Carlos Mugica, un mártir cristiano

Carlos Mugica, un mártir cristiano
Su compromiso con el pueblo y los cambios en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II y la formación del MSTM. Perón y Montoneros.

Carlos Francisco Sergio Mugica poseía tuvo las condiciones necesarias para convertirse en un mito vivo: rubio, de ojos claros, de tez blanca, miembro de una de familia de alcurnia, con una sonrisa gardeliana y seductora, comprometido, fachero como un actor de Hollywood, contundente, locuaz, con convicciones, solidario, cristiano. Sus cualidades previas lo convierten, sin dudas, en un producto de marketing revolucionario cuyo rostro bien podría estar estampado en las remeras de millones de cristianos, como el Che Ernesto Guevara –con quien tiene algunas similitudes de origen– para los revolucionarios marxistas. Ambos, incluso, fueron mártires consecuentes con sus propios pensamientos y ambos fueron revolucionarios a su manera. ¿Sería lo que es hoy Mugica si no fuera blanco, rubio y de ojos celestes? Es imposible saberlo. Sin embargo, hay algo en el carilindo de Mugica que le juega en contra. Adscribió al hecho maldito del país burgués: el peronismo. Eso le quita un gran porcentaje de glamour y al mismo tiempo lo hace peligroso para los sectores establecidos.

Pero salgamos del análisis simplón y chabacano. Mugica no es sólo Mugica. Primero porque es producto de su época, pero, además, porque hubo cientos de Mugicas en las Iglesia católica argentina y latinoamericana. Como bien describen en su Historia de la Iglesia Argentina Roberto Di Stefano y Loris Zanatta, el mundo católico de la década del sesenta y del setenta se parecía a un campo de batalla, con la jerarquía fracturada, el clero dividido y en rebeldía, las vocaciones en crisis, el laicado falto de confianza o politizado, todo ello sobre el telón de fondo de un enfrentamiento generacional, cultural, ideológico y político cada vez más agudo. Y en nuestro país, durante los años setenta, esa división fue tan profunda que no faltaron laicos y religiosos secuestrados y asesinados ni sospechas o certezas de que otros laicos y religiosos hayan sido los instigadores morales de esos mismos crímenes.

El origen de la discordia fue el Concilio Vaticano II que, abierto en 1962 a instancias del Papa "bueno" Juan XXII y concluido cuatro años después por Paulo VI, intentó sacudir las anquilosadas estructuras de la Iglesia Católica Apostólica y Romana. El segundo sismo fue la asamblea de obispos del CELAM, que se realizó en 1968 en Medellín, Colombia, que radicalizó aún más las posturas del encuentro en Roma. Ambos trabajos minaron de plano la matriz teológica tomista que reinaba en la institución, diseñó una arquitectura eclesial más horizontal –dio más autonomía a los obispos latinoamericanos, por ejemplo– y transformó la liturgia y la cultura de la vida católica, revalorizando la figura del laicado. Las reformas eran demasiado profundas para el Episcopado argentino, moldeado bajo el patrón tomista de la Nación Católica.

En un primer momento de la década del sesenta se agudizaron las divisiones internas a partir del clivaje preconciliar y postconciliar. Es decir, los obispos más veteranos se convirtieron en cazadores de excesos y errores teológicos, y los más jóvenes en modernizantes a cualquier costo.

Claro que las divisiones en la Iglesia no siempre pueden entenderse con términos derivados de la política. Así, izquierda y derecha no pueden transpolarse en reformistas y no reformistas. Si a esto se le suma que en la Argentina la izquierda y la derecha están teñidas por la transversalidad del peronismo, se puede concluir que en el Episcopado había tantas casillas ideológicas como obispos. Basta un ejemplo: Eduardo Pironio era un reformista moderado cercano al radicalismo, Antonio Quarracino reformaba para conservar pero era peronista, Jerónimo Podestá, obispo de Avellaneda, era un hombre de concepciones radicalizadas en materia teológica y al mismo tiempo comulgaba ideológicamente con la izquierda peronista. El torreón tomista, es cierto, era un poco más monolítico. Reunido en torno al presidente de la CEA, el cardenal Antonio Caggiano, se empeñaban en sostener el ideal constantineano (por el emperador romano Constantino El Grande, que convirtió al cristianismo en religión oficial del Imperio) de que la Iglesia es la viga maestra del régimen de la cristiandad. Fiel seguidor de esta doctrina era el obispo auxiliar de La Plata Octavio Derisi con su revista Estudios teológicos y filosóficos.

