Cristina: una obra en suspenso con final cantado

Fernando Laborda

Es cierto que Cristina Kirchnerno deja caer de su boca una sola frase que pueda revelar su decisión de postularse a la reelección. Y es verdad que esto provoca ansiedad en sus seguidores, en especial en quienes perciben que su subsistencia está ligada a la continuidad de la Presidenta. Pero, más allá de algunos factores personales, la primera mandataria sabe desde hace meses que está condenada a buscar su reelección.

En sus últimas apariciones públicas, se encargó de sembrar una atmósfera de misterio en torno de su candidatura. Desde aquel 1º de marzo en que, al inaugurar el período de sesiones del Congreso, preguntó si alguien la había escuchado decir que buscaría un nuevo período presidencial, hasta cuando, en actos más recientes, se autodefinió como una "líder absolutamente temporal" y expresó que "un modelo político debe permanecer más allá de las personas" o cuando anteayer, en el Luna Park, dijo que "no hay hombres o mujeres imprescindibles".

Todo forma parte de una operación tendiente a aumentar el suspenso y crear la sensación de que su candidatura será la consecuencia de un clamor popular antes que el fruto de una ambición personal.

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¿Hasta cuándo proseguirá cultivando esa interesada actitud de desprendimiento? Por lo menos, hasta que, hacia la tercera semana de mayo, se definan las candidaturas para el gobierno de la ciudad de Buenos Aires y se sepa, finalmente,si Macri se postulará para una segunda gestión local o buscará, definitivamente, la presidencia de la Nación. Y no habrá que descartar que la definición de Cristina Kirchner se demore todavía algo más.

Claro que hay dudas en la Presidenta frente a algunas incomodidades que le depararía un segundo mandato. En primer lugar, la probabilidad de que su gobierno se vea obligado a aplicar un ajuste en la economía frente a la cada vez mayor debilidad de las cuentas fiscales y del comercio exterior, consecuencia del aumento del gasto público y del incremento de las importaciones. En segundo lugar, la dificultad de gobernar sin contar con la chance de una segunda reelección, prohibida por la Constitución, con la posibilidad de convertirse en un "pato rengo", como llaman los norteamericanos a aquel presidente que atraviesa la última etapa de su gestión sin poder sucederse a sí mismo.

Pero ninguna de esas dudas de la Presidenta se compara con la incertidumbre que en el kirchnerismo depararía su renuncia a la reelección. No tiene la jefa del Estado un delfín. Nunca ha confiado suficientemente en Scioli, el hombre que tendría más probabilidades de asegurarle un triunfo al oficialismo. Tampoco confían en el gobernador bonaerense los integrantes del núcleo duro del kirchnerismo ni los jóvenes de La Cámpora, para quienes Scioli encarnaría un proyecto político y económico distinto.

La conclusión es que Cristina Kirchner no está en condiciones de abandonar el rol de heredera del liderazgo de un movimiento que, a juicio de ella y de su grupo referencial, trasciende al propio peronismo. En la concepción de poder del grupo gobernante, sólo Cristina puede ser la depositaria de ese legado, cuyo dueño final será la nueva generación de militantes K a la que tanto alabó la Presidenta tras la muerte de su esposo.

La virtual beatificación de Néstor Kirchner es un indicador más de que el operativo para la rutinización del liderazgo kirchnerista y la reelección de su heredera sigue vigente. A menos que se produzca un abrupto cambio de tendencia, que dé cuenta de una derrota inexorable, nada hace presumir un escenario con otro postulante presidencial en el oficialismo.

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