La catarata de críticas vertidas desde el oficialismo en relación al pedido de licencia del concejal y candidato a intendente Carlos Arroyo, deja en evidencia su estrategia: tirar golpes sin medir consecuencias.
Mucho se ha escrito en relación a la estrategia del oficialismo de cuestionar toda actividad que lleve adelante el candidato a Intendente por Cambiemos, Carlos Arroyo. Una vez que la sorpresa dio lugar a la desesperación en las tiendas del jefe comunal, todos los dardos son continuamente apuntados y lanzados en dirección al hombre del macrismo.
Primero se apeló a declaraciones de archivo, inclusive algunas publicadas en este medio, para vincularlo con reacciones xenófobas y machistas. Luego se puso sobre el tapete la intervención de Carlos Arroyo en el último gobierno militar. Más tarde se dejaron en evidencia una serie de ausencias del concejal y algunos exabruptos en sus escasas apariciones públicas.
En esta instancia de la “campaña” nos encontramos frente al reparto de un “pasquín” de dudoso buen gusto e información poco fiable y, según los dichos del arroyismo, “encuestadores” que convencen a sus encuestados. También se lo vinculó indirectamente con la trata de personas por no concurrir a una exposición sobre el tema, y que esquiva al ejercicio democrático por ausentarse en el Concejo.
Tal como había trascendido, Carlos Arroyo solicitó licencia sin goce de sueldo al Concejo Deliberante para abocarse de lleno a la campaña de cara a las elecciones de octubre. El natural reemplazante era su hijo, Guillermo Arroyo, quien también es candidato a concejal y no asumirá la banca que deja momentáneamente su padre. Esta situación generó una nueva andanada de críticas, que esta vez apuntan a padre e hijo.
Antes que nada, conviene hacer algunas aclaraciones: el oficialismo olvidó el supuesto terrible pasado de Carlos Arroyo durante los últimos años, convalidó su accionar en el Concejo y hasta acompañó su designación para ocupar una de las vicepresidencias del cuerpo deliberativo. ¿Este “olvido” hace que las imputaciones no sean graves?: de ninguna manera. La gravedad de las mismas será evaluada por un electorado un tanto sobrepasado de información que muchas veces considera innecesaria.
Hay dos puntos que merecen ser destacados: por un lado la licencia del concejal, en este caso Arroyo pero bien podría ser otro, no es una actitud cobarde. Hasta puede ser vista como un saludable ejercicio democrático.
Sin ir más lejos e imaginando un mundo político ideal, sería prudente y saludable que todos los candidatos estén obligados a abandonar temporariamente cualquier cargo público, ya que de esta manera los contendientes no harían uso de una situación de clara ventaja competitiva y no podrían valerse de las acciones cotidianas propias de la gestión pública para lograr instalación mediática. Por ejemplo, el candidato del FIT no tiene el mismo grado de exposición que cualquiera de sus contrincantes y eso le significa menor exposición pública con la consiguiente dificultad en comunicar sus propuestas.
Por otra parte las continuas denuncias, incluyendo la aparición de funcionarios que poco tienen que ver con la contienda política partidaria, no hacen más que agigantar la figura de Carlos Arroyo. El silencio del ex zorro gris no es una actitud caprichosa, puede ser una estrategia equivocada, pero responde a que este accionar del oficialismo lo posiciona como el “único oponente de Gustavo Pulti” y le permite aglutinar gran parte del electorado que no acompaña al actual jefe comunal. Solo por oposición, sin esbozar una sola idea o propuesta, Arroyo fideliza gran parte de su caudal electoral.
El esquema de “los dos modelos en disputa” podría ser un grave error del pultismo. Si el tango lo bailan sólo dos, es posible que Arroyo logre imponerse a pesar de las ausencias y las denuncias.
Además, en gran parte del electorado podría interpretarse como una llamativa doble moral cuestionar las ausencias de Arroyo a los debates, mientras que el candidato a Presidente del Frente para la Victoria decide no participar de los debates presidenciales. Por supuesto que no hay una lógica de buenos y malos, sólo la aplicación de aquella máxima del que “gana no debate”, equivocada, arcaica y anti democrática, pero que en definitiva debe ser juzgada por los electores y no por los contrincantes.
Sin dudas Gustavo Pulti y sus partidarios tienen mucho para mostrar, quizás algunas cosas para esconder y lo suficiente para proponer. Es una pena que la campaña se reduzca a apariciones públicas en donde se mezcla la gestión con las propuestas y los ataques a una persona que sin responder parece decir (y ganar) mucho.
La agencia de nacional de noticias tituló ayer: “Candidato a intendente de Cambiemos pide licencia por haber sido funcionario de la dictadura”; quizás haya llegado la hora de dejar de lado las operaciones y comenzar una campaña electoral en serio, recordando aquello que hay que recordar, pero discutiendo aquello que la ciudad necesita, contrastando visiones y construyendo ciudadanía.
Todavía estamos a tiempo y la referencia es tanto para los medios, los candidatos y también para sus equipos. No dejemos escapar la oportunidad de construir desde el lugar que nos toca una ciudad mejor para nosotros, para nuestros hijos y para todos aquellos que elijan vivir en ella.


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