Pero el verdadero diluvio teológico en la Iglesia argentina fue la reunión en Medellín y la encíclica papal Populorum Progressio, de Pablo VI. Las cartas quedaron echadas y la radicalización de ambos sectores se profundizó aún más con el diálogo que el reformismo comenzó a establecer con la izquierda. Medellín propuso una litúrgica audaz, adoptó la lengua vulgar dejando de lado el latín, le dio un mayor protagonismo al laicado en tanto "pueblo de Dios" y colocó a las Sagradas Escrituras no tanto como un conjunto de verdades abstractas sino como el fruto de un pueblo que podía ser releído y reinterpretado en comunidad.

El segundo hecho que dividió las aguas fue la célebre carta de los 18 obispos latinoamericanos –ninguno de ellos argentino– publicada el 15 de agosto de 1967 y conocida como el Mensaje de los Obispos del Tercer Mundo. El documento llegó al país de la mano del obispo de Goya, Devoto, quien lo entregó al sacerdote Miguel Ramondetti. Y este último, con su par Rodolfo Ricciardelli, comenzó a circularlo con la idea de formar el Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo (MSTM), que a fines de ese año ya contaba con la adhesión de 270 curas y que en su momento de auge en los '70 alcanzaría a más del 10% del total de las vocaciones del país.

El MSTM fue el grupo más progresista de la Iglesia Católica que se haya tenido recuerdo hasta hoy. Por aquellos años, Juan María García Elorrio editaba su recordada revista Cristianismo y Revolución, en la que marxismo y catolicismo dialogaban a la luz de las experiencias de curas latinoamericanos guerrilleros como el colombiano Camilo Torres. Simultáneamente, el carismático sacerdote Carlos Mugica, adoctrinaba en la opción por los pobres a los jóvenes que después formarían la cúpula de Montoneros.

En aquella primavera política de 1973, por ejemplo, un documento firmado por los obispos Enrique Angelleli, Antonio Devoto y Antonio Brasca daba una muestra cabal del alto grado de politización que tenía el clero. En esa carta, los religiosos sostenían que al haber votado por Cámpora "el pueblo había optado por una concepción liberadora de la vida" y en consecuencia la Iglesia debía seguir sus pasos

A mediados del '73, finalmente ocurrió lo previsible. Como todo hombre de izquierda es divisible por dos, los integrantes del MSTM se escindieron y quebraron el grupo. La causa fue la candidatura del General Perón. De un lado, estaban los curas ligados a las experiencias marxistas, como Ricciardelli y Ramondetti, y por el otro, los más identificados con el peronismo como en el caso de Mugica.

Como se ve, Mugica, aun con sus señas particulares, no fue el único. Y es necesario, claro, no circunscribir un movimiento religioso como el MSTM y sus miles y miles de laicos a un solo hombre. Casi tan necesario como construir sobre la individualidad del símbolo –Mugica– un homenaje a una generación que fue producto de su época.

Nacido el 7 de octubre de 1930 en la ciudad de Buenos Aires, se ordenó sacerdote en la Catedral el 20 de diciembre de1959. Lejos de aceptar la comodidad de un cargo como el de secretario del cardenal Antonio Caggiano, Mugica eligió ir a vivir a Reconquista, Santa Fe, misionar con los hacheros de la ex Forestal. Cuando regresó a la Capital Federal, a principios de los años '60 fue nombrado asesor de la Acción Católica del Colegio Nacional Buenos Aires y comenzó su trabajo en la Villa 31, primero en la Capilla Nuestra Señora del Puerto y luego en la Capilla Cristo Obrero, donde ahora descansan sus restos.

Como bien narra María Sucarrat en su libro El Inocente. Vida, pasión y muerte de Carlos Mugica, el sacerdote fue asesinado por la Triple A, el 11 de mayo de 1974, hace exactamente 40 años, luego de celebrar la misa, en la Parroquia San Francisco Solano. Sus asesinos fueron los ex policías Rodolfo Almirón, Juan Morales y Edwin Duncan, vinculados al Ministerio de Bienestar Social comandado por el inefable José López Rega.

