En un barrio pobre, un deporte "distinto"

Una idea solidaria: crear un club y una red de hombres y mujeres que aporten su tiempo y su esfuerzo de manera desinteresada. El interés común, ayudar con el rugby a los pibes de una barriada humilde.
El contraste es manifiesto. Atrás la mole soberbia del viejo Molino Werner, con sus paredes rojizas expuestas al sol de la media tarde, cerca el pomposo e inconcluso Megaestadio, y como telón de fondo las aguas calmas de la laguna del Parque Recreativo Don Tomás. Más aquí, donde estamos ahora, un grupo de chiquilines corren detrás de una pelota. Como si ese amplio espacio abierto fuera algunos de aquellos potreros que conocíamos antaño, cuando de pibes también marchábamos detrás de una pelota.

Pero esto es distinto. Varios instructores tratan de ordenar mínimamente las correrías de los pequeños, y el balón no es una número 5 de cuero, ni siquiera uno de plástico o -como en tiempos pasados- la pelota de trapo que armábamos con medias que les sustraíamos a nuestras madres. No, esta es una aparatosa pelota que pica para aquí y para allá, casquivana, escurridiza, caprichosa. Es que es una pelota ovalada... Sí, se trata de una pelota de rugby, y es extraño... resulta extraño el contexto, claro que sí.

No parece el escenario habitual de esta expresión deportiva, en ese descampado no hay líneas que delimiten nada, ni tampoco las clásicas H en los extremos de la cancha. Los chicos no llevan el reputado escudito de un club más o menos importante en casacas de buena calidad; y ni siquiera tienen los mismos colores en su indumentaria que puedan referir a un equipo. Están vestidos con lo que tienen -que no es mucho-, con el ropaje común de los chiquillos de ese barrio de calles de tierra, de casitas bajas, de luces mortecinas cuando cae la noche.

Tackles y chocolatada.

Ahora hay sol, y corren entusiasmados. Uno por allí intenta el jueguito conocido del fútbol, haciendo rebotar una y otra vez la ovalada contra sus piecitos pequeños, con una habilidad poco común. Un "profe" los ordena y los muchachitos van y vienen en cortos recorridos, intentando pasarse la "guinda" con las manos en el clásico pase atrás del rugby; después la práctica incluye un "jugador" que intenta una escapada con la bola bajo un brazo, hasta que un tackle interrumpe su trayecto. Así una y otra vez, un largo rato.

Se divierten, están disfrutando a pleno ese momento. Después, en el "tercer tiempo" vendrá el momento de la leche chocolatada, las galletitas o las facturas. Fernando "El Ruso" Fernández, de Santa Rosa Rugby, explica qué hacen allí en ese terreno de Stieben y 1º de Mayo: "Nuestra idea es inculcar el valor de hacer deportes, enseñarles a los chicos a compartir valores y principios", se entusiasma.

Cuenta que empezaron con la actividad en abril de este año, y que todos los miércoles y viernes, desde las 17.30, Fito Robledo, Fede Lezcano, Matías Traba, Juan Cruz Cabral, Fito Molas y Mauricio Piombi, se acercan hasta el baldío para darle una mano a un grupo importante de chiquilines a través del deporte, y más concretamente del rugby. "Siempre se dijo que es un deporte elitista, pero nosotros decimos que lo puede jugar cualquiera. Casi te diría que es el más socialista de todos los deportes -exagera-, porque lo puede jugar cualquiera; el gordo, el flaco, el alto, el más bajito. No excluye a nadie por una cuestión de tipo físico, porque cada uno puede cumplir una función distinta".

Más allá de su fanatismo, de sus ganas de hacer un aporte, le digo que no es fácil sacarle a esta disciplina la imagen que tiene desde siempre. Pero el esfuerzo es verdaderamente para elogiar. Basta ver las caritas de esos chicos, las risas que se multiplican pese a la "severidad" de los profesores que intentan poner un poco de orden.

Ganas de ayudar.

"¿Por qué elegimos esto? Realmente porque tenemos ganas de ayudar, la idea es crear un espacio para chicos en situación de vulnerabilidad, con la propuesta del rugby y el acceso a distintos programas educativos como herramientas de integración. Y también para el desarrollo de habilidades esenciales para disfrutar de una vida digna y plena", dice "El Ruso".

Explican entre todos que la idea fue inspirada en la experiencia que desde 2002 lleva adelante el Club Virreyes, en el partido de San Fernando, en la provincia de Buenos Aires. "Empezó como una iniciativa solidaria de un grupo de rugbiers de distintos clubes, dirigida a la población vulnerable de la zona", coinciden.

Completan diciendo que se pretende "crear un espacio para entrenar, equipar a jugadores, desarrollar y mantener instalaciones propias, ayudar en el sostenimiento de la escuela media, apoyar programas educativos, sistemas de becas y tutorías para niveles terciarios y universitarios para los miembros del club. Nos gustaría crear un club de todos, donde participen rugbiers de los actuales clubes e instituciones y gente con ganas de aportar", se ilusionan.

"Le pusimos Escuela de Rugby Calfucurá, y nos parece que nuestro deporte puede ser una puerta de ingreso al aprendizaje de valores, a la socialización y a la educación. En eso estamos", concluyen. (M.V.)

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