En busca de un candidato único

Por Luis Gregorich
Lo que asusta no es, en realidad, la cifra del 50% que obtuvo la Presidenta. Menem fue reelegido con una cantidad de votos parecida. Y, en sus respectivas victorias en elecciones presidenciales, Alfonsín orilló el 52%, mientras De la Rúa tampoco le anduvo tan lejos. Lo que no puede menos que preocupar es que el candidato, o precandidato, que ocupó el segundo lugar lo hizo con apenas un poco más que el 12% de los votos, es decir, a 38 puntos de la ganadora. En los tres puestos siguientes se ubicaron precandidatos poco distanciados del segundo, y a la vez con poca diferencia entre ellos. De tal forma podría decirse, metafóricamente, que Cristina Kirchner ganó no una vez, sino cuatro, y cada una de forma abrumadora: 50 a 12 a Ricardo Alfonsín; 50 a 12 a Eduardo Duhalde; 50 a 10 a Hermes Binner, y 50 a 8 a Alberto Rodríguez Saá.

¿Qué significa esto? Por lo pronto, un vacío en el lugar de liderazgo de la oposición, y el borramiento -transitorio o definitivo- del bipartidismo, un sistema que funciona con regularidad (aunque tenga sus problemas) en las democracias avanzadas y que asegura la alternancia y la sucesión pacífica en el poder. También pareció funcionar entre nosotros, básicamente con peronistas y radicales, de 1946 a 2001, incluyendo las obvias interrupciones producidas por golpes militares. A partir de esta última fecha, sólo quedó en pie el peronismo, como partido hegemónico (si bien con sus propias divisiones internas), junto a agrupaciones neorradicales y neosocialistas, además de pequeños partidos provinciales. En las recientes primarias, el 70% de los votos -y sin que esto implique que todos los que los emitieron son peronistas- afluyó hacia precandidatos del peronismo, oficialistas y opositores. Bastaría que estos últimos, durante el próximo período presidencial, volvieran al redil oficialista para que la carrera hacia el partido único se acercara peligrosamente a la meta.

El partido único, o el que aspira a serlo, multiplica las arbitrariedades del partido hegemónico, vulnera la democracia, manipula la justicia a su antojo, desalienta las inversiones y burla los controles, desprecia el pluralismo y termina destruyendo las instituciones. Nada de esto, afortunadamente, se presenta por ahora entre nosotros, pero los números cantan, y las tentaciones, en política, resultan difíciles de evitar. Téngase en cuenta que las cosechas de votos de los candidatos opositores podrían desmoronarse aún más en octubre. Hasta ahora, los interesados en que ello no ocurra parecen ser los que mejor aportan a su propia desgracia.

Una de las formas de intentar el desarme de estos riesgos -en realidad, no parecería haber otra- consiste en la creativa construcción de un escenario más competitivo para las elecciones presidenciales, en el que los comicios no se convirtieran en mero trámite administrativo. Los cuatro candidatos de la oposición mencionados sumaron, en las primarias, el 42% de los votos. Hasta como tranquilizador efecto psicológico, estos números reunidos, en poco más o menos, tendrían mayor capacidad que sus fragmentos dispersos para consolidar la democracia.

¿Cómo se logra? Decirlo es fácil: estableciendo un compromiso de unidad entre los cuatro candidatos opositores, para lo cual tres de ellos deberían renunciar a sus candidaturas, dejando al cuarto como candidato presidencial único de esta virtual (no podría constituirse formalmente) coalición o alianza. Cada uno mantendría sus listas de legisladores. En cuanto a los otros cargos ejecutivos (gobernadores, intendentes), sería conveniente apoyar al precandidato más votado, en cada caso, en las primarias. Debería plantearse un pacto de gobernabilidad mínimo, con valores y requisitos democráticos -eso sí- innegociables.

Debería es una palabra difícil de cumplir, y más arduo aún es el tránsito del camino que conduce a este objetivo, por el tesón con que cada devaluado opositor defiende su propio pedacito de la voluntad popular, aun con la conciencia de que el esfuerzo es puramente testimonial y que puede llevar a derrotas aún peores. Aquí sólo pasaremos lista a las que nos parecen las ventajas y desventajas de los cuatro candidatos opositores para asumir, uno de ellos, el simbólico y momentáneo papel de primus inter pares .