Hijo de su tiempo, Mugica también fue hacedor de su época. Porque frente a los intentos por despolitizarlo, por limar aquellas aristas que lo hacen también a él un hecho maldito, es inevitable decir que Mugica no fue sólo un sacerdote comprometido. Fue –además, incluso, también, inescindiblemente como cristiano– un hombre político y un revolucionario. Padre espiritual del grupo fundador de Montoneros, ya que asesoró en el Buenos Aires a los colegiales Fernando Abal Medina, Gustavo Ramus y Mario Firmenich, y les inculcó una forma revolucionaria de vivir el cristianismo que dio marco a la militancia de quienes, años después, llevarían adelante el Aramburazo.

Y más allá de sus diferencias políticas posteriores, intentar desvincular a Mugica de Montoneros no sólo es falsear la historia sino también no hacerle justicia al propio Mugica. Por eso es necesario, también, decir que los vituperios que el propio Firmenich sufrió en cada uno de los actos homenaje a la memoria del Padre Carlos por quienes deseaban apropiarse asépticamente de su figura fueron y son absolutamente injustificados.

Nunca en tan pocos días como en esa primera quincena de mayo, la historia demostró ser tan dinámica y tan difícil de encasillar en bloques monolíticos de análisis. Así, como en el 1 de Mayo de ese 1974, el desencuentro entre Juan Domingo Perón y Montoneros en la Plaza de Mayo demostraba la inexperiencia política de unos y la mesura del conductor, los días posteriores al 11 de mayo dejó patente cierta mezquindad del propio Perón. Mugica se había considerado siempre peronista, se había reunido con él en su corta visita de noviembre de 1972, había integrado la comitiva del avión presidencial del regreso definitivo el 20 de junio, formaba parte del funcionariado del Ministerio de Bienestar, hasta que sus discrepancias con el Brujo lo hicieron renunciar. Sin embargo, tras su asesinato, Perón no dijo absolutamente nada sobre Mugica. Nada. Sospechosamente. ¿Sabía Perón que Mugica iba a ser asesinado? ¿Supo Perón quiénes habían asesinado a Mugica?

Mugica, que había dicho en alguno de sus sermones a mediados del '73 que era el tiempo de cambiar "las armas por los arados", no se merecía ese silencio. Por lo que había dicho, por lo que había hecho. Y también por lo que pensaba. En su escrito Los valores cristianos del Peronismo había producido un texto luminoso sobre religión y política. Nada mejor que leerlo, ningún homenaje supera recordar su voz y su palabra. En ese texto –perdón por la extensión, pero creo que vale la pena leerlo–, Mugica expone el corazón de su fe: "Ser cristiano es, fundamentalmente, aceptar a Cristo, creerle a Cristo y creer en Cristo y por lo tanto responderle. La vivencia cristiana supone una obediencia a la fe en el Señor. Y uno le cree a Cristo no por lo que piensa sino por lo que hace… 'Ustedes son mis discípulos, si hacen lo que yo les digo…' 'No, el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos sino aquel que hace la voluntad de mi Padre.'

Entonces yo tengo que hacer, tengo que optar en concreto y toda opción concreta está cargada de historicidad y por lo tanto es relativa. ¿En qué reside la diferencia entre lo cristiano y un movimiento político como es el peronismo? Los valores cristianos son propios de cualquier época, trascienden los movimientos políticos, en cambio el peronismo es un movimiento que asume los valores cristianos en determinada época.

¿Cuál es la medida que tengo para darme cuenta de que hoy el peronismo es el movimiento histórico al que yo pienso, debe acceder naturalmente un cristiano para mirar las cosas del lado de los pobres? Y esto no significa que no se puede ser cristiano y no peronista. Lo que sí me parece más difícil es ser cristiano y antiperonista. Aunque en la adhesión a cualquier movimiento político, un cristiano debe siempre mantener una distancia crítica desde la fe. Tiene que revitalizarlo, que no significa minimizarlo. Puede adherir a él pero un cristiano sabe que un movimiento político no va a crear la sociedad perfecta, va a realizar sí determinados valores pero también corre el riesgo permanente de desvirtuar esos valores. Pero puede criticarlo sólo en la medida de su participación en el proceso, en la medida en que no esté mirando el partido desde afuera.

¿Cuál es ese juez que me permitirá valorar si el peronismo es hoy la instancia histórica a través de la que me interpela Cristo, a través de la que voy a mostrar mi amor a mi pueblo y a mis hermanos? El juez es la gente, el pueblo, los oprimidos. La categoría pueblo casi coincide con la categoría pobres aunque no la abarque totalmente.

