Por: Carlos M. Reymundo Roberts.Sonó mi teléfono. ¿Lilita? ¿Sanz? ¿Macri? Desde que empecé a buscar un partido que me quiera entre sus filas, mi celular estalla. Yo atiendo con la ilusión de que sea el tribunal K que rechazó mi afiliación, para darme una nueva oportunidad, pero no. Los que me llaman son siempre de la oposición. Esta vez era alguien que no termina de ser K ni termina de ser opositor: Daniel Scioli.
Daniel aprendió el oficio -el oficio de vender su imagen- en sus tiempos de campeón de motonáutica, cuando hacía llegar a los diarios en tiempo real las fotos que lo mostraban ganador de aquellas espectaculares carreras en las que no alcanzaban los competidores para llenar el podio.
Me maravillan muchas cosas de él: ese activismo frenético, su ideología pasteurizada, que ame a Menem, Duhalde y Kirchner (es decir, a ninguno de los tres); también, que siempre tenga un helicóptero o un avión a mano, su impresionante quinta de Villa La Ñata (Tigre), su caserón de Carmelo, la casa del Abasto (qué lujo: espero que no haya tenido que venderla).
Me gusta que le guste la buena vida y que la comparta: si te invita a La Ñata, te hace llevar por un helicóptero y te recibe con famosos hombres de negocios y con celebridades del mundo del espectáculo, desde Nacha Guevara y Pimpinela hasta Cacho Castaña y Mirtha Legrand. Y con Karina, espléndida, aunque habría que decirle que vestido negro y tacos para ir a la playa es como que no pega.
Siempre me ha impresionado el ritmo de trabajo del gobernador, pero más me impresiona en los veranos: con qué ubicuidad asiste, en un puñado de horas, a la inauguración de su balneario en Pinamar, al velatorio de un policía asesinado, al programa de Mirtha, a un acto de la Presidenta y a un partido de fútbol en Punta Mogotes con su equipo, Piqueteros de La Ñata.
En fin, que un hombre tan ocupado me llamara por teléfono era todo un acontecimiento. Me pidió una reunión urgente y a los diez minutos tenía un auto oficial con chofer para llevarme a La Plata. Fui feliz, pero me esperaba con una queja.
-Si querés hacer política, ¿por qué no me llamaste?
-La verdad, como me habían rechazado los K, pensé que mi presencia te podía incomodar.
-¿Pero no leíste que me sumé al "operativo clamor" por la reelección de la Presidenta? Gracias a eso ahora tengo más margen de autonomía.
-A propósito, me sorprendió que lo hicieras: que te bajaras de la presidencial.
-Yo dije que había consenso para que ella fuera la candidata. ¿Y si mañana las encuestas le dieran mal y el consenso se evaporara??
-Entre nosotros, Daniel, ¿cómo hacés para bancarte al kirchnerismo si todos sabemos que no estás de acuerdo en casi nada?
-Lo he dicho públicamente: la gente sabe interpretar mis silencios.
-Pero yo no: sé un poco más explícito.
-Lo mío es trabajo, trabajo, trabajo.
-¿Entonces?
-Cuando lo que está en juego es el país, yo me la juego. Me pongo la camiseta y voy al frente.
Me di por vencido.
-Daniel, ¿en qué te podría ser útil yo?
-En lo tuyo, en difusión. Me falta centimetraje: por ejemplo, hay un semanario de Catamarca en el que hace seis meses que no salgo.
-Me dicen que das muy bien en la última encuesta de Julio (Aurelio).
-No sólo en ésa. Las diez que me trajeron entre ayer y hoy me ponen arriba. La reelección está asegurada.
-Hablás de reelección e inmediatamente pienso en Cristina.
-Ya te lo dije: la gente sabe interpretar mis silencios.
Me fui de La Plata algo confundido. Tengo una propuesta firme de Scioli, y sumarme a un equipo de propaganda tan poderoso resulta tentador. Pero no sé si estar con él me acerca o me aleja del Gobierno. Por Dios, ¿qué hago?
Que los K sepan interpretar mi silencio.




Comentá la nota