático del puñetazo electoral milanés.
Como quien olfatea la derrota, durante el cierre de campaña Berlusconi había advertido que, en caso de perder en Milán y Nápoles, no iba a haber una crisis de gobierno, aunque para la mayoría de los analistas la paliza electoral, sobre todo en su tierra natal, ya selló el inicio de su debacle política.<

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