Yo sé por el Evangelio, por la actitud de Cristo, que tengo que mirar la historia humana desde los pobres. Y en la Argentina la mayoría de los pobres son peronistas, para decirlo de manera muy simple.

Aquí tendríamos que hacer una distinción entre el ideólogo y el político.

El ideólogo se maneja con ideas que tienen mucha claridad, pero siempre se refieren al fin que hay que alcanzar, es escatológico. No se refiere a lo que es actual. Un ejemplo serían los que adhieren al ERP o al Partido Comunista. Un militante del ERP, por ejemplo, diría: 'Todos los hombres son iguales y tengo que establecer cuanto antes sea esa igualdad.' Trata de poner en el presente lo que es del futuro. 'Hay que suprimir todas las clases sociales, ya' y ahí surge el problema de los medios a emplear.

Ahora bien, en esto de la supresión de clases, yo como cristiano pienso que si bien desde el punto de vista económico debe haber una desaparición de las clases, sostener la total igualdad de los hombres es desconocer la realidad del pecado. Para mí, cristiano, la plena igualdad sólo se dará cuando venga el Señor y no antes. Pienso que en esto reside el error del marxismo y de los marxistas. Privilegian al hombre económico y se olvidan del político, por eso les es difícil entender el peronismo, que privilegia más lo político que lo económico.

Como privilegia lo económico el marxista afirma la prioridad de la lucha de clases pero desde el punto de vista económico.

El político, en cambio, en lugar de manejarse escatológicamente, maneja las fuerzas existentes. Actúa como quien tiene que tomar decisiones. Por ejemplo, las tres grandes banderas del peronismo –independencia económica, soberanía política y justicia social– son pautas asequibles, como el programa del Frente que propone Perón es un programa mínimo de coincidencias, no es el programa definitivo. Lo escatológico en el peronismo es el socialismo nacional hacia el que tenemos que apuntar, pero la pregunta que hoy se hace el político es: ¿Qué pasos puedo dar ahora para ir implantando el socialismo nacional?

El peligro del ideólogo es el sectarismo que lo lleva a una estructura en el fondo racionalista y lo lleva a separarse de la

realidad.

El peligro del político es el populismo, a veces la utilización de los medios le puede hacer olvidar los fines.

Los cristianos siempre hemos tendido a ser ideólogos, siempre le hemos tenido mucho miedo a la realidad concreta porque es ambigua. Y mientras nos preguntamos si estará bien, si estará mal, el problema ya lo habían resuelto otros. Siempre quisimos la opción pura y perfecta y la política es una cosa sucia que nos obliga a arriesgar, nos obliga a optar con probabilidad. En el fondo la opción política siempre es por el mal menor, siempre estoy eligiendo de esta manera porque el bien perfecto no existe."

Contundente y con convicciones era Mugica. Y su vida fue coherente con su Palabra. Mugica dio testimonio de su cristianismo. Pocos cristianos como él pueden arrogarse ese privilegio o ese don. Por haber acompañado a Montoneros y haber discutido con Montoneros. Por haber acompañado a Perón y haber discutido con López Rega, Mugica se había convertido en el pato de la boda. Y es allí donde el mensaje profético supera a la mirada política. El padre Carlos era un "cura villero", también era un "cura militante", pero por sobre todas las cosas era un humanista cristiano. Fue asesinado, no por haber sido un revolucionario de izquierda, solamente. Fue masacrado por haber sido profundamente cristiano y haber elegido la Pasión antes que el confort. Él mismo lo anunció: "Algunas personas dicen 'no soy violento'. Pero la Iglesia siempre justificó la violencia justa y condenó la injusta. Es decir que ser no violento no significa ser pasivo sino significa denunciar la violencia del sistema aceptando que recaiga sobre uno. El cristiano puede o no estar dispuesto a matar –y esto por razones de conciencia, de información o de ideología– o sea a responder o no a la violencia con la violencia que sufre. Pero lo que no puede dejar de ver es que debe estar dispuesto a morir y esto es clarísimo." Mugica fue un mártir. Y un mártir cristiano. Los argentinos, el peronismo y la Iglesia Católica están en deuda con su memoria y su testimonio, aunque quizás los homenajes de esta semana y el discurso de ayer de Cristina, comenzaron a saldarla.

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