Alfonsín hijo, para empezar, se ha caracterizado por una buena imagen, de político dialoguista y componedor, que desdibujó en parte con una campaña desacertada y gritona. Se le reprocha una falta de experiencia en la gestión pública. El parecido físico y vocal con su padre, además de la adhesión ideológica, ayudó sólo parcialmente. El saldo, para lo que queda del radicalismo tradicional, con estructura relativamente instalada en todas las provincias, fue francamente negativo. Asombra que en la ciudad de Buenos Aires, uno de sus viejos baluartes, haya conseguido apenas el quinto puesto. Otra desventaja de Alfonsín es que los votantes del peronismo disidente tendrían algunos obstáculos "morales" para votar a un radical.

En el caso de Eduardo Duhalde, las desventajas también parecen superar a las ventajas. Es cierto que, por un lado, ha sido uno de los dirigentes políticos que más han bregado a favor de acuerdos institucionales de largo plazo, a la manera del Pacto de la Moncloa, lo que lo califica positivamente. Asimismo, ha ocupado los dos cargos centrales en la Argentina: la presidencia de la Nación y la gobernación de la mayor provincia del país, aunque el paso por esas funciones le ha acarreado un claroscuro de opiniones. Su imagen positiva es de media a baja, y la mayoría de la población lo ve, quizás injustamente, como un político del pasado, tan comprometido con prácticas clientelísticas como algunos de los actuales intendentes del conurbano declaradamente kirchneristas. Como ocurre (al revés) con Alfonsín, los votantes radicales tendrían reparos en votarlo. Y sus primeros mensajes poselectorales han adoptado una innecesaria (y poco oportuna) agresividad.

La revelación de la reciente campaña fue probablemente Alberto Rodríguez Saá, el gobernador de San Luis que con una campaña basada simplemente en la reiteración de lo realizado en su provincia alcanzó una inesperada, aunque modesta, proyección nacional. El impacto principal detonó en el centro del país, en las provincias cercanas al territorio puntano, donde la mitología de un San Luis próspero y laborioso tuvo algún grado de comprobación. De todos modos, Rodríguez Saá no terminó de explicar -no era nada sencillo- cómo los logros de su provincia inundarían el resto del país.

Llegamos finalmente a quien, hoy por hoy, parece ser el candidato opositor con mayor capacidad de crecimiento y con menos notas negativas: Hermes Binner, el gobernador de Santa Fe. Ha administrado bien su provincia y (con anterioridad) la ciudad de Rosario. No es ni radical ni peronista, con lo que reduce la cuota cruzada de rechazo emocional de ambas corrientes. Y lo que es lo más importante de todo: constituye una especie de contrafigura del gobierno nacional, tanto de Cristina Kirchner como de algunos de sus ministros deslenguados. Transmite una sensación de honestidad y austeridad, además de cierto compromiso racional con políticas de largo plazo. Cultiva, podría decirse, a diferencia del relato épico del oficialismo, un sensato (para algunos, aburrido) realismo costumbrista.

¿Habrá candidato único de la oposición? ¿Tal vez Binner podría serlo? ¿O alguno de los otros tres? Si existiera una (improbable) voluntad en común, deberían organizarse en forma inmediata encuestas nacionales con una sola pregunta: ¿a quién prefieren como candidato único aquellos que, el domingo 14, han dado su voto a la oposición, y aquellos otros que no han votado y que podrán hacerlo el 23 de octubre?

El peor resultado sería que se repitiera, con ligeras diferencias, un cuádruple empate, con lo que el espíritu de facción y la vanidad herida volverían a contaminar la escena. Aun así, buscar un acuerdo razonable y proyectado al futuro resultaría un buen mensaje frente a una sociedad cansada de reyertas y personalismos. E incluso un estímulo para la Presidenta, que necesita una oposición fuerte, para gobernar y no para reinar.

No importa tanto que el (utópico) candidato opositor único obtenga, esta vez, el 45, el 40 o el 35% de los votos. Importa que con su designación se avance con firmeza hacia una cultura de la coalición y el consenso, que hará mucha falta en los próximos años.

Comentá la nota