Cuando faltan apenas diez semanas para las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, las encuestas no arrojan un claro favorito entre el presidente Barack Obama, que aspira a un mandato más, y su adversario, el republicano multimillonario Mitt Romney, que quiere que su partido recupere el mando.
Desde hace tres semanas, la tendencia ha sido más o menos la misma. En una de las campañas más parejas de las últimas décadas, los dos mantienen una posición muy ajustada en el cómputo global, con una ligera diferencia a favor de Obama. Si bien eso se ha acortado un poco en los últimos días, no ha bastado para dar a Romney una posición de holgura.
"Es una situación bastante paradójica. Hasta ahora, las encuestas proyectan que estamos ante una elección de resultado muy ajustado, pero que se juega en un escenario favorable a los republicanos", sintetizó ante LA NACION el ex diputado por ese partido y hoy consultor Phillip English.
El comentario apuntó a una de las sorpresas del momento. Y es que, pese a los malos datos económicos que conspiran fuertemente contras las chances del actual presidente, su contrincante no consigue desplazarlo en forma clara en ningún sondeo. Dicho en términos de fútbol: Romney juega en su campo, pero no avanza con la pelota dominada.
Ni siquiera con el viento a favor que le trajeron la incorporación del conservador Paul Ryan y el arrastre que el ahora aspirante a vicepresidente tiene en el Tea Party, el movimiento de base supo generar una ruidosa corriente de oposición a Obama.
Un abanico de encuestas de los últimos días así lo ratifica. La más reciente, de la agencia AP y la consultora GfK, con una muestra tomada entre el 16 y el 20 de agosto, arrojó un 47% de aceptación para la fórmula Obama-Joe Biden, y 46% para Romney-Ryan.
Muchos esperaban más. "A estas alturas y con este escenario económico en contra que tiene Obama y con la enorme capacidad recaudadora de fondos de campaña que está mostrando Romney, ¿cómo es que el republicano no lo tiene ya contra el piso?", fue la gráfica pregunta que se hizo días atrás Roger Simon, el columnista estrella del sitio Político. Apuntaba al hecho de que, durante el mandato de Obama, el desempleo no bajó del 8% y la economía no recupera oxígeno y crece apenas a un agónico ritmo de 1,5%.
Nunca, en las siete décadas transcurridas desde los tiempos de Franklin Delano Roosevelt y la Gran Depresión, un presidente logró la reelección con un desempleo superior al 7,2%. Tampoco, con un índice de desaprobación del 60% en materia de política económica, que es el que ahora soporta Obama. Si en estas condiciones el demócrata se impone en las urnas y consigue la reelección, habrá quebrado un maleficio histórico.
Pero no deja de ser curioso el hecho de que si llegara a ser Romney el vencedor, también a él le tocará romper otro estigma del pasado y es que "no se recuerda" un aspirante republicano con tan baja performance en imagen a estas alturas de la carrera, según afirmó la estratega y encuestadora demócrata Celinda Lake. Hasta en eso de quebrar maleficios los dos parecen estar empatados?
Más allá del sarcasmo, se amplían las hipótesis en estos días para tratar de explicar por qué ninguno de los dos consigue distanciarse del otro. ¿Por qué Romney no ha conseguido doblegar la ligera ventaja de Obama y ponerse por delante? ¿O por qué, en todo caso, el presidente no es capaz de ir más lejos con su diferencia y recuperar algo de la pasión que, en 2008, lo convirtió en un fenómeno electoral?
Hoy, no hay truco ni esfuerzo que le permita recuperar aquella fascinación y cobrar vuelo. ¿La razón? La más obvia es que, para el presidente, la elección tiene, en cierto punto "un profundo sentido de referéndum más que de opción", según sintetizó el analista republicano Ed Goeas, de la consultora Terrace Group, en coincidencia con otros testimonios recogidos por LA NACION.
El punto refleja la melancolía de millones de electores que hoy tienen promesas incumplidas. Un amplio arco que incluye a hispanos molestos por la falta de reforma migratoria, a sectores más radicales indignados porque la cárcel de Guantánamo sigue funcionando pese a que su cierre fue anunciado como bandera de nueva moral. Y porque, lejos de eso, el presidente multiplicó los ataques mortíferos con aviones no tripulados.
Del otro lado, los centristas le reprochan el elevado déficit fiscal; la derecha, la amenaza de subir los impuestos; los jóvenes, la inexistencia de los empleos prometidos en industria verde. Y la sociedad, en general, la mala economía pese a las formidables inyecciones de estímulo. "Nadie dice que Obama esté acabado. Al contrario, tiene mucho resto. Lo que decimos es que, con este panorama, es difícil doblegar las encuestas", dijo a LA NACION Alan Clanton, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Louisville.
Las hipótesis son distintas a la hora de explicar por qué es Romney el que no levanta vuelo pese a todo el viento a favor de la mala economía que le regala la coyuntura y de la eficacia recaudadora que ha revelado su equipo. Para empezar, a los republicanos les gusta decir que la culpa la tiene Obama y el éxito de su campaña. "Lo que las encuestas demuestran es que la estrategia de Obama de descalificar personalmente a Romney le ha dado ventaja", justificó English.
Sea por lo que fuere, Romney no termina de gustar, pese a que, en mayoría, los norteamericanos reconocen que está "mejor capacitado" que Obama para manejar la economía. Los sondeos revelan cierta desconfianza popular hacia su comportamiento fiscal, se le sospechan operaciones en paraísos fiscales, así como haber "tercerizado" puestos de trabajo fuera de Estados Unidos.
Las diez semanas que vienen tienen la respuesta. Todavía quedan las convenciones que empiezan esta semana y luego, la serie de debates entre candidatos. Obama es un gran orador, pero su prosa ya se vuelve repetitiva tras cuatro años. Romney juega con la ventaja de lo nuevo.
FINALES AJUSTADOS
1960
Kennedy vs. Nixon
En una de las elecciones más reñidas en la historia de Estados Unidos, el candidato demócrata John F. Kennedy superó a su contrincante republicano Richard Nixon por una diferencia de ciento veinte mil votos. Kennedy obtuvo el 49,7% de los votos y Nixon, el 49.6%.
1976
Ford vs. Carter
Los americanos estaban tan disgustados con Nixon por el escándalo Watergate y con Ford por haberlo perdonado que eligieron presidente al candidato demócrata Jimmy Carter. De todos modos, la carrera hacia la Casa Blanca fue pareja. Finalmente, Carter ganó las elecciones con el 50,1% de los votos. Ford obtuvo el 48%.
2000
Bush vs. Al Gore
Tras una encarnizada batalla legal y varios recuentos, el Alto Tribunal dictaminó que el vencedor de las elecciones había sido el candidato republicano George W. Bush, que obtuvo más electores. Al Gore había ganado el voto popular con el 48,38% contra el 47, 87% de Bush.




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