Conclusión general: se acabó el tiempo de la guitarra

Por: Francisco Olivera.

Tal vez mezclando sin querer, desde el inconsciente, elecciones locales con economía mundial, Héctor Méndez, fabricante de plástico con inversiones en la Argentina y Brasil, dio un suspiro y reflexionó ante La Nacion. "¿Qué quiere que le diga? Es tal el fracaso de todos los que han hecho predicciones que ya no sé qué pensar".

El ex presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA) hablaba de la posibilidad de un impacto de la crisis en la región. "Esto es como el tsunami: no se sabe si viene, pero si viene, barre con todo", dijo.

El sector privado quiere confiar en que Brasil permanecerá indemne y, con él, la Argentina. "El mercado interno brasileño sigue muy fuerte", se esperanzó Cristiano Rattazzi, accionista y presidente de Fiat. El optimismo de muchos, compartido también en la Casa Rosada, ha traslucido últimamente algunos reparos. Esta semana, por ejemplo, se firmaron acuerdos de intercambio con Colombia para el sector automotor y se piensa en algo similar con Perú. Son alternativas, como lo es desde hace tiempo el mercado mexicano, ante la posibilidad de cualquier daño en Brasil. La Argentina es, como nunca, dependiente de esa suerte.

Algunos empresarios sustentan sus previsiones en la fortaleza sin precedente que tiene la región. Eduardo Eurnekian, por caso, suele entusiasmarse en privado con que el futuro será de los países emergentes por razones estructurales: el mundo desarrollado llegó a un techo y no crecerá más hasta que no se descubran nuevas tecnologías, dice. China, India, Vietnam, Indonesia y América latina, en cambio, traccionarán al planeta durante los próximos años.

He ahí el rol de Brasil, la prueba más acabada del aprovechamiento de esta bonanza. La Fundación Getulio Vargas lo acaba de probar con números abrumadores: entre 2003 y mayo de este año, 39,5 millones de brasileños dejaron de ser pobres y pasaron a formar parte de la clase media. Esa masa de consumidores equivale casi a la población de la Argentina. De ellos, unos 10 millones dieron el salto durante el último año.

La tendencia supone una novedad estadística de estos años: tal como ocurrió alguna vez durante crisis nuestras, el desigual Brasil casi ha emparejado la tasa de pobreza de la Argentina. La comparación es complicada porque no quedan datos confiables en Buenos Aires. Pero se podría considerar la medición de la consultora Equis, de Artemio López, un sociólogo que hasta ahora evitó la acusación de destituyente o hegemónico, y arriesgar que la pobreza argentina era en diciembre de 2010 del 20,7%, algo menos que la de otros cálculos privados, que la ubican en el 25%. Según la Cepal, el nivel de Brasil es cercano: 22,1% de pobreza en 2009, último dato disponible.

No fue sólo viento de cola. Lula reforzó en 2004 la versión brasileña de nuestra asignación por hijo, a la que llamó "Bolsa Familia", y redujo casi a la mitad la pobreza; había recibido el gobierno con una tasa del 35,8%. Tampoco fue el único. Entre 2004 y 2010, reavivando el histórico plan Asistencia Familiar, Uruguay bajó la indigencia del 4,6% al 1,1%, según datos del Instituto Nacional de Estadística. "La clave fue hacer bien un censo en 2005 y saber exactamente quién necesitaba el subsidio", explicó Jorge Colina, economista de Idesa que exhibe como emblemático el caso uruguayo.

Son sólo algunas muestras del momento de la región. Podrían citarse más. El Instituto Nacional de Estadísticas e Informática de Perú publica que entre 2001 y 2010 la pobreza cayó en ese país del 54,8% al 31,3%. Jamaica lo hizo entre 2002 y 2009 del 19,7% al 9,9 por ciento.

Del mismo modo, un repaso pormenorizado del envión argentino -y de las incapacidades de la oposición- les habría ahorrado a muchos empresarios locales la sorpresa que mostraban esta semana tras las elecciones. Algo les dijo Sergio Berensztein, director de Poliarquía, a ejecutivos de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa que lo abrumaban con preguntas sobre las razones de los resultados. "Incidió el factor empleo, que en la Argentina bajó y mucho", contestó, y advirtió que el establishment estaba habituado a intercambiar información consigo mismo y había quedado desconectado de estratos decisivos, como 1.200.000 jóvenes que fueron por primera vez a las urnas y eligieron a Cristina Kirchner.

Quizá la única duda, más propia de analistas y hombres de negocios que de votantes rasos, puede estar en si el gobierno argentino aprovechó cabalmente estas condiciones. ¿Cómo saberlo? El economista Ernesto Kritz, de SEL Consultores, ha tomado una decisión que, a la luz de la situación, parece bastante sana: no hacer cálculos con datos que no existen. Así, descartado el índice de precios al consumidor del Indec como fuente confiable, elaboró un estudio paralelo sobre la situación social que publicó hace algunas semanas. Los resultados, trazados a partir de la encuesta permanente de hogares del propio Indec son sorprendentes. Dicen, por ejemplo, que los jóvenes que ni estudian ni trabajan son ahora 150.000 más que en 2003. ¿Cómo se explica, se pregunta Kritz, después de crecer a tasas asiáticas durante ocho años?

El informe revela que los indicadores argentinos tuvieron una elogiable mejora desde 2003, pero que todos se estancaron sorpresivamente en 2007. Por ejemplo, en el 25% más pobre de la gente, la desocupación se desplomó del 36,3% al 18,9% en el lapso 2003-2007, pero sólo se redujo al 17,2% en 2010. La población sin cobertura de salud, que había mermado del 74,8% al 61,9% entre 2003 y 2007, quedó estancada en 59,8% el año pasado. Y la población económicamente activa en extrema precariedad del cuartil inferior de ingreso familiar per cápita, que venía de caer del 56% al 36,5% hasta 2007, quedó en 2010 en 32,5%. "La situación ha cambiado muy poco a partir de 2007", concluye el texto.

Es la parte del trabajo que falta. Y que pende en gran medida de Brasil. Otro dirigente fabril que cree en el modelo pensaba el miércoles en la economía después de octubre. Casualidades rockeras, su conclusión metafórica unió a Amadou Boudou con una vieja letra de Miguel Cantilo: "Se acabó el tiempo de la guitarra